La sombra de un enano

Observe, le pido al lector, este lienzo hecho por Jacques Louis David; se exhibe en el museo Belvedere de Viena. Es un arquetipo de la propaganda de aquel tiempo, la cuarta versión de una serie de cinco que representa el paso alpino del Gran San Bernardo atravesado por Napoleón Bonaparte, un héroe para el artista francés que lo sitúa entre los grandes estrategas militares junto a Aníbal Barca y Carlomagno. El retrato ecuestre no refleja la realidad, sin embargo, porque esa travesía la hizo Napoleón montando una mula y no domando un corcel, como se muestra en la litografía de Janet Lange ampliamente divulgada en los estantes del río Sena desde Notre Dame hasta el Puente Alejandro III de París, en la esquina del café Voltaire.

David fue un pintor clasicista, es decir, se inspiró en los clásicos del arte renacentista y los caballeros del siglo XVII. Halló motivos para realizar las cinco versiones de este cuadro y no me refiero al pago que fue cuantioso sino a las prendas del líder corso. No obstante, el costo de la propaganda es inevitable aún para los artistas de gran envergadura. No es lo mismo el piso plano que una pendiente como no lo es la cruza de un asno con una yegua frente al brío de un equino cuyos desplazamientos encienden el aire.

Los mitos sobre la baja estatura del líder de la República francesa o sobre la sorprendente pequeñez de su pene son parte del decir popular tanto como su supuesta orden para destruir la nariz de la esfinge de Giza. Pero lo que sí sucedió es que Napoleón se proclamó emperador de los franceses y con ello afianzó un perfil tiránico que lo alejó de la Revolución francesa y la República (lo que alimentó la versión del odio que el Corso le tenía a los franceses). Como todo mundo sabe, Ludwig van Beethoven compuso “Sinfonía Bonaparte” en 1803 motivado por aquel despliegue militar en la frontera de Italia que captó Jacques Louis David. También se sabe que el compositor alemán retiró su dedicatoria, profundamente decepcionado, cuando Napoleón se autoproclamó emperador (ahora se llama “Sinfonía heróica”), la decepción, claro está, se expandió entre los españoles y otros países europeos aliados suyos e incluso alcanzó a su esposa la emperatriz Josefina de Beauharnais.

Mire otra vez, lector, el lienzo de Jacques Louis David. Esa representación nunca ocurrió, ese hombre no podía llevar a cabo la proeza ecuestre porque jamás hubiera puesto en riesgo su destino como emperador -él lo creía inevitable- pero también porque padecía de cáncer en el estómago y porque casi siempre tenía floreado el culo por las hemorroides que, incluso, le impidieron actuar plenamente en sus últimas batallas.

El artista deja de ser artista cuando se vuelve misionero de otro, porque el arte es transgresor en su sentido primigenio. Creo que sucede lo mismo con el intelectual o el historiador que se vuelve propagandista o deposita sus ilusiones en hombres y mujeres de carne y hueso dándole una pátina mesiánica (cuando no lo hace incentivado por intereses pecuniarios).

Sugiero al lector valorar el arte vanguardista de Jacques Louis David plasmado en otras obras (su inspiración en Caravaggio es formidable), como sugiero hacerlo con la creación literaria de Víctor Hugo por encima de su carrera política o con Voltaire más allá de sus labores como consejero de monarcas. Hacer apología de los personajes del poder, cualesquiera que estos sean, es, a final de cuentas, abandonar la hermosa aventura de pensar. En México hemos tenido liberales y demócratas que creyeron en su propio Napoleón por lo que siempre vale la pena seguir la conseja de Friedrich Hardenberg: “Cuando veas a un gigante, examina antes la posición del Sol no vaya a ser la sombra de un enano”.

En esas lides yo prefiero la representación realista de Paul Delaroche.

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