Habrá de crearse una nueva nomenclatura para referirnos a dos asuntos sustantivos de la democracia y las contiendas electorales. Las encuestas de salida y conteos rápidos de actas oficiales de forma demoscópica, que ahora se convirtieron en discursos de fantasía, oratoria falaz dicha por los actores protagónicos de una elección, candidatos y líderes, los caraduras que sin empacho dicen cosas opuestas a la información que tienen, y disgusta reconocer.
Mentiras por activas y pasivas, cúmulo de expresiones que nos dicen a los ciudadanos que hay muy poco, si no es que nada, que podamos o debamos creerles a nuestros personajes en contienda democrática.
Mucho quedó registrado la noche del domingo: discursos que inclusive parecían humildes en la victoria, hablaban de no ser triunfalistas ante su aplastante delantera, la misma que en la madrugada se aclaró era una pavorosa derrota; los presagios aritméticos del priismo nacional estuvieron cerca de cumplirse, pero al revés.
Pero del otro lado también, de los aparentes grandes ganadores de la jornada que pintaba desangelada y termina por darnos tema para largo rato, hay tela de dónde cortar; campañas de estiércol que fueron ampliamente correspondidas, acusaciones sin prueba, denuncias de últimas para tratar de pegar en el último segundo de la pelea. Mentiras que no dejan de ser mentiras a pesar de salir arriba en los conteos.
La sociedad debe hacerse cargo hoy de una serie de decisiones cuyo impacto cambia el mapa democrático y electoral; deberá ahora reconocer que no hay cercos informativos ni complots que valgan, que los mitos sobre una ciudadanía menor de edad, hambrienta de despensas y frijoles con gorgojo, no existen más que en la estrategia del populista que descalifica todo hasta que se ve beneficiado.
Los caraduras hablaron de elecciones de Estado en las que terminaron por ganar. Hablaron de mafias concertadas para impedir su acceso a donde pronto despacharán como gobernadores y de todo ello también deberán responder con hechos que levanten, aunque sea unos centímetros, la calidad de la competencia electoral en México.
Punto y aparte merece el análisis sobre el desempeño del árbitro electoral federal y los Organismos Públicos Electorales (OPLES). El nacional, bien. Los locales, pésimos. Pero aun contra ello la voluntad popular parece respetarse. Queda pendiente una nueva reforma que atienda la razón de ser de estos árbitros electorales locales que no dan el ancho a la hora de afrontar la demanda pronta y expedita de información y certidumbre.
Las encuestas no morirán, llegaron para quedarse. Son un negocio que apuesta a la amnesia social y mediática, pero algo deberán hacer los encuestadores y otra cosa aquellos medios y colectivos que compran esa información que, como también quedó de manifiesto el domingo, dejan mucho qué desear en su precisión, si no es que en su rectitud. Encuestas de saliva y caraduras al por mayor, de rebaja.
Este artículo fue publicado en La Razón el 08 de junio de 2016, agradecemos a Carlos Urdiales su autorización para publicarlo en nuestra página.
