La modorra opositora

La oposición en México tiene varias desventajas. Una de las más relevantes es que, mientras la esencia del régimen exige unanimidad entorno del líder, la naturaleza de los partidos es la pluralidad; el primer caso obedece a la vena autoritaria y el segundo a la democracia. Morena accedió al poder a través de las reglas democráticas y, ahora, para mantenerlo, las dinámita porque esas normas implican que nunca nadie gane todo ni para siempre: el populismo autoritario quiere todo y por eso, al dinamitar normas e instituciones, busca permanecer en el poder por vías no democráticas.

En esa narrativa, el discurso oficial apela al “pueblo” como ente único mientras los partidos reflejan la sociedad plural. Su líder, el mesías tropical, encarna “al pueblo” al que sistemáticamente elogia incluso enalteciendo su ignorancia en tanto la oposición es enemigo del “pueblo” y por ende del mesías tropical que lo encarna. Eso explica que, haga lo que hagan los críticos del gobierno, no tienen interlocutor que reconozca su legítima existencia, al contrario, la maquinaria propagandística del regímen la ataca por sistema junto con un ingrediente adicional: si los partidos expresan la pluralidad, es decir, el mosaico diverso de ideas, los voceros del oficialismo propalan la versión de que esas diferencias son pleitos y lo hacen desde el cómodo desempeño de la unanimidad que les exige el líder (además porque si no tienen la lealtad requerida, son condenados al ostrasismo en el mejor de los casos –John Ackerman un ejemplo grotesco tanto como el que dan los senadores que ahora se sienten orgullos de que los haya vuelto a mirar el líder). La democracia por definición implica diálogo, el autoritarismo para sobrevivir lo evade y destruye a través de acusaciones o dicteros. El peor escenario posible para la oposición se conforma cuando entre algunos de sus exponentes priva el adjetivo, el histrionismo y la llana grosería que, a lo sumo, ofrece catarsis frente a los promotores del regimen autoritario pero que resulta totalmente inoperante y, más aún, contraproducente: el populismo siempre apuesta a la polarización y esa atmósfera es la que fortalecen hombres y mujeres que mediante el adjetivo o el histrionismo sustituyen las ideas creyéndose opositores.

Este es el hecho: nos esta sobreviniendo una formidable avalancha autoritaria sin que demos respuesta significativa y no sólo por las dificultades arriba señaladas sino por falta de imaginación y organización además del miedo a que el gobierno abra expedientes reales e inventados. La disociación entre partidos y la sociedad civil es un ingrediente adicional que, en estos momentos, quizá sea lo más importante y de urgente atención. Ahí es donde puede gestarse, siempre dentro de la pluralidad, la posibilidad de dar respuesta al ciclón autoritario. El tiempo pasa, las instituciones y las leyes están siendo destruidas, y la oposición sigue sin reaccionar. Un buen paso es reconocer que no está en los partidos, no al menos de manera primordial, la capacidad para enfrentar estos difíciles días. De lo contrario, seguiremos viendo manifestaciones más o menor fuertes, con oportunistas que se retraten junto a ellas para promover el voto en su favor. Eso en el mejor de los casos, porque los líderes de los partidos deben tener en cuenta que este régimen busca desaparecer a la oposición por lo que también podrían expirar muy pronto todas las prebendas económicas a las que, por ley, aún tienen derecho.

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