Navidad, los hornitos eléctricos y yo

Anoche, durante la fiesta de Navidad de la empresa en la que felizmente trabajo (una agencia de publicidad bien acá, chida) se hizo la tómbola de regalos de cada año.

Había 100 regalos, figúrense. Las posibilidades de ganarse algo eran elevadas. No importa que la experiencia diga que nunca me gano nada en las rifas, lotería, rasca y gana, melate, casinos online, turista ni nada de eso. Cuando vi que había hornitos eléctricos Black & Decker, me llené de ilusión.

Nada me importaba el que se estuvieran rifando pantallas, Smart TVs, Xboxes y hasta un viaje.

Yo quería mi hornito. También se me antojaron las licuadoras y las batidoras, la verdad.

Pero no con tanta esperanza. Las planchas no, porque ya tengo. Me hubiera gustado una tablet, pero no había. Pero sigo.

Ahí estuve, pendiente de cada nombre que se decía. Contuve el aliento cada vez que se mencionaba “y ahora, el ganador de un hornito es…”

Pero no. Mi nombre jamás fue mencionado. Ni siquiera para un par de audífonos, ya aunque sea.

Muero por tener un horno eléctrico. Se pueden hacer cosas geniales, como calentar pizza sin que se queme, como en el sartén. O molletes, por supuesto. O calentar un sandwich sin que se aguade, como pasa en los hornos de microondas. Pero no me lo gané.

Infancia es destino

La decepción me trajo los acres recuerdos del pasado. Cada año, sin faltar, durante mi infancia, le pedía a Santa o a los Reyes mi hornito mágico Lily Ledy (ver imagen). Nunca llegó. Nunca, les digo. Caso muy diferente al de mi hija, a la que “Santa Claus” o sea yo, sí le trajo su horno para pasteles marca Barbie, una verdadera tomada de pelo (el hornito Lily Ledy creo que también lo era, snif) . En fin. La pobre ya andará pagando terapias para superarlo.

Hace unos diez años, andaba yo chachareando en uno de esos mercados maravillosos donde encuentra uno de todo. Desde colmillos de elefante labrados con paisajes chinos hasta sartenes que fueron de teflón y solo tienen óxido, pasando por frascos vacíos de Gerber o Nescafé.

Amo esos mercados. Me encantan los platos, copas, tazas, lámparas, carpetitas y demás cosas sin par, sin juego, que se encuentran ahí. Los sombreros viejos, los aretes de los 60… Siempre halla uno tesoros, me digo a menudo.

En uno de esos encantadores lugares encontré a Franky.

Franky, mi amor

Franky es el único hornito eléctrico que he tenido en mi vida. Era grandote, pesadón, amarillo.

Estaba barato y el vendedor me aseguró que “sí sirve, jefa”. ¿Qué otra cosa puede decir un vendedor? Seguro que ese traste llevaba con él años y ningún incauto había querido comprarlo. Pero yo lo hice.

Llegué a mi casa y mostré a todos en casa mi maravillosa adquisición, producto, por supuesto, del vacío emocional y la nostalgia, y no de la lógica que debe regir toda compra. “¡Podemos hacer molletes!”, fue mi entusiasta exclamación.

Mi esposo se puso serio. Lo revisó. Dijo “mmm… ” y eso me puso alerta. Odio cuando los esposos, papás, hermanos, novios o amigos dicen “mmm” ante algo que uno hizo. Tiene muchas capas de significado y se adivinan cosas que, si se dijeran, caerían muy gordas. Pero sigo.

Lo conectó. Tenía un foquito rojo y encendió. Signo de que sí estaba pasando la corriente o algo así. Pero le picabas el botón de “calentar” y nada. “Esas compras no son seguras, Orquídea…”, me dijo. Casi chillo. ¡Era un hornito tan guapo!

Yo quería mi hornito. Así que lo desarmó. Averiguó que tenía (ni me acuerdo) y encontró una solución. Le cambió el botón de encendido por un interruptor de palanquita. Arriba: encendido, abajo: apagado.

El interruptor quedó pegoteado con masas de silicón industrial. El arreglo se veía espantoso, pero funcionaba. Me sentí muy feliz. Hicimos molletes y cosas ricas. Hice caso omiso del bajonazo de luz cada que estaba andando. “Seguro es normal”, pensaba.

En cierto momento, caí en cuenta de que el interruptor de palanquita era igualito al que, en muchas películas, el doctor Frankestein baja para darle sus electrochoques al monstruo que lleva su nombre.

Ese descubrimiento me llenó de ternura. “Se va a llamar Franky”, les dije a mis hijos. “¡Viveee!”, agregué. Todos nos reímos. Pero la dicha no duró, porque como a los dos meses, Franky se descompuso de otra cosa y ya nadie encontró arreglo.

Poco después, se fue en el camión del fierro viejo. “Adiós, Franky”, le dije en mi corazón. “Gracias por los molletes”.

Solo vi que se alejaba rebotando en el camión, entre estufaaaas, colchoneees, refrigeradoreeees…

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