Recuerdo con precisión, así como se recuerdan las fuertes impresiones, estar en el museo del Prado el 29 de febrero (día irreal por improbable) conviviendo con un tumulto; deambulando emocionada entre pinturas a sabiendas de que ese microscópico virus con corona, comenzaba a pulular por esa capital; minutos después volaríamos a México, de vuelta a casa.
A los pocos días estaríamos recluidos y asustados, ¿habríamos importado al monárquico bichito? El tiempo nos mostró por fortuna que no había sucedido. Desde entonces, como miles, comencé a leer cuanto artículo, análisis médico, prospectiva o reflexión caía en mis manos sobre el tema. Estaba y estoy segura de que la vida no será igual, sin embargo, pensé que la ventaja espacio temporal que nos rezagaba del origen asiático del brote, actuaría en nuestro favor.
Coleccioné artículos de Harari, Žižek, Byung Chul Han y muchos otros, escribí sobre ello. Hice tablas y comparaciones, meditaciones sobre mi presencia personal, íntima e histórica en este suceso. Como todos, he ido normalizando la catástrofe. Supongo que se trata de una forma de homeostasis emocional que no nos permite habitar la urgencia, que regresa a la vida cotidiana como estado para sobrevivir y no caer en desesperación, sin embargo, la peligrosidad de eso mismo se expresa en el relajamiento de las medidas de prevención: en la omisión en el uso del cubrebocas, en el hartazgo por limpiar víveres, en la desesperación de no poder encontrar y abrazar amigos y parientes, en la a suerte de estar sano y la secreta, pero humana idea, de pensarse inmune.
Con tremenda vergüenza confieso que no me duelen tanto los 100 mil (que como afirma El País nos dejan como un país roto) como me dolieron los primeros 500 muertos, supongo que mi espíritu se defiende ante la alarma, ante el drama que se nos ha ido sumando.
Busco respuestas de por qué nuestro gobierno ha actuado tan mal y no corrige. Busco honestamente no pegar por pegar, no criticar por criticar al gobierno porque cada día vamos perdiendo a alguien sin llegar a acuerdos y tener o no razón, no acaba con la pena y no amaina la tormenta de muertes. Tal vez el origen de la insensibilidad estriban en la borrachera de poder que aleja de la vulnerabilidad, pero eso no exime de su criminalidad.
En busca de respuestas leo al periodista de CNN Fareed Zakaria, concretamente su libro Ten Lessons for a Post-Pandemic World (Diez lecciones para un mundo post pandémico).
Se me ocurre que a partir de él se podría hacer el “test de mala gestión pandémica”. Me queda claro que Zacaria reprueba a los Estados Unidos junto con otras menciones más, incluso nos menciona. Y cómo no si tenemos una tasa de mortalidad superior al de Estados Unidos, nos encontramos en el noveno lugar mundial. (https://www.statista.com/statistics/1104709/coronavirus-deaths-worldwide-per-million-inhabitants/)
Pensar en pequeño
Nos recuerda el periodista que la humanidad tiene como consigna pensar en grande y lo que realmente nos ha destruido viaja en pequeño. Señala que los gobiernos gastan miles de millones de dólares en armamento y no pudimos prever y defendernos de un microbio diminuto. Así, las pequeñas cosas que han desatado las grandes catástrofes en nuestro mundo postmoderno son la guerra de los Balcanes, el colapso financiero asiático, el ataque del 9/11, la crisis financiera global y el Covid-19.
Asegura que la pandemia, seguramente, causará más daños económicos, políticos y sociales que las propias Guerras Mundiales. La falta de previsión logró lo inédito, un cierre de fronteras y el aislamiento de la población; eso supone una nueva era. Hay quienes creen que no habrá retorno, otros que la vacuna nos regresará al mundo que quedó en suspenso y otros más, Zakaria entre ellos, que el coronavirus aceleró la historia. De cualquier forma, entramos a la era post pandemia.

Tras un recuento de las pandemias que han atacado a la humanidad, concluye que las tres pautas más importantes que la humanidad ha empleado entre estas enfermedades masivas son: distanciamiento social, máscaras y lavado de manos, el único nuevo mecanismos para frenar la propagación del coronavirus, es aplicar pruebas constantemente y buscar el rápido (inédito) desarrollo de una vacuna. Todas las naciones que han tenido éxito en frenar el contagio, han empleado estos métodos, por supuesto EE. UU. y nosotros, reprobamos en la aplicación de medidas preventivas.
Por otra parte, el autor denuncia que no existe una verdadera colaboración internacional, ante un estado de emergencia, nos dice: los países están solos, cierran sus fronteras y se concentran en su propia supervivencia. No existe autoridad suprema, estamos todos conectados pero nadie en control, vivimos en un mundo abierto, rápido y, por tanto, “inestable”. Zacaria llama a esta condición “ trilema ” adaptación de una idea de Jared Cohen, que observó que los sistemas computacionales deben elegir dos de tres cualidades: apertura, velocidad y seguridad, los economistas tienen su propia versión que postula que los países pueden tener dos de estas tres condiciones: capital que fluye libremente, bancos centrales independientes y un tipo de cambio fijo. En el caso de nuestro país, lamentablemente, veo que la división social fomentada por el propio gobierno nos ha vuelto lentos para reaccionar ante la crisis, desconfiados de las medidas (mismas que el presidente y el experto en salud López-Gatell han desestimado), abierto sí, pero habitamos una nación tremendamente insegura.
Nepotismo nocivo o negligencia de talento
El autor hace un recuento comparativo de las naciones que lograron prevenir la propagación criminal del virus. Analiza las formas de gobierno, izquierdas y derechas, populismos y tecnocracias y concluye que las variantes políticas sólo indican el agotamiento ideológico. En ello no está la clave puesto que el acierto quedó del lado de quienes implementaron las medidas antes aludidas (cubrebocas, distanciamiento, aplicación de pruebas…) y aquellos gobiernos que tienen expertos en el cargo. Afirma que todas las sociedades donde los sistemas son “patrimoniales” según la definición de Max Weber: gobernadas por un líder fuerte que privilegia en los puestos a sus familiares amigos y aliados, sobre personal experto, han fallado su respuesta a la pandemia; por supuesto que el gobierno de Trump es el ejemplo pero ¿qué me dice usted de la 4T? Zacaria cita a Francis Fukuyama que describe la fuerza de los sistemas patrimoniales de este modo: “Se construyen utilizando los pilares básicos de la sociabilidad humana, es decir, la inclinación biológica de las personas a favorecer a familiares y amigos con los que han intercambiado favores recíprocos”.
La arrogancia nos está saliendo muy cara, la mentira para construir datos que favorecen la ilusión ha resultado criminal, no es necesario que lo afirmen filósofos o científicos, que lo avalen las organizaciones extranjeras o nacionales, de nada sirve el disimulo.
Tal vez de ser tantos los muertos y contagiados, estamos adormecidos. Ante quienes gritan que nos faltan sólo 43, levanto la voz: CADA DÍA SE SUMA UNO MÁS A LOS MÁS DE 100 MIL, ELLOS CAEN COMO RAZONES, ¿CUÁNTOS MÁS HABREMOS DE MORIR? ¿CUÁNDO SERÁ TIEMPO DE ADMITIR EL ERROR?

