Los bastones y las profundidades

Hace un par de años fui testigo de cómo una mexicana —que se identifica como parte de la comunidad cultural— expresaba emocionada a una extranjera que, al principio de su gobierno, “indígenas” habrían entregado “el bastón de mando” al entonces presidente del país. No pude evitar pensar que convendría que esa artista y muchas personas más supieran que no hay novedad, ni mucho menos política emancipadora, en que una supuesta representación de ese sector de la población mexicana le haya dado un bastón a Andrés López. A lo dicho en semanas recientes sobre una nueva entrega de bastones, y del montaje alrededor de hacerlo, quisiera agregar algo palpable: se trata de la continuidad y exageración de una concepción cultural y de prácticas políticas previas que lejos de honrar lo que somos, lo distorsionan para complacer prejuicios existentes al tiempo que tiene como una de sus consecuencias contribuir a la persistencia de una cultura política parroquial —no participante— entre los mexicanos.

Colaboración del caricaturista Calderón para el periódico Reforma.

En la era priista fue típico que los candidatos presidenciales recibieran un “bastón de mando” como parte de las coreografías de farsa electoral, cuando ni siquiera había competencia real entre partidos políticos. Por ejemplo, Luis Echeverría no recibió uno sino varios bastones. Más aún, desde Agustín de Iturbide, pasando por Benito Juárez, hubo “bastones de mando” como parte de la utilería decimonónica de la, desde entonces, teatral política mexicana. Las potenciales incoherencias no han faltado en esta historia, José López Portillo —cuya presidencia Krauze describió como “La vuelta del criollo”— blandió en más de una ocasión uno de los susodichos bastones y, como anécdota, recuerdo al historiador Hugh Thomas contando el desconcierto que le causaba escuchar a Miguel de la Madrid referirse a “nuestros antepasados”. La novedad está quizá en otra dimensión, que al mismo tiempo populariza y degrada el símbolo: el entonces presidente Andrés López se apropió del “bastón de mando” en el verano de 2023 al convertirlo en accesorio de su juego sucesorio y entregarlo —por decisión individual— a la ahora presidente por ganar una supuesta encuesta de preferencia electoral en su partido político y perfilarse como candidata. Pero como ocurre en tantos otros hechos, éstos ni siquiera son autóctonos de México. La ritualización del poder en América Latina ha llevado a que, en la región, contemporáneamente, se hayan hecho entregas de “bastones de mando” en países como Bolivia, Colombia y Ecuador.

El lunes 1 de septiembre de 2025, los nuevos miembros de la corte suprema de México —producto en su totalidad de una elección fraudulenta que ni siquiera debió darse— también recibieron bastones y se encomendaron a deidades precolombinas, así como a otras difusas creencias. Al hacerlo, los ministros vestían guayaberas, dos ministras sacos multicolores floreados y otras dos portaban vestidos con bordados. Según alguna crónica, en ese escenario había olor a copal y se escuchaban caracolas. Todos sostenían “bastones de mando” y esto puede llevarlo a uno —como público ciudadano— a suponer que esas prendas y la puesta en práctica de tales rituales paródicos ofrecen la interpretación que los ministros tienen de lo que México sería genuinamente (entraría uno en suspicacias si creyera que hubo alguna orden para esto, ¿quién podría mandar sobre ellos?). Al respecto, Hugo Aguilar Ortiz, ministro presidente de la corte, afirmó: “los pueblos indígenas somos la raíz más profunda de México [y] sin la reforma judicial, los pueblos indígenas no tendríamos la presencia que hoy estamos teniendo en la vida pública”. Él y el espectáculo encarnan a esos pueblos. La mayoría mestiza y otras minorías, ¿serían malezas ilegítimas o troncos, ramas y flores imaginarios? Al parecer, las raíces no son múltiples.

Sobre estos asuntos, Yásnaya Elena A. Gil publicó un artículo de opinión en el periódico El País. Algo de lo que ha llamado la atención de él es la afirmación de la evidente manipulación —el calificativo es mío— que existe en suponer que lo indígena es único y no múltiple como lo era antes del virreinato, después de él y ahora mismo. Aunque no lo enfatiza, Gil también recuerda que la entrega de bastones no era desconocida en el pasado, quiere verlo así: “un símbolo como el bastón de mando representa la autonomía de los pueblos, representa su autogobierno; entregar ese mando a uno de los poderes del Estado contraviene el sentido que ha tenido para muchas comunidades”. Habría que ver si la mayoría de los miembros de esos pueblos —en particular las mujeres— coinciden en desear la “autonomía” que permita a los caciques ejercer el poder que tienen con autónoma arbitrariedad o si eso es un discurso del EZLN, ciertos intelectuales y algún porcentaje de los miembros de esas comunidades (es, sin duda, aspiración legítima, pero que debe competir con otras, también aceptables). Asimismo, aunque Gil quiere deslindar a “los sistemas de relación con lo sagrado que se encuentran en los pueblos indígenas” del poder de la iglesia católica, al hacerlo desatiende la historia de la destrucción de cosmovisiones previas y la cristianización obligatoria, que probablemente ella misma no querría negar. Como Gil preveía en su texto, las reacciones populares y hasta mediáticas calificaron el acto como “brujería”. El problema, sin embargo, no es sólo de “uso político de la llamada ceremonia indígena” ni el “extraer cierta legitimidad” de ella, sino que estos burócratas y su grupo buscan aprovechar y potenciar un marco de manipulación ideológica del pasado.

Un libro central en generar la confusión alrededor de lo ‘indígena’.

A su vez, Jesús Silva Herzog Márquez escribió otro editorial en el periódico Reforma. Tras describir la autodenominada ceremonia tradicional, anotó: “Lo que no logró el PAN lo consiguió el morenismo: destruir al estado laico a través del pastiche de una nueva religiosidad oficial”. En efecto, la característica tibieza de los burócratas del PAN, con todo y algunos desplantes de catolicismo, no llevó a conflictos límite, ni mucho menos a la imposición de nuevos paradigmas. Silva también aseguró que “lo que cuenta es que, con su primer mensaje, la nueva Corte ha destruido el fundamento laico de la democracia mexicana”. La laicidad exigida constitucional y consuetudinariamente por más de un siglo en México habría sido atacada por esta reiteración de prácticas políticas. Andrés López, como otros burócratas de antes, postulaba tales prácticas como muestras de respeto y reconocimiento a pueblos indígenas, sin que lo fueran, pues ni siquiera se percataban de la cotidianidad de tales personas, sino que reemplazaban su cultura actual con suposiciones ajenas y anacrónicas. Ahora vemos que prácticas como la dramaturgia de los bastones tienden a la continuidad y la acentuación. Silva añadió: “Lo establece la ley con toda claridad: la república mexicana es laica. La nueva Corte decidió ignorar ese deber”. Algunos podrían argumentar que este tipo de rituales no son religiones constituidas y que, por tanto, no son una amenaza al poder gubernamental, sino apenas expresión de cultura popular; pero, en rigor, a Silva le asiste la razón. El articulista dio en el clavo: “El tedeum de caracoles, conchas y copal, el tedeum que rinde pleitesía a Quetzalcóatl y a la madre Tonantzin es tan contrario a los principios constitucionales como lo habría sido un tedeum en la catedral metropolitana con misa de obispo”. Que la rendición sea ante deidades veneradas minoritariamente, o sin jerarquía sacerdotal de peso social, no hace menor la subordinación. Sin embargo, otra vez, el problema es menos de forma jurídica que de sustancia cultural y política.

Que yo sepa, un escándalo todavía no enunciado es que, con todo y el convincente estilo de ambos autores, estamos ante obviedades. A ellas quiero terminar de agregar una más, la que ya he apuntado en párrafos previos. Para saber que los indios —la palabra no es insulto y hay que resignificarla para despojarla del carácter despectivo con que muchos la usan— no son un conjunto homogéneo llamado indígenas, bastarían las clases de primaria que enseñan —o que, al menos, solían hacerlo— sobre la sucesión y coexistencia de diversas sociedades, civilizaciones y de lo que hoy llamaríamos naciones. Lecciones secundarias sobre formas de gobierno e historia patria tendrían que ser suficientes para saber que se atenta contra la república mexicana —como la hemos entendido desde el siglo XIX— si se realizan ritos religiosos asociándolos a la función pública. De la misma manera, percibir y hacer notar la manipulación política, ideológica y cultural que conlleva este tipo de acciones debiera requerir, si acaso, algo de historia mundial y vagas ciencias sociales preparatorianas. El dato social y cultural es que estas acciones gubernamentales no sean escandalosas para el común de los ciudadanos.

Andrés López —sumando a los daños ya causados: golpe mortal a la germinal democracia, estancamiento económico y daño cultural inconmensurable por perpetuar el autoritarismo y la irracionalidad— amenaza ahora con publicar un nuevo libro, dice él, “sobre nuestra grandeza cultural”, lo que, como puede notarse, tiene más que familiaridad con el espectáculo del México imaginado. En la entrevista que mantuvo para un canal en línea izquierdista de España —de difusión iberoamericana— abundó en este tipo de demagogia, además de, como fue habitual por décadas, arrogarse “autoridad moral, autoridad política”. La flagrancia de sus mentiras difícilmente podría ser mayor: en campaña llegó a afirmar que México crecería al 6% anual en 2024, la realidad fue que el crecimiento del PIB de ese año alcanzaría apenas el 1.2%, lo que no impidió, contra la evidencia acumulada hasta ese momento de su sexenio, que en febrero de 2024 asegurase sin pudor: “hay crecimiento económico”. Lo repitió un par de veces como si hubiera cumplido una promesa. Asimismo, según López, el conjunto de sus políticas públicas —quizá él consideró su actuar como mística de gobierno— sería un “modelo”, un ejemplo a seguir internacionalmente, “algo que pienso es una lección, una enseñanza mayor para todos los gobiernos” e incluso afirmó realizar el esfuerzo intelectual sobre cómo nombrarlo. Esto es un desvarío: confundir caprichos con teoría política o, como preguntó Quevedo, “¿al murmurar llamas filosofar?”.

En la misma entrevista, López repitió lo que había dicho desde agosto de 2023 —con grandilocuencia simplista, como queda visto en tantos asuntos— al exaltar su gobierno y persona, embaucando a muchos ciudadanos que no cuestionan sus dichos. Dijo que: “El Tren Maya es la obra más importante que se esté construyendo en todo el mundo”, como si eso fuese motivo de orgullo. Esto era un falso debate que planteaba la discusión de absurdos mientras enmascaraba la desnudez de lo que ocurría en el presente y sembraba hacia el futuro: aún si hubiese sido la obra gubernamental de mayor gasto y repercusión en el mundo —y era improcedente dilucidarlo dada la dificultad de comparar— eso no conllevaba que el tren ofrecería beneficio a los mexicanos a mediano y largo plazo, tras el artificial auge económico que provocaría durante su construcción. El discurso político de Andrés López estuvo lleno de esta clase de trampas y ahora busca dejar una estela cultural perdurable que sería perniciosa. A la entrevistadora rusa le describió su ilusión de lo que habrían sido las sociedades precolombinas: “antes de que nos invadieran los europeos, aquí no había propiedad privada, aquí no había esclavitud, no había codicia”. Esto no sólo es inexacto sino falso y muestra el apego del burócrata a una visión altamente deforme y acartonada del pasado mexicano. En esa conversación, una cúspide de simpleza manipuladora de Andrés López fue su afirmación: “Somos una potencia mundial en lo cultural, ahí difícilmente nos ganan. Eso nos da nuestra fuerza, el México profundo”. Cristalina demagogia.

El presidente Felipe Calderón con uno de tantos ‘bastones de mando’.

A su vez, Claudia Sheinbaum reproduce la misma retórica que apela a la cultura mexicana y, aún peor, que contribuye a paradigmas contraproducentes que probablemente seguirán activos para los mexicanos. En el discurso por su primer informe de gobierno, la presidenta aseguró: “no puede haber identidad nacional, sin reconocer y dar su lugar al rostro indígena de México, que es esencia y grandeza cultural” (meses antes, el 26 de julio, dijo casi la misma frase, “no puede haber identidad nacional, sin reconocer y dar lugar al profundo y orgulloso rostro indígena de México, su esencia y su grandeza cultural” en la conmemoración “de los 700 años de la fundación de México Tenochtitlan”). A segundos de finalizar su alocución por el informe, Sheinbaum afirmó: “Somos grandeza cultural”.

El acto de los ministros de la corte, los dichos del expresidente, su libro venidero y los discursos de la presidenta significan la continuidad de la manipulación indigenista y de la construcción discursiva de un México a la medida de la simplificación y el simplismo. Es parte de la operación —deliberada o involuntaria— que llevó a López en aquella entrevista a adular a sus seguidores menos críticos. Aseguró que “ha cambiado la mentalidad del pueblo, el pueblo de México es uno de los pueblos más politizados del mundo”. Desde el arranque de esa conversación contrastaba: “hay veces que se llevan a cabo revoluciones y no se logra un cambio de mentalidad”, en contraste, su intervención en la vida pública habría conseguido “algo que es fundamental, el cambio de mentalidad del pueblo de México, nosotros llamamos a eso revolución de las conciencias”. De nuevo, no sólo es falso, sino ridículo. Decir no es hacer, particularmente cuando las palabras provienen de burócratas, pues incluso sus acciones rituales adolecen falta de transparencia. Además de en su corrupción e ineptitud, el actual grupo gobernante también tiene intensa semejanza de cultura política con los de ayer. Aseguran reconocer y respetar un México imposible. Al hacerlo, los hoy detentadores del poder burocrático continúan la tradición multisecular del atole con el dedo. Menosprecian al conjunto de los mexicanos tratándolos como espectadores parroquiales, disfrazando como amor el desprecio y la condescendencia. Estamos empantanados en cúmulos de contrahechuras culturales como esta falsa atención a una entelequia, el México profundo imaginado, que es fantasía para continuar disociados de la cruda realidad social.

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