Es natural que los periodistas busquen situar su agenda dentro del intercambio público: 1) lo hacen porque son actores políticos; 2) porque pretenden procesar en la esfera mediática sus intereses; 3) porque piensan que sus temas tienen utilidad pública y 4) por la suma de estos incisos.
Hoy, por ejemplo, el diario oficialista Excélsior cree que una herencia que recibió AMLO y que no fue declarada en 2000 y 2004 tiene interés público y, por ello, el medio busca colocarlo en la opinión pública para generar un misil contra el líder de Morena; en contraste el diario no ha registrado las enormes irregularidades existentes en la administración federal. Se entiende: la sociedad mexicana es diversa y plural, los medios de comunicación no son ni diversos ni plurales, en todo caso reflejan –vistos en conjunto– esa heterogeneidad compleja. Por eso a Aristegui Noticias le interesa resaltar “la ráfaga escalofriante de demandas que hay contra los periodistas” (una, entre otras que el portal no menciona, la de MVS contra la periodista por difamación), y no le interesa precisar y denunciar los amagos, las presiones y los asesinatos de profesionales de la comunicación que acontecen día con día; en otros ámbitos temáticos, el sitio subraya los yerros oficiales pero (casi siempre) omite cuestionar al dirigente nacional de Morena.
Si solo leyéramos Excélsior la pregunta sería pertinente: “¿el gobierno federal no ha incurrido en actos de corrupción ni en equivocaciones importantes? Si nada más leyéramos a Aristegui Noticias el cuestionamiento también sería comprensible: “¿la periodista encarna la libertad de expresión en el país y lo que sucede en el país con nuestros colegas es un asunto menor?. Y así podríamos preguntar si son más veraces las denuncias de los narcotraficantes que otras fuentes, luego de revisar la revista Proceso, o si Andrés Manuel López Obrador es el único político con inconsistencias y yerros, luego de leer a los periódicos La Razón o La Crónica de hoy. Cada medio elige su agenda, es parte de la libertad de expresión y cada lector elige al medio con el que se importa, eso es parte de su libertad de elección.
En la esfera pública los medios disputan credibilidad. Una investigación como la que hizo el portal Animal Político sobre las corruptelas del gobernador de Veracruz Javier Duarte, abona desde luego a tal credibilidad. Pero ésta queda bastante deteriorada cuando varios medios erigidos en tribunal condenan a una empresa como OHL sin mayores elementos aunque, eso sí, bailando la tonada que les marcó Infraiber, queda deteriorada, reitero, sobre todo cuando en las instancias legales, por ejemplo la Suprema Corte de Justicia de la Nación exhibe la insolvencia del juicio mediático. Junto con esto, vale la pena anotar que los medios suscitan percepciones, vale decir, impresiones que comunican los sentidos, sobre todo por eso mismo porque los medios apelan a los sentidos, no privilegian la calidad noticiosa. Así, Cuauhtémoc Gutiérrez es culpable por gordo y feo, el Presidente es tonto porque la edición de un video o la alteración de una imagen me lo dice, Aristegui representa la lucha por la libertad en México y los narcotraficantes son personajes insustitubles para la denuncia de la corrupción.
El procesamiento de intereses en la esfera pública es lo que ayuda a explicar porqué alguna información no tiene relevancia aunque sea importante, y al revés. Hay medios que hacen el vacío a noticias relevantes (porque la difundió otro medio, porque simpatiza con el político o porque hay de por medio algún contrato publicitario, por lo que sea, incluido el sencillamente porque no quiere). Así es como (casi) pasa desapercibido el reporte de El Financiero que sin duda exhibe a la senadora panista Gabriela Cuevas que en 15 meses gasto más de un millón y medio de pesos en viajes; se ignora la tragedia que vive Radio UNAM o la opacidad con la que desempeña su trabajo el Instituto Federal de Telecomunicaciones (el silencio de diarios como Reforma es patente, igual que el de varios columnistas que supuestamente defienden la transparencia). En contraste, hay medios que prefieren difundir cosas como “Hace fortuna dando nombres occidentales a bebés chinos” (SDP Noticias); “El amarre de agujetas que han visto 6.5 millones de personas” (La Silla Rota) y ahora, entre esa basura, el mundo editorial anuncia una biografía no autorizada de Carlos Monsiváis que detalla en su homosexualidad y sus noviazgos y amistades además de las desventuras del escritor y cronista por las calles, los baños y los bares de la ciudad de México.
Esa es la pluralidad mexicana y qué bueno que exista.
