Mi opinión sobre el Frente Amplio Democrático

Ningún demócrata puede dejar de simpatizar con la convocatoria, que hace unos días, varias decenas de ciudadanos hicieron para conformar un Frente Amplio para la defensa de la democracia en México.

La iniciativa tiene el noble propósito de contener una reforma electoral promovida desde el gobierno que, a juzgar por los trazos generales que ha planteado (porque ésta aún no es oficial), implica una regresión autoritaria: la anulación del sistema de representación y la disminución de los recursos para la organización de los procesos electorales son dos ejemplos relevantes.

Tengo, sin embargo, varios reparos de forma y fondo con esta iniciativa.

El primer reparo está en la proclama “Nace el Frente Amplio Democrático” expuesta en esos términos por Emilio Álvarez Icaza (quien, simultáneamente, está embarcado en la construcción de Somos México como partido político). En realidad, lo único que está muy claro es que es una iniciativa para construirlo y solamente eso, lo que, además, implica una tarea titánica para Emilio, Edmundo Jacobo, Guadalupe Acosta Naranjo y otras personas más que, participando de la convocatoria al Frente, quieren conformar Somos México. Como si todo fuera coser y cantar.

La tarea es noble, abnegada incluso. Pienso en esto último no sólo por la energía que se requiere para integrar el Frente Amplio y que también le implica una labor titánica: decenas de personas que rebasan los 65 años de edad y otras tantas que bordan los 80 años (no imagino a Fox, Labastida o Rolando Cordera recorriendo el país, además de que el ex presidente está enfermo) y no imagino a militantes del PAN, hay varios, haciendo labor para tal efecto cuando tienen frente a sí la proeza de dar sentido y contenido a la refundación de su propio partido.

Y ya que hablamos de panistas, hay incluso unos que renunciaron al partido y no lo han hecho público y otros que, siendo candidatos de ese partido en el pasado proceso electoral, no recibieron el apoyo del PAN. Y así se plantean públicamente contra el sectarismo.

Unos aún no terminan de construir su partido (Somos México), otros no saben qué hacer con el que ya tienen (PAN) pero se plantean una tarea que, mucho me temo, es irrealizable y no nada más por la falta de un relevo generacional, sino porque buena parte de “los abajo firmantes” no entienden o no quieren entender que el país cambió y, junto con ello, también cambiaron las formas de comunicación.

Esto va más allá de lo respetables que sean, porque lo son. Ex consejeros del INE, académicos e intelectuales que fueron clave en la transición democrática que vivió el país, pero que ahora poco o nada ayudan para entender la circunstancia por la que vivimos, empezando por sus “métodos de lucha”: reuniones de cofradía, desplegados y proclamas como: “México atraviesa un momento de alta tensión institucional” (a saber lo que eso significa, por cierto, lo único seguro es que no pasamos por “un momento” sino que estamos frente a un aluvión autoritario que tiene casi dos décadas de mandar al diablo las instituciones y las leyes).

¿No hubiera sido mejor emplear las redes sociales y lanzar la iniciativa para que ésta sea leída más allá quienes la firman y de sus familiares y amigos (y más allá de que el desplegado parezca un crucigrama donde el curioso y orgulloso de sí vea su nombre impreso y junto con quienes aparece)? ¿Es mucho pedir la difusión de un mensaje al que puedan acceder amplios sectores que se informan en esos vasos digitales? ¿O vale más la pena actuar como viejitos regañones porque las redes sociales implican simplificar los contenidos o alientan la polarización?

Por cierto, muy pocos de los abajo firmantes advirtieron el tornado populista en su momento (no ahora que es evidente hasta para ellos). Repito, en su momento. Lo desestimaron o hicieron como dicen que hace el avestruz cuando oye la estampida de elefantes. Desde luego, nunca es tarde para empezar, pero creo (sólo creo) que el frente habría sido oportuno y efectivo, digamos, a partir de 2018, aunque entiendo que varios de sus convocantes eran legisladores, trabajaban en el INE, cuidaban algún trabajo o, en esos días, estaban haciendo campaña ¡en favor de López Obrador! (señora Dresser, no se moleste conmigo, no fui yo quien promovió al tirano). Digo esto porque, como advierte el desplegado, “La historia nos observa” (aunque, siendo sincero, bien a bien no alcanzo a imaginar ese voyeurismo de la historia).

Aplaudo la voluntad política que subyace en esta iniciativa, aunque tengo claro que es testimonial, como ha sucedido con decenas de desplegados de ese tipo. Incluso ese halo de nostalgia que tiene recordar la transición democrática me remite a la serie “Nuestros años felices” (así podemos incluso llorar juntos, aunque prefiero esperar a la iniciativa que presente el gobierno, porque la discusión está ahí, dentro de sus corrientes y con los partidos aliados de Morena). Me gusta también que el documento del llamado al Frente haya exhibido el talante autoritario de quienes no aceptan el disenso –Pablo Gómez o Epigmenio Ibarra–, así provenga de una resistencia que no tiene más brújula que el deseo de hacer algo por la democracia mexicana (y es que la autocrítica de ese tipo de militantes no es, precisamente, su fuerte).

Tengo confianza en sectores sociales que están más allá de moléculas activistas o cofradías (aunque me asalta la pregunta de por qué no lo firmó Xóchitl Gálvez). A ellos hay que hablarles, en ellos hay que depositar la confianza para seguir exhibiendo a este gobierno populista y autoritario. Esa es la labor del genuino intelectual del que hablan los grandes pensadores cuando aluden a proezas históricas. Hay grandes académicos en las aulas universitarias, personas de carne y hueso (que saben que no fueron tocadas por la mano de Dios) que sufren la demagogia en la inseguridad, la violencia y la falta de insumos para la salud. Y que no están dispuestos a permitir la estocada final de la democracia. No sé cuántos sean y si se movilizarán mañana, pero sí sé que ahí está cualquier apuesta democrática y no en picarse el ombligo entre gitanos que llevan bastante tiempo leyéndose las cartas (a veces hasta para preservar un negocio que les ha sido redituable).

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