2016 pinta para ser un año de movimiento, ya que a escasos 19 días transcurridos, hemos sido testigos de varios hechos trascendentes, que comenzaron con la captura –por tercera vez- del narcotraficante más buscado en México y Estados Unidos, le siguió la detención en España del exgobernador de Coahuila y ex presidente del tricolor Humberto Moreira, el fallecimiento de grandes figuras del mundo del espectáculo que fueron icono de generaciones –Bowie, Rickman y otros que se van sumando a la lista- hasta la designación del nuevo director de TV UNAM.
Decir que este desfile de acontecimientos ha captado la atención de amplios sectores de la población, sería reducir a la mínima expresión su impacto.
La cobertura mediática ha ido más allá de la mera noticia, se han tejido historias cual novelas, revelando hasta los más insulsos detalles que sin duda, encuentran un mercado a quién dirigirse.
Esta avalancha de datos e información que se potencia con la inmediatez y ubicuidad que ofrecen los medios digitales, viene acompañada de aquel famoso fenómeno referido hace casi doce años, por Santiago Creel durante su paso por la Secretaría de Gobernación: el “sospechosismo”, una palabra inexistente, pero significada y resignificada en este país.
Sí, esa cultura de desconfianza y suspicacia que ha permeado profundamente en nuestra sociedad, sin detener su avance.
Que si la captura es una cortina de humo para despistar lo del dólar o la caída de los precios del petróleo…Salvo porque, ni la depreciación (no devaluación) del peso frente al dólar, ni la caída de los precios del crudo –principal fuente de ingresos para el presupuesto- dependen de las decisiones de quienes nos gobiernan, sino del comportamiento de los mercados internacionales.
Esto puede resultar muy decepcionante, sí, decepcionante porque deja sin efecto esa teoría de las cortinas, al menos en el caso concreto.
Lo de Moreira, es también motivo de la intriga y la sospecha, ¿Por qué ahora?, ¿Tenía que ser en España? ¿Por qué a él?
En determinados casos, las preguntas vienen acompañadas por un enlace en donde a veces, se presenta un pseudo análisis construido a partir de conjeturas, posturas ideológicas y hasta ocurrencias, eso sí, con títulos rimbombantes y envolventes que llevan a miles de usuarios a revisar –cuando no visualizar- al menos las primeras cinco líneas de la nota.
En otras ocasiones, basta con ver quién lo comparte para dar un retuit, marcarlo como favorito o socializarlo con los contactos. Muchas veces sin revisar lo que contiene tal enlace.
En otros casos, sólo son memes. Porque podrá fallar todo, menos la creatividad incluso en los hechos más desafortunados. Es parte de nuestras tradiciones la burla hasta de las desgracias, no solo de las ajenas, sino también una que otra vez, de las propias.
Desde luego, es importante analizar y reflexionar respecto de la información que se consume, así como la consulta de varias fuentes para construir una opinión crítica de los fenómenos. Pero de eso, a la desconfianza por sistema, consigna, capricho, algo tan mundano como la envidia o tan serio como el desconocimiento calificado, existe un abismo de diferencia.
Estas actitudes, al carecer de argumentos sólidos y ante todo, de datos que respalden lo que se afirma tan categóricamente, solo abonan a la confusión, a la desinformación y frenan la construcción de ciudadanía, pues vale la pena recordar que la base para ello, es precisamente el acceso a la información.
Por ello la insistencia en corroborar las fuentes y la veracidad de lo que se va a compartir o de lo que se pretende opinar. No entremos en el juego sin retorno de la duda por la duda o peor aún, de la duda por consigna. Eso es abonar a la desconfianza que tanto daño hace al país y por lo tanto, una clara renuncia al ejercicio de la razón.
