Conforme la derrota del PRI-gobierno se asimila en Insurgentes Norte y en Los Pinos, los espacios para revisiones serias se abren camino. Por encima del conteo lento de ganadores y perdedores, desde la óptica 2018 sobre quienes dentro o fuera del PRI ganan o pierden, las realidades, pragmáticas que son, se imponen.
El 6 de junio Enrique Peña Nieto amaneció, como presidente y priista, más libre que nunca para hacer y rehacer, para pedir cuentas al detalle, auditar la selección de candidatos con base en criterios, o de grupo o de competitividad electoral, para saber quiénes a ras de tierra operaron sus campañas y quiénes se quedaron demandando apoyos mágicos.
El Presidente tiene, como nunca antes en su administración, todo por ganar y nada qué perder; tiene la posibilidad de construir una propuesta política capaz de hacerle frente a los adversarios perfilados, López Obrador, Margarita Zavala, Ricardo Anaya, Jaime Rodríguez y Miguel Ángel Mancera, todos con cualidades, pero también con defectos.
Hoy Enrique Peña Nieto puede ponderar no sólo afectos y lealtades; puede, para consolidar su proyecto nacional, liberar sus alfiles y dejarlos decir, hacer, defender posturas, mostrarse. Centralizar la imagen del gobierno tiene hoy más contras que pros.
Puede también mover sus peones para que parezca que el gabinete no es de cinco personajes. Incluso, impulsar a un priista independiente del círculo mexiquense, un outsider del primer círculo si en él, o ella, ve la posibilidad de responder a los reclamos ciudadanos, a la agenda que se desprende del resultado electoral.
En Hidalgo el PRI ganó con Omar Fayad la gubernatura, pero Pachuca fue para el PAN. El caso hidalguense muestra el voto cruzado, contrapesos que la sociedad demanda ante la voracidad y la torpeza manifiesta de los gobiernos cuando tienen todo de su lado, Congreso y municipios.
El caso del Pacto por México es un buen ejemplo de cómo concertar cuando no se tiene mayoría y, sin embargo, las reformas estructurales fruto de ese mecanismo político marcaron también el fin de un impulso inicial memorable.
El golpe mediático por el escándalo inmobiliario junto al caso Ayotzinapa, noquearon a más de uno, aletargados pasaron 2015 cuando, por cierto, un gobierno bien evaluado como el de José Calzada en Querétaro tampoco pudo conservar el poder del lado del PRI, demostrando que no se puede aplicar a rajatabla aquello del castigo a los malos gobiernos.
Se trata de la falta de narrativa y defensa de logros, con más difusión y menos marketing, con menos face y más book. Más real y menos virtual. Hoy el Presidente puede revisar las estrategias centralizadas de la comunicación social en todo el gobierno; Peña no puede cambiar la realidad, pero tampoco necesita hacerlo. La libertad de la que hoy goza es también, eso sí, una gran responsabilidad.
Este artículo fue publicado en La Razón el 10 de junio de 2016, agradecemos a Carlos Urdiales su autorización para publicarlo en nuestra página.
