Las mujeres del CEU

Coincido: no hay memoria digna que no evoque la convicción y la entrega de las mujeres en el movimiento estudiantil de hace treinta años. Treinta, subrayo, para mirar el trecho donde la equidad de género apenas despertaba; el CEU también abrió brecha en ese camino y lo hizo sin planteárselo incluso, así no más con esa vitalidad social que se expresó en sus siglas.


 


Sí, las mujeres le dieron vigor al Consejo Estudiantil Universitario con su propia identidad: la expresión fresca e ingenua incluso, pero clara y contundente de la exigencia esa de que los funcionarios funcionen, de Andrea González, el dicho subrayó la arbitrariedad de las propias autoridades para deslindarse del desastre universitario y de su responsabilidad para hacerle frente. La firmeza de Mireya Imaz –una hermosa voz– para hacer frente a la discusión que fuera y así darnos seguridad a muchos de nosotros, lo mismo claro al exhibir la obsolescencia de la burocracia de la UNAM que para aglutinar esfuerzos y darles dirección en las plenarias del CEU. La operación cotidiana de la dirección del movimiento no se explica sin ella ni la capacidad de organización y la defensa de la equidad de género que, ahí, cotidianamente, impulsó María Eugenia de la Garza. Y qué decir de Claudia Sheinbaum, estoy seguro que ella, como pocos, valoró el reconocimiento a la diversidad; aún recuerdo su defensa para que todas las corrientes estuvieran representadas en el Congreso y su óptica enérgica para que no imperara la visión sectaria. Ah, la firmeza de Leyla Méndez y esa tan aguda inteligencia de Carolina de la Peña.


 


La memoria tiene la obligación ética de resaltar la animosidad e incluso el encono de La Pita, Guadalupe Carrasco, incluso como un emblema de las trasnochadas visiones estudiantiles en favor del todo o nada; su gallardía para disputar las ideas fue un ejemplo para muchos de nosotros, aunque no coincidiéramos con ella. Lo de menos en los recuerdos es subrayar los acuerdos o desacuerdos, me parece, porque más allá de eso Miroslava García, Guadalupe Rodríguez o Lenia Batres discutieron de tú a tu, con las autoridades centrales o las de sus escuelas, participaron de las manifestaciones sin exigir equidad, simplemente la ejercían. Sí, cabronas y festivas, tiernas e irreverentes, cachondas y traviesas, firmes e intransigentes, o mesuradas y complacientes para comprender al otro, todas ellas en su diversidad y dada su propia personalidad definieron el rostro del CEU.


 


La perseverancia de Adriana Serratos, la intensidad de Adriana López Rojas, la personalidad de Elsa Hernández (que a mí siempre me impactó) y la agudeza de aquella líder nuestra, de la CRU, Adriana Hernández, la alegría de Sandra Barron y el tesón de Mónica H Arrieta y su enorme capacidad para discutir sin arredrarse. Sus gritos del CEU, su andar en el boteo o tirando la neta en el salón, la sensualidad propia de aquel movimiento, y su cadencia, su sonrisa; el despertar de muchas de ellas con muchos de ellos en los ardores de la piel, y en su fusión sin otro pretexto que el amor o el gusto. Yo lo que hago, nada más, es reconocerles lo que hicieron –su aporte intelectual, político, cultural y agradecerles también, sin ellas no se explica buena parte de los avances y las oportunidades que ahora tienen las mujeres, mi hija por ejemplo. Yo les mando un abrazo a todas.


 

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