La tensión entre inclusión y marginalidad es una experiencia de la vida pública del artista. Hay quienes se integran a plenitud a círculos, subvenciones y mercados de su disciplina. Se suele creer que se trataría de comunidades pequeñas y cerradas. Muchas lo son —con frecuencia delirantemente, pues su exclusividad la consideran valiosa sólo los miembros y quizá algunos incautos o iluminados— pero hay bastante de ilusión en la percepción. Si un creador no está en el círculo que encuentra más deseable —o detestable— es casi un hecho que participará de otra pequeña sociedad, por diminuta que sea. Las escalas no liberan de esta dinámica. Los auténticos solitarios son de tal manera excepcionales que es improbable hablar de ellos. Es curioso —y al contar con apoyo institucional llanamente contradictorio— que algunos círculos construyan su prestigio a partir de postularse como periféricos, supuestamente ajenos a juegos de prestigio —o hasta llorándose marginados— pues al decirse diferentes, siéndolo sólo ante lo más ordinario, no hacen sino echarse flores.

El documental Moretones (2023), que se proyecta como parte del Festival Internacional de Cine de la Universidad Nacional de México (FICUNAM 2023), revela diversos talentos de sus directores Ginan Seidl (1984, Alemania) y Daniel Ulacia Balmaseda (1988, México). Pero en el filme también irrumpe lo que se acepta que debiese verse, lo observable, lo que tanto la comunidad académica como cultural —y aun la más amplia sociedad— dicta que representa adecuadamente a la nación y sus problemas; en este caso algún pueblo de la costa mexicana. En cambio, lo mejor de Moretones son algunas imágenes que carecen de significado inmediato, pero no de sentido en el conjunto estético de la obra. Además de directora y editora de la cinta —junto con Ulacia, hilando imágenes reveladoramente— Seidl es la cinefotógrafa, con aciertos como cuidar el posicionamiento de la cámara, volviéndolo en ocasiones inhabitual, sin la flagrancia de quienes carecen de sutileza. Varios sonidos fueron hábilmente capturados e incluidos. Es un cliché aludir a la textura de los filmes, como si fuera un mérito, aunque, de una u otra manera, esté presente en cualquier obra. Lo que habría que desentrañar es cómo funciona o qué implica cada textura.
En el documental de Seidl y Ulacia Balmaseda la virtud de capturar la piel de un reptil, la transparencia de las orejas de un cuadrúpedo o las arrugas de una anciana trasciende la capacidad técnica y muestra una mirada: atención a la visualidad del entorno. Ver parece simple, sin embargo, una mirada particular es elemento indispensable para la creación cinemática, no está dada por anticipado y conlleva esfuerzo desarrollarla. El cine es ejercicio del ver: hace falta una mirada y es indispensable una visión. Si un creador se desenvuelve en lo que convencionalmente se considera observable, difícilmente expondrá una visión. Tener una visión —el “algo qué decir”, que no es moraleja ni reiteración del credo “progresista”— depende de una posición ante el mundo, que no necesariamente se tiene, ni siquiera si hay habilidad en alguno de los medios artísticos. Moretones, a momentos, alcanza la tensión del ver.

El documental, no obstante, encuentra su límite en cuestiones como abordar la superstición —que acaso Ulacia y Seidl vean como un “saber”— de que habría conexiones entre los personajes y los animales del área cercana a sus viviendas. Pero no hace falta documentar una comunidad pobre y rural para observar el apego al absurdo: basta asomarse a la comunidad artística de la Ciudad de México —que con frecuencia confunde charlatanería con misticismo— para encontrar una plétora de supersticiones, como la certidumbre sobre las “vibras”, la amplia gama de masajes sanadores o llanamente el catolicismo y cualquier otra religión. En Moretones hay, además, irrupciones de voces —torpes en lo literario— que son impertinentes al ritmo audiovisual. En la difusión de su película los directores aseguran retratar “racismo estructural”, “falta de oportunidades” y “devastación ambiental”. Ulacia Balmaseda y Seild dan por hecho que lo muestran, pero cinematográficamente esto no ocurre. No es que haga falta explicación, sino que cuestiones como la localización geográfica y la caracterización étnica de una comunidad requieren de más que suponer que el público comparte el marco de referencia de los documentalistas.

Esos códigos son pases de entrada a la dimensión de convivencia y logros profesionales —son útiles y utilitarios— pero pueden ser dañinos, e incluso contarios, a la creación de obras artísticas; si se presume que el arte es más que una carrera como cualquier otra. Moretones fue financiada gracias a un fondo de apoyo a la producción audiovisual de una región de Alemania, es probable que parte de la deriva de la cinta provenga de ese hecho. Para vender el proyecto acaso las mismas reglas de la convocatoria promuevan la exotización de lo que se filmará. Esto sucede en especial para países que están lejos de vencer la pobreza, con ampliados procesos de militarización, reafirmados en la corrupción y que acumulan rasgos antidemocráticos. Así Seild y Ulacia Balmaseda graban color local, ¿cuántas peleas de gallos se han metido en el cine mexicano? El pragmatismo es comprensible: no parece factible que la propuesta de observar una geografía y una fauna —lo que Moretones hace efectivamente, como al capturar la violencia cotidiana de aves de rapiña, sin tono naturalista— convenza a una oleada de productores. Las circunstancias propician magnificar rasgos estrambóticos de una pequeña comunidad para que se pague el proyecto y, más aún, para que se exhiba y que cierto público se interese en el documental, pues sabrán decir algo de la película; aunque la irracionalidad exista en cualquier agrupación, incluyendo las ricas y escolarizadas. Sin embargo, Moretones no es un documental sobre un curandero, una partera y otros personajes: es vistas alrededor de distintas personas.

Pertenecer o asumir la soledad del radicalismo es una encrucijada para el artista. Ser parte de círculos funcionales, grandes o pequeños, financiados o sin dinero, etéreos o activistas —y otras diferencias— conlleva satisfacciones y frustraciones. Para el común de los creadores la ruta más viable —que no es fácil, pero es distinta al mayor reto— es ajustarse a nichos en altares establecidos. Es la estrategia de colocación, común a tantas actividades. Sólo las mayores fuerzas creativas emprenden el camino de construir aparte, que no comienza de cero y por ello, precisamente, da vuelcos a su disciplina. Desligarse —conscientemente y por múltiples necesidades— en vez de sólo ganarse un lugar, puede llevar tanto a desgracias como a los mayores logros. Como se acostumbraba a decir, no es camino apto para cardiacos. Ulacia y Seidl apuntan a decidir en la encrucijada. La individualidad es tarea ardua y delicada.

