Son dos grandes lecciones las que estos últimos siete años de turbulencia política nos han dejado: la primera, la instauración de un régimen del olvido. Un mecanismo eficaz para imponer distractores que sepultan tragedias, errores y escándalos, donde nada permanece. Todo se sustituye. Todo se diluye y la indignación dura lo que tarda en aparecer el siguiente tema.
La segunda, la existencia de una oposición que muy lejos de confrontar al poder, de exhibir y cuestionar sus irregularidades, ha terminado por formar parte de él. Una oposición cómoda, funcional y complaciente. Más interesada en su propia supervivencia política que en representar a ciudadanos que no comparten la visión del gobierno actual y completamente perdida en cuanto a disputar el rumbo del país.
Lo acabamos de ver. Figuras que se dicen opositoras respaldando decisiones del gobierno sin matices ni cuestionamientos, como en el caso del nombramiento del nuevo canciller, al que dan la bienvenida sin el menor debate. Después vendrá el escarnio público, sí, pero nunca la rectificación de fondo. Nunca el contraste de ideas serio ni la postura firme que exige un sistema democrático.
Oposición que no confronta
Desde el inicio de la Cuarta Transformación, esta dinámica, de autoritarismo y control ha sido constante. Importantes reformas —energética, educativa, hacendaria, militarización de la seguridad pública, prisión preventiva oficiosa, desaparición de órganos autónomos y hasta programas del Bienestar— avanzaron con una resistencia mínima o prácticamente inexistente.
Incluso en el mes de cierre del sexenio de López Obrador se aprobaron cambios encaminados a consolidar al régimen, como la reforma judicial y el fortalecimiento de la Guardia Nacional sin que los legisladores de oposición fueran capaces de articular un verdadero contrapeso, y las dirigencias de los partidos, simplemente brillaron por su ausencia.
En el segundo piso de la 4T el patrón se repite. Las reformas salen como pan caliente. Aunque la reforma electoral tuvo algunos ajustes, surgieron por la presión de los aliados de Morena, que vieron el peligro de un nuevo partido hegemónico que ya no necesitaría de sus servicios, sin embargo, se conservaron cambios legales que amplían las facultades del Estado; lo mismo con decisiones judiciales de alto impacto que la SCJN ratificó, como la que permite que la UIF bloquee cuentas como medida preventiva y administrativa. Todo avanza.
Mientras la oposición anuncia contrarreformas que nunca llegan y resistencias que no se materializan. Denuncia, pero no construye. Hace ruido, pero no propone, no defiende, no organiza, simplemente se somete.
El olvido
La dinámica es siempre la misma: más tarda en fracasar una política pública que en aparecer un tema que distrae la atención. Se aprueban leyes que podrían afectar el patrimonio de las personas, la viabilidad de las empresas, la certeza jurídica del país y no hay una sola voz que explique a los ciudadanos lo que está en juego.
Las reformas profundas avanzan sin resistencia organizada y el país olvida.
Después de unos pocos días, tragedias como la explosión en Tlahuelilpan, el colapso de la Línea 12 del Metro, el incendio en el centro migratorio de Ciudad Juárez o los estragos del huracán Otis, se desvanecen.
Lo mismo que las promesas incumplidas: gasolina barata, crecimiento económico sostenido, un sistema de salud como el de Dinamarca, el fin de la corrupción.
Los problemas se niegan o minimizan, como la crisis de desaparecidos, el deterioro educativo, las evaluaciones internacionales que nos ponen por el suelo o la inseguridad persistente en la mayor parte del territorio nacional.
Porque, los datos existen. Las cifras están ahí. Pero sin una narrativa que los organice y los articule y sin una oposición que los convierta en agenda pública, son solo ruido. Y en política el ruido funciona en favor del poder.
La democracia no es posible sin contrapesos
Cuando el relato prevalece los hechos dejan de importar y terminan por convertirse en apatía que el poder interpreta como respaldo social. El mayor riesgo está en que ese deterioro termine por normalizarse y es ahí donde radica la importancia de la oposición y de su papel para procurar equilibrio.
Una oposición complaciente deja al poder sin vigilancia, sin límites y sin incentivos para recapitular o corregir errores.
Y deja un vacío en el que el país no solo pierde alternativas. Pierde el rumbo democrático y abre la puerta a un régimen autoritario y represor. Un país en el fracaso, un Estado Fallido.
X: @diaz_manuel


