El culto a los héroes es casi tan antiguo como la humanidad, pero en México, se lleva a una exaltación debido a la herencia de la Iglesia; así, se observa en la devoción que se le muestra a los huesos de nuestros héroes, como a las reliquias de un santo.
Para los católicos (más bien para los administradores de la fe) no bastaron las palabras de Jesús, por lo que existen más de 30 clavos de su cruz, un manto en Turín de mil 300 años después de su muerte y muchas reliquias más, como la astillas del madero con las que se llenarían varias arcas de Noé.
Con esa misma intención se han adorado los restos de nuestros héroes. Ahora, en el marco de la conmemoración del Centenario Luctuoso del “Soldado de la Patria”, el Ayuntamiento de Oaxaca pedirá la repatriación de los restos Porfirio Díaz, que se hallan en Francia.
Dijeron que “es necesario que la sociedad conozca los hechos relevantes del oaxaqueño ilustre”. Sí, claro, que los conozcan, pero, ¿para qué quieren sus huesos? ¿Al traer la osamenta la gente valorará mejor su obra? ¿Sus atrocidades se olvidarán?
Sí, hay quien añora los tiempos de don Porfirio. Quien anhela traer sus huesos a México. Quienes quisieran aquella “Pax porfiriana” que mantenían el Ejército y los rurales. Pero ahora, no alcanzaría el oro para tantos, como no alcanzó en esa época más que para unos pocos. Lo bello de ese tiempo fue trasmitido por quienes disfrutaron de las mieles, no por los millones que andaban en harapos, laboraban 15 o más horas diarias y no podían siquiera mirar a los ojos al hacendado.
Si la dictadura de don Porfirio significaba la vuelta de la Edad de Plata para los criollos y el clero, para el extranjero fue la Edad de Oro, señala Lesley. B. Simpson.
Un sistema parecido al feudal permaneció junto al capitalista. El gobierno favoreció a los seis mil dueños de haciendas cuyas extensiones fluctuaban de las mil a millones de hectáreas. Y con el “Derecho de Pernada” continuó el abuso de doncellas.
La ley de baldíos de 1894 declaró ilimitada la extensión de tierras adjudicables y suprimió la obligación de colonizarlas. Las compañías deslindadoras hicieron descomunales haciendas con las tierras sin dueño y con las privadas sin títulos. Propietarios sin papeles fueron echados.
“Vastas extensiones de terreno, vendidas a vil precio, que fluctuaban entre uno o dos pesos la hectárea en las regiones del interior y unos cuantos centavos en las costas y extremidades despobladas del territorio, originaron nuevos dominios que se diferenciaban de los antiguos únicamente porque estaban destinados a fomentar la explotación productiva del suelo”. Dice Ralph Roeder.
Si los mexicanos con ciertos recursos o amistades cercanas al dictador se inflaban de dinero, los extranjeros eran reyes. Eran raros los negocios, fábricas o minas de los gringos que resultaran afectados por huelgas; para eso estaban prestos los rurales y el ejército. México era una colonia extranjera, casi estadounidense. En esa época se acuñó la frase: “México es la madre de los extranjeros y la madrastra de los mexicanos.”
Don Porfirio (quien al principio se jactaba de su sangre india) casi regaló a los especuladores extranjeros y a sus íntimos, casi cinco millones de kilómetros cuadrados de tierras nacionales. Asimismo lo convencieron de “colonizar en propiedad” las tierras que conservaban los indígenas. Muchos protestaron, como los mayas o los yaquis. Los defensores del pueblo: los rurales y los soldados (de mayoría indígena también, gracias a la “leva) los masacraron, y a los prisioneros se les vendió como esclavos para cultivar el henequén en Yucatán, y el tabaco en Valle Nacional, Oaxaca. De eso da cuenta muy bien J. Kenneth Turner en su libro “México bárbaro”.
Al final del porfiriato, menos del diez por ciento de las comunidades indígenas eran dueñas de la tierra en que vivían, por eso insistió tanto Zapata. Pero Porfirio ya no era indígena, Carmelita lo había cambiado; le gustaba todo lo francés, hasta se ponía polvos en la piel para “hacerse” blanco. Y muy pocos podían criticarlo.
El oaxaqueño Rafael Reyes Spíndola, quien formaba parte de los “Científicos”, el grupo con el que gobernaba Porfirio, creó El Imparcialporque era amigo de José Yves Limantour (secretario de Hacienda), por eso don Porfirio subvencionó al diario con 50 mil pesos al año (una fortuna: el peso estaba a la par del dólar) eso permitió vender el diario en un centavo el ejemplar. Eso Quebró a muchos periódicos (como El Monitor Republicanoo El Siglo Diez y Nueve no pudieron competir.
Esa empresa también publicó cuatro diarios más y pagó a agencias de noticias como Regagnon, Telegráfica Mexicana y Cablegráfica. Por esos subsidios pudieron comprar equipo moderno.
Don Porfirio apoyó a “su prensa” y no sólo desapareció medios, también encarceló a periodistas críticos, como a Filomeno Mata, director del Diario del Hogar, quien estuvo más de treinta veces en la cárcel. Otros periodistas murieron en San Juan de Ulúa, donde también pereciera el bandido amado por el pueblo: Jesús Arriaga, “Chucho el Roto”.
Ni qué decir de la Cámara de diputados. Don Porfirio le llamaba “mi caballada”. Según Carleton Beals, en su libro Porfirio Díaz, dictator of México, por 1892: “Los diputados eran seleccionados por el mismo presidente. Ni siquiera las credenciales eran emitidas por el colegio electoral legal […] primero venían los familiares del presidente, su hijo, yernos, sobrino, suegro, Porfirito […] Después venían los parientes de los generales, los de los secretarios del gabinete y los de los gobernadores […] por último se acomodaban a los niños finos, los consentidos de Carmen, de sus amigas y del arzobispo […]” (F. Martin Moreno).
