Florence Foster Jenkins es considerada la peor cantante de ópera de todos los tiempos. Hoy su historia está de moda gracias a dos producciones, una, franco-checo-belga de la mano del cineasta francés Xavier Gianolli denominada "Marguerite" (2015) con Catherine Frot en el papel estelar; la otra, "Florence Foster Jenkins" (Florence la "peor" mejor de todas) (2016), co-producción franco-británica del inglés Stephen Frears con Meryl Streep en el protagónico. Si bien la primera no menciona explícitamente a Foster Jenkins, está basada en su vida, en tanto la segunda, escrita por Nicholas Martin, pretende ser lo que se denomina un biopic o cinta biográfica.
Dicen que las comparaciones son odiosas (y vaya que lo son). Yo, primeramente, me fui a ver "Florence Foster Jenkins" que se estrenó recientemente en diversos cines en México –aún está en cartelera-, y posteriormente conseguí "Marguerite" la cual ya está disponible en Mixup y otras tiendas especializadas en cine de arte. Ya ven que el cine francés se exhibe poco en nuestro país y muchas películas de aquella nación a veces ni siquiera llegan a los cines, o si eso ocurre, duran en cartelera un par de días. En cualquier caso, comienzo diciendo que a pesar de que "Marguerite" aparentemente es menos fiel a la vida de la extravagante Foster Jenkins, es infinitamente superior en su estructura, ambientación y desarrollo, respecto a la propuesta de Stephen Frears. Pero antes de continuar, un poco acerca de la vida de Florence Foster Jenkins.
Esta mujer (1868-1944), avecindada en Nueva York y heredera de una gran fortuna, dedicó su vida a diversas causas filantrópicas y además fundó, con sus amistades y protegidos un club en el que daba rienda suelta a su pasión por la música y la ópera. Foster Jenkins tuvo dos matrimonios. Del primero, heredó la sífilis que la acompañó toda su vida, la cual, en aquellos años (década de los 40) era tratada con arsénico y mercurio, lo que, claramente, deterioró su capacidad acústica y otros órganos vitales (la penicilina, descubierta por Fleming en 1928 todavía no se empleaba para el tratamiento de la enfermedad y no fue sino hasta finales de la década de los 40 que se le empezó a producir con fines terapéuticos masivamente). De niña, Foster Jenkins era una pianista virtuosa, pero en su adultez, al adquirir la sífilis, una de sus manos se deformó y ya no pudo seguir adelante como concertista. A la muerte de su primer esposo, contrajo nupcias con St. Clair Bayfield, un británico que administraba la carrera de la cantante.
Pese a su enfermedad, la pasión de Foster Jenkins por la música, la llevó a seguir una carrera, primero entre amigos y más tarde en el Carnegie Hall, como cantante de ópera, pese a que carecía de las cualidades vocales para una soprano. Ella cantaba bastante mal, pero su ímpetu y persistencia la convirtieron en toda una celebridad, al punto de que figurones como Cole Porter, Gian Carlo Menotti y otros más, asistían a sus presentaciones y la aplaudían. Se cuenta que hasta Caruso comentó que a Foster Jenkins había que escucharla con admiración y respeto.
Existen varias grabaciones de esta mujer, que los estudiantes del bel canto y de arte dramático analizan en diversas universidades y conservatorios del mundo, como parte de su formación. Incluso ahora, las grabaciones originales de esta mujer están disponibles -en la iTunes Store se puede comprar la banda sonora original de la película de Stephen Frears, que contiene algunas arias interpretadas por la verdadera Foster Jenkins.
La idea de llevar a la pantalla grande una historia como la descrita, es seductora. ¿Se acuerdan de aquella gran película de Tim Burton, "Ed Wood" (1994) en la que Johnny Depp encarnó a quien se considera el peor cineasta de todos los tiempos? El propio Burton decía que las películas de Wood habían sido tan malas que merecían ser vistas y por supuesto ello justificaba hacer un film sobre la vida de tan singular personaje. En este sentido, yo esperaba, en el caso de la película de Stephen Frears, algo extraordinario, máxime con el talentoso elenco que encabeza la producción y que además de la ahora 20 veces nominada a los premios Oscar, Meryl Streep, incluye a Hugh Grant en el papel de St. Clair y a Simon Helberg como el pianista Cosmé McMoon. Pese a que la película tenía todos los ingredientes para ser grandiosa, quedó en una cinta del montón y si sale avante es sobre todo por la calidad histriónica de los protagonistas, en especial Hugh Grant y Simon Helberg. Digo, por supuesto que Meryl Streep hace una gran interpretación. El problema, sin embargo, me parece que estriba en el guión. La Foster Jenkins de Streep, es una mujer demasiado ingenua, carente de malicia que no parece darse cuenta de nada de lo que ocurre a su alrededor. Que St. Clair, McMoon y amigos la protejan para hacerle creer que es maravillosa en sus interpretaciones, y que ella no se dé cuenta de nada, tal y como es presentado en la película, es absurdo. Debo decir, sin embargo, que desconocí a Hugh Grant quien brinda una de sus mejores actuaciones, al igual que Simon Helberg, quien, a mi manera de ver, supera en varias escenas a la mismísima Streep. No sé, me atrevo a pensar que ante semejantes histriones, Frears, un cineasta con bastante oficio que nos ha obsequiado joyas como “Las relaciones peligrosas” (Dangerous Liaisons, 1988); “Los tramposos” (The Grifters, 1990); “Negocios ocultos” (Dirty Pretty Things, 2002); “La Reina” (The Queen, 2006) y “Filomena” (Philomena, 2013) por citar sólo algunas de sus más celebradas producciones, en “Florence Foster Jenkins” se limitó a permitir que los protagonistas desmenuzaran de manera personal la trama, cosa que no estuvo tan mal, pero no se ve claramente la mano ni la experiencia a la que nos tiene acostumbrados este genial cineasta.
De la película del francés Xavier Gianolli, de entrada, hay que decir que es completamente distinta a la propuesta de Frears y parece más una historia inspirada en Foster Jenkins, sin llegar a ser biográfica. Esta película es estelarizada por Catherine Frot, a quien ya habíamos visto encarnar a la cocinera del Presidente Mitterrand en "Haute Cuisine" (La cocinera del Presidente) (2012). En esta oportunidad Frot nos ofrece una gran actuación como la cantante Marguerite Dumont, una amateur que busca sobresalir como soprano, dado que su vida está vacía y plagada de frustraciones personales. Ambientada en París, en la década de los años 20 del siglo pasado, Dumont tiene un esposo que le es infiel, que la tiene abandonada y ella, para escapar de la tristeza que le genera esta situación, crea un mundo propio en torno a la ópera. En la película, Dumont es una súper millonaria que se casa con Georges Dumont, un parásito que lo único que le aporta a su mujer es un título nobiliario. Marguerite Dumont es muy caritativa y varios vivales abusan de su generosidad y la alaban para obtener beneficios y favores económicos de ella.
En la medida en que Georges se aleja de su amante y se acerca más a su mujer, Marguerite parece recuperar la razón, sólo que al actuar ante un enorme público, rompe sus cuerdas vocales y colapsa. En el hospital, mientras se recupera de este suceso, pierde la razón, siendo incapaz de distinguir entre su fantasía y la realidad. Estando en el nosocomio afirma haber cantado en las principales capitales europeas, y tener contratos para hacer otras presentaciones, todo ello invento de su mente perturbada. En el mismo hospital, graba sus interpretaciones. Por ello, y para "traerla de vuelta", Georges planea con el médico que la atiende, que Marguerite escuche su propia voz, dado que presumen ambos, eso la hará reaccionar. Efectivamente, así ocurre: Marguerite escucha su propia voz en un gramófono, sólo que, horrorizada por lo que oye, muere.
Yo sugiero ver ambas películas. Es cierto que la propuesta de Frears parece plagio, o como se dice en Hollywood, un remake de "Marguerite", aun con las diferencias descritas. Con todo, es muy interesante la manera en que cada una de estas producciones aborda el tema. Catherine Frot, por cierto, ha recibido varios premios por su caracterización de Marguerite, que es, simplemente fabulosa. Meryl Streep, a su vez, y sin ser su mejor caracterización, se alzó, sin despeinarse, con su 20ª nominación a los Premios Oscar como mejor actriz.
Por cierto, previo a ésta nominación, Meryl Streep dio un conmovedor discurso cuando en la pasada entrega de los Globos de Oro, cuando recibió, de manos de Viola Davis, la distinción Cecil B. DeMille. En esa ocasión, Streep, un poco afónica, habló de la tolerancia y la diversidad, de la riqueza que los inmigrantes han aportado a Estados Unidos y Hollywood. Se refirió, con cariño, a sus compañeros actores, a Natalie Portman (nacida en Israel), a Ryan Gosling (oriundo de Canadá) y a muchas más celebridades que, contrario a lo que postula Donald Trump (y conste que la diva jamás lo mencionó por su nombre) han enriquecido y nutrido a la industria del entretenimiento y al propio Estados Unidos. Fue un discurso, para decirlo pronto, extraordinario, dicho por alguien que no tiene nada qué perder y que está más allá del bien y el mal.
Trump, quien se dio por aludido, en uno de sus acostumbrados twits refirió que Meryl Streep es la actriz más sobrevalorada. Dicho por el Presidente más denostado de los últimos tiempos (y conste que no ha cumplido ni siquiera un mes al frente del gobierno estadunidense), incluso por encima de Richard Nixon y George W. Bush –lo cual ya es mucho decir-, sus palabras no lograron sino evidenciar la grandeza de una de las más extraordinarias actrices que Estados Unidos le ha dado al mundo. Las palabras de Trump, para el establishment de Hollywood, el cual, en términos generales, es duro con los republicanos e indulgente con los demócratas –Streep incluso participó activamente en la campaña presidencial de Hillary Clinton-, pueden resultar contraproducentes.
Hollywood tiene política interna y política exterior. Es verdad que el año pasado, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood fue criticada porque no nominó ninguna película, ni actor ni actriz afro-estadunidenses. En 2016, Hollywood se pintó de blanco, cosa que ahora debe subsanar. Por eso entre las nominadas en el presente año, figuran producciones dedicadas a contar historias de la comunidad afro-estadunidense, como “Talentos Ocultos” y “Luz de luna”, que seguramente recibirán algunas distinciones el próximo 26 de febrero –y si así ocurre, más allá de los aspectos políticos, lo merecen por su propio derecho. Pero, dadas las circunstancias no sería descabellado que Streep se alzara con su cuarta estatuilla, dado que a toda reacción (Trump) corresponde una reacción (Hollywood). Así que la ceremonia de los premios Oscar tendrá, invariablemente, un toque trumpeano. Habrá que ver en qué termina todo esto. Pero, mientras tanto, si ustedes no han visto Florence Foster Jenkins, háganlo, que de todos modos es una película divertida y aleccionadora. Pero también háganse un favor y busquen Marguerite.
