Para Mario Vargas Llosa, en su cumpleaños

En 2024 finalizó el ciclo del boom literario hispanoamericano iniciado en los años 50 del siglo XX, y sin embargo en México el tema no ha tenido relieve. Quizá el drama que vive el país no está para detenerse en las pulsiones emocionales de Julio Cortázar, la evocación de la ciudad más transparente de Carlos Fuentes, el nacimiento de Macondo en “La hojarasca” o “Los cuadernos de don Rigoberto” reseñados por Mario Vargas Llosa. Nuestros mejores intelectuales y escritores mexicanos poco han resaltado que, en octubre del año pasado, fue publicada la última obra de lo que sería el movimiento más prolífico que haya vivido nuestro continente en la literatura: “Le dedico mi silencio”, del autor arequipeño quien, con esa novela anunció que, a sus 88 años, lo único que le queda por escribir es un ensayo sobre Sartre, su maestro en la juventud.

Registro una paradoja: el boom hispanoamericano ocurrió durante la gestación de varias dictaduras, en Cuba, Nicaragua, Argentina y Brasil, por ejemplo, y culmina con el surgimiento de otras tantas dictaduras en Cuba, Nicaragua y Venezuela. El régimen en la isla caribeña fue el único que no tuvo cambios desde 1959, cuando triunfó la revolución, hasta la fecha cuando campean los despojos de los otrora ardientes sueños del hombre nuevo y una patria sin miseria ni castas. Por cierto, este movimiento pendular hasta ahora no tiene letras novedosas que lo reflejen y lo cuestionen. No tenemos un Juan Carlos Onetti que diga: “Yo, que he conocido la libertad, y también su escasez y su ausencia, puedo pedir que siga siendo siempre así. Un aire habitual, sin perfumes exóticos, que se respira junto con el oxígeno, sin pensarlo, pero conscientes de que existe”.

Mario Vargas Llosa tiene, entre sus formidables méritos literarios, la virtud de haber sido un cronista de la tensión permanente entre la opresión y la libertad. Las fijaciones de Gabriel García sobre la soledad de los dictadores no le impidió proclamar que el futuro del mundo era socialista, a diferencia de la opinión de quien fuera su gran amigo de juventud que, en todo caso, se empecinó para que aquel vaticinio no ocurriera. No me refiero a su actividad política cuando Vargas Llosa renunció a sus delirios comunistas y, en 1967, cobró distancia del régimen cubano por el encarcelamiento del poeta Herberto Padilla. Sus memorias en “Como pez en el agua” o la formidable “Fiesta del chivo”, bastarían para dar cuenta de su profunda convicción liberal. Pienso en lo que él propio escritor peruano ha dicho de distintas maneras desde hace por lo menos cincuenta años: “Se escribe para llenar vacíos, para tomarse desquites contra la realidad, contra las circunstancias”, y por ello me remito más bien a “La casa verde” y el forastero dueño de un prostíbulo, o a la alegre pero silenciosa y licenciosa caravana de prostitutas organizadas por Pantaleón para servir al Ejército en la amazonía peruana. Esta última ruta es prolífica: los desvaríos de Fonchito y la malicia de la madrastra además de las travesuras de la niña mala, entre otras, dejan siempre un vaho delicioso de erotismo.

Regreso al principio. Escribir es un acto de libertad, desafío a la censura y delimitación de horizontes que, en el caso de Vargas Llosa, retó a las dictaduras de cualquier signo. Si los cronopios de Cortázar recrean al surrealismo, las palabras de Vargas Llosa detonaron la modernidad narrativa española que, en su caso, enfiló contra la represión y la dictadura: la muestra más relevante entre un puñado es “Conversaciones en la catedral”, dicho por él mismo, su mejor obra. De este modo, si Onetti fue vocero de los exiliados de la represión en hispanoamérica, Mario Vargas Llosa ha sido el cahuide o guerrero inca, pregonero y guardián de la democracia en el continente. Lo hizo como el gran Víctor Hugo, en las letras y el campo de batalla, es decir en los fragores de la política…

Octavio Paz escribió:

“Hombre, árbol de imágenes, palabras que son flores que son frutos que son actos”.

Creo que uno de esos hombres es Mario Vargas Llosa. Ahí está su prolífica carrera y la raíz que le dio frutos: su rechazó el llamado compromiso intelectual de los artistas al que convocó Jean Paul Sartre desde mediados de los años 40 del siglo pasado y, en cambio, su denuedo por cultivar su jardín mediante novelas, cuentos, ensayos, obras de teatro y artículos periodísticos. Esa creatividad debe anotarse, nunca estuvo desprovista de la recreación de los dictadores y las tragedias que conllevan.

Así fue como los azares de la vida determinaron que Juan Carlos Onetti y Vargas Llosa aludieran a la convulsa hispanoamérica de los años 60 y 70, radicando en España. Uno acostado fumando y bebiendo whisky todo el tiempo con grandes tormentos para su hígado, perseguido por la dictadura militar y el otro estigmatizado por los seguidores del populismo en América, que lo denuestan desde la ignorancia, sin conocer sus creaciones ni sus definiciones. Peor aún, comprender el pasado para no repetir errores, entre otros precisamente, la renuncia a pensar en aras del “fin superior”.

La vida privada de Mario Vargas Llosa no me interesa, como no me interesa el fervor religioso de Tolstoi o la fiebre de Víctor Hugo por las jóvenes mujeres de su servidumbre. De Vargas Llosa me importan sus pincelazos biográficos transformados en arte. Ahí está “La tía Julia y el escribidor”, digamos, que pronto tuvo la respuesta de Julia Urquidi. Pero al terminar de escribir esto me asalta la oquedad de no tener la historia de un deicidio, es decir, el análisis que hizo Vargas Llosa de la trayectoria de García Márquez antes de “Cien años de soledad”, pero realizado sobre la producción literaria o ensayística de Mario Vargas Llosa. No soy optimista, creo que ese monumental trabajo nunca lo veremos.

Me centro entonces en que Marito nunca quiso quedar detenido en el tiempo. Siempre sobre la base de que la literatura no intenta reflejar la realidad, sino alterarla y permanentemente aleccionando sobre los universos cerrados, es decir, sin variaciones ni posibles destinos de las historias narradas, siempre rescató (además para un autor de su envergadura es imposible no hacerlo) los principales rasgos de las sociedades, por ejemplo de las que fueron liberadas de las dictaduras entre los 80 y 90 del siglo pasado, para enfatizar en la hipocresía y en los estamentos culturales de la discriminación, por citar dos casos.

Al respecto destaco su esfuerzo intelectual, no sin dejar de tener presentes los desfases inevitables debido a su edad y su formación, en la célebre polémica que sostuvo con Lipovetsky hace más de diez años. El viejo Vargas Llosa fue pródigo en reacciones más emotivas o admonitorias sobre “la sociedad del espectáculo” que en disposición para entender los grandes cambios tecnológicos y culturales en el mundo que han significado enormes transformaciones…

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