La imagen del presidente Peña Nieto se mantiene a la baja. Los niveles de rechazo a su persona y gestión son los más altos que haya tenido un mandatario en el México reciente. Una de las posibilidades más poderosas para romper esa tendencia es la estrategia de comunicación gubernamental.
Los Pinos no hacen nada para cambiarla a pesar de la evidencia de que la actual no funciona. El tipo de eventos que realiza el presidente y los mensajes que pronuncia en ellos son radicalmente convencionales y por lo mismo no comunican nada. Su diseño y contenido corresponden a otro tiempo.
Tal parece que los responsables de la comunicación gubernamental se niegan a reconocer los nuevos tiempos, la condición actual de la ciudadanía, cada vez más crítica, y los cambios que tienen lugar en la relación de las audiencias con los medios tradicionales y las nuevas tecnologías.
El presidente y su comunicación dan la impresión de estar cercados y ser incapaces de salirse de la barrera impuesta por ellos mismos. El presidente se mueve en una aparente zona de confort, nunca arriesga, que provoca que su comunicación y su figura sean muy poco atractivas para las audiencias.
La estrategia de comunicación parece tener un solo propósito que es no poner al presidente en posibles situaciones de riesgo y tenerlo siempre en una aparente zona de seguridad. Eso lo mantiene distante de la gente. Nunca entra en contacto real con ella. Para la mayoría de la población el presidente no existe.
El presidente en la época como gobernador del Estado de México y en la campaña por la presidencia de la República manejó en otros términos la comunicación. Los de hoy nada tienen que ver con los de antes. ¿Qué cambió? ¿Qué piensa el presiente y su gente de la comunicación gubernamental?
Si la estrategia de comunicación no funciona, el presidente es el responsable. Él es líder de su equipo. Si el encargado de tal o cual función no ofrece buenos resultados lo debe cambiar. Ante la evidencia del fracaso de la comunicación ¿por qué no hace cambios?
Me resulta muy difícil entender lo que pasa y la única explicación que tengo es que el presidente no está dispuesto a cambiar. Él es el que no quiere arriesgar y por lo mismo no está dispuesto, bajo ninguna condición, a salirse de su aparente zona de confort.
El presidente, si lo que planteo es cierto, está dispuesto a pagar los costos de su mala comunicación que se traducen en una valoración negativa de su persona y gobierno. En su lógica es un mal menor a tener que enfrentarse a los efectos y consecuencias que implica todo cambio.
En este marco no veo ninguna posibilidad de que la estrategia de comunicación de Los Pinos cambie en la recta final del sexenio. El presidente y su gobierno sólo pueden esperar que su imagen siga a la baja. Y asumir que un presidente mal valorado arrastra hacia abajo al candidato de su partido. Se convierte en un lastre.
Este artículo fue publicado en El Economista el 26 de marzo de 2017, agradecemos a Rubén Aguilar Valenzuela su autorización para publicarlo en nuestra página.
