A principios del presente año, comenté en una reflexión publicada en este espacio, la creciente irrelevancia de México en la política mundial.1 En aquel momento, comparaba el producto interno bruto (PIB) de diversos países y la necesidad de que México repensara su lugar en el planeta. El PIB es un rubro particularmente importante, dado que permite determinar cuánta riqueza ha generado un país. Por supuesto que las cifras, per se, son insuficientes, especialmente porque hay naciones que crecen, pero esa riqueza generada no es distribuida. México, al igual que diversos países de América Latina, tiene los peores índices de distribución de la riqueza del orbe, lo que significa que, de entrada, no es una nación pobre, sino que está mal administrada. Hay riqueza sí, sólo que al no distribuirla, se acentúan las desigualdades, lo que potencia numerosos problemas económicos, políticos y sociales. En este sentido, parece lógico modificar la estrategia. Sobre este tema, se han pronunciado diversas figuras políticas, académicas, organismos internacionales y no gubernamentales, aunque parece ser que la situación va de mal en peor. México tiene que hacer cambios y debe hacerlos pronto, aunque siempre de la mano de un proyecto de nación y una estrategia. El mensaje es claro: si no se mueve, México no saldrá en la foto y estará condenado a la irrelevancia.

A propósito de la creciente pérdida de presencia de México -me refiero a presencia por sus logros e indicadores-, en esta ocasión quiero echar mano de algunos datos adicionales para documentar la decadente relevancia del país en las relaciones internacionales del siglo XXI. Como se verá a continuación, es muy fácil caer. Remontar, en cambio, es complejo y recuperar el terreno perdido, es todavía más difícil, más no imposible. Pero vayamos por partes.
Es sabido que la política exterior es un reflejo de la política interna. Es decir que, para poder proyectar sus intereses en el mundo, los países deben tener la casa en orden y México ilustra perfectamente este argumento. Según la Organización Mundial del Comercio (OMC), en el año 2000, México participaba con el 3. 2 por ciento de las exportaciones mundiales, mientras que en 2017 la cifra bajó al 2. 1 por ciento. Las razones son diversas, pero requieren la mayor atención de parte de las autoridades. Para empezar, en ese año, las exportaciones petroleras cayeron a su nivel más bajo desde 1980. Cierto, se produjeron fenómenos hidrometeorológicos como los huracanes Harvey y Katia que impactaron en la producción, si bien, el problema de fondo, es el agotamiento del recurso en el yacimiento de Cantarell. Se espera, con los nuevos yacimientos descubiertos, revertir la situación y recuperar el terreno perdido, aunque eso aún está por verse. Se observó también en octubre de 2017, un retroceso significativo en la minería. Ambos rubros -petróleo y minería- impactaron negativamente en la actividad industrial del país, si bien la exportación de productos automotrices salvó la noche. Ello remite a la importancia de este sector, especialmente en momentos en que EEUU ha dicho una y otra vez que desea modificar las reglas de origen para el contenido nacional de los automóviles que se producen en México en el marco de la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).
Si se mide el valor de la economía mexicana a nivel global, el Banco Mundial afirma que, en 2017, México perdió 100 billones de dólares en su valor global respecto a 2016, ubicándose en la 15ª posición en el planeta. No parece un mal lugar, si no fuera porque la mexicana no es la economía latinoamericana más pujante. Brasil, en contraste, está en la 9ª posición. Con un PIB que equivale al 1. 54 por ciento del producto mundial bruto, México se ubica igualmente por debajo de Australia (1. 8 por ciento), un país con escasos 24 millones de habitantes, o bien, la quinta parte de la población de México. Brasil, en contraste, supera a México al representar el 2. 39 por ciento del producto mundial bruto.
Además del declive de la participación en las exportaciones mexicanas a nivel global y del decadente valor de su economía, existen otros indicadores que permiten corroborar el deterioro de las condiciones de bienestar social en el país. Por ejemplo, en los índices sobre desarrollo humano del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) -si bien esta entidad ha modificado la metodología empleada para medir el desarrollo humano- la posición de México no ha parado de caer. Así, mientras que en el año 2000 el país se colocaba en la 55ª posición (desarrollo humano medio) de un total de 174 países analizados, en 2010 el país se encontraba en la 56ª posición (desarrollo humano alto, tras la modificación metodológica del PNUD), por debajo de naciones latinoamericanas y caribeñas como Panamá, Uruguay, Argentina, Chile, Bahamas y Barbados. En el informe correspondiente al 2015, México figuraba en el 74° lugar, por debajo de Costa Rica, Cuba, Trinidad y Tobago, Panamá, Antigua y Barbuda, Bahamas, Barbados, Uruguay, Chile y Argentina. En el informe de 2016, el más reciente disponible, México estaba en la 77ª posición, atrás de Saint Kitts y Nevis, Venezuela, Cuba, Costa Rica, Trinidad y Tobago, Antigua y Barbuda, Panamá, Uruguay, Bahamas, Barbados, Argentina y Chile. En otras palabras, en 16 años (de 2000 a 2016), México perdió 22 escaños mientras que otras naciones latinoamericanas mantuvieron o mejoraron sus índices de desarrollo humano, rebasando, en algunos casos el desempeño mexicano.

Los retrocesos de México no se detienen ahí. El Fondo Monetario Internacional (FMI) coloca a México, entre 78 países analizados, en la posición 45 en materia de inclusión y desarrollo económico. Aquí lo que mide el FMI es la participación de las personas con menos recursos, en la economía nacional y México enfrenta rezagos incluso respecto a otras naciones latinoamericanas -Argentina, por ejemplo, figura en la 7ª posición, Uruguay, en la 12ª, Costa Rica en la 25ª, Chile en la 30ª y Perú en la 40ª.
En materia de corrupción -tema aludido cotidianamente por los candidatos a la presidencia, a la jefatura de gobierno de la Ciudad de México y por muchos más- el país ha tenido una suerte de caída abrupta, dado que, según Transparencia Internacional, en 2017 pasó del lugar 129° al 135° de una lista de 180 naciones analizadas. Si se toma en cuenta que en 2015 el país estaba en la 96ª posición, evidentemente algo anda mal. La propia Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ubica a México en el último lugar, en el seno del Grupo de los 20 (G20) justamente por la corrupción rampante que lo aqueja.
Como se sugería líneas arriba, si la casa no está en orden, no es posible navegar por el mundo en condiciones ventajosas. Al respecto, el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) explica que, en los pasados ocho años, el número de pobres en el país creció en 3. 9 millones de personas, dado que mientras que en 2008 se registraban 49. 5 millones de pobres, en 2016 la cifra se había disparado a 53. 4 millones. Pese a la existencia de 6 491 programas sociales, los resultados no son satisfactorios, lo que supone una revisión exhaustiva para un mejor empleo de los recursos disponibles.
En el presente gobierno, el Plan Nacional de Desarrollo buscó posicionar a México como “un actor con responsabilidad global.” Sin embargo, ese atributo depende, en buena medida, de indicadores socioeconómicos más favorables en casa. De poco sirve que México haya incursionado en las operaciones de mantenimiento de la paz de Naciones Unidas (OMPs) con efectivos militares; que hay sido líder en las negociaciones en materia de desarme -como la que dio origen, en 2017, al tratado para proscribir las armas nucleares-; que tenga 12 tratados de libre comercio que involucran a importantes potencias comerciales como la Unión Europea y Japón, además, claro está, de EEUU; que participe en iniciativas como la Alianza del Pacífico (AP) y el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TTP); o que el mandatario haya realizado decenas de viajes internacionales para fortalecer los lazos de México con el mundo. Ante la falta de una estrategia clara, todo lo expuesto no se transforma, como se esperaría, en una imagen favorable de México en las relaciones internacionales, como tampoco permite la consecución de los objetivos nacionales allende las fronteras.
En este sentido, y dado que los candidatos a la presidencia debatirán el próximo 20 de mayo temas relacionados con la política exterior del país, parece imperioso contar con un plan maestro que modifique la situación imperante, que fije los objetivos que se buscaría satisfacer y los medios para lograrlo. Son muchos los temas en los que la política exterior de México puede incursionar exitosamente, pese al impredecible contexto internacional. Como se ha visto líneas arriba, hay países con menores recursos materiales y humanos que México, que parecen maniobrar de mejor manera en el entorno internacional.
Así, entre otros lineamientos a considerar, valdría la pena reflexionar en torno a:
1. Un plan maestro -proyecto de nación- en el que se establezca claramente dónde se desea que esté el país en los años y décadas por venir, más allá del horizonte sexenal;
2. Evaluación de lo hecho hasta ahora en materia de política exterior, dado que, si bien hay omisiones y errores, también hay logros que valdría la pena recuperar, acomodándolos en el plan maestro; y
3. Determinar de qué recursos materiales y humanos se dispone para la consecución de los objetivos nacionales en el mundo -ligado esto al plan maestro.
Una vez hecho esto, se debería proceder a delinear la política exterior que México requiere, en cuya articulación se deberían de considerar los siguientes aspectos:
a) A la fecha, mucho se ha hablado del nuevo aeropuerto, pero ninguna de los candidatos parece interesarse en la condición de México como uno de los únicos 17 países bioceánicos del planeta. Con semejantes litorales, cuenta con el potencial para incursionar prácticamente en todos los mercados internacionales, lo cual demanda un desarrollo portuario y una marina mercante. El transporte terrestre -que es como México comercia y concentra buena parte de sus intercambios con EEUU- es carísimo, lo que demanda un plan de desarrollo portuario -y claro, ferroviario- a la brevedad.
b) México cuenta con 11 tratados de libre comercio, además del TLCAN. Recientemente concluyó la actualización-renovación del Tratado de Libre Comercio, Concertación Política y Cooperación con la Unión Europea. No está mal. El TLCAN 2. 0, por su parte, está en un impasse. Seguramente será necesario revisar los demás tratados para ponerlos al día. Pero lo más importante es contar con una política industrial porque los tratados comerciales, sin estrategia -la cual debería estar asentada en una política industrial- navegan en la incertidumbre y posibilitan que sean los socios comerciales de México y no éste, quienes los aprovechen. Así, la pertinencia de negociar o renegociar tratados comerciales, debería producirse tras la articulación de la política industrial, no en lugar de ésta.
c) Los foros multilaterales en que México participa, posibilitan un mayor margen de maniobra para el país, donde puede insertar temas y agendas que, posiblemente, a nivel bilateral con las grandes potencias, no es sencillo, por lo que el apoyo a instituciones como Naciones Unidas, incluyendo sus organismos especializados, más otras entidades como la ya citada OCDE, los organismos monetarios, comerciales y financieros internacionales y también los regionales deben ser recurrentes en una política exterior que eche mano de ellos, siempre en consonancia con el interés nacional.
d) México dispone de un poder duro, ya documentado. Aun cuando su economía ha perdido valor y presencia en el mundo, es importante y puede remontar, siempre que se cuente con el citado proyecto de nación. Pero adicional al poder duro, el país cuenta con un potencial enorme de poder suave, trátese de sus industrias creativas, el turismo, la diplomacia, la gastronomía, la música, la historia, etcétera. A través de un empleo correctamente articulado de los elementos referidos, México podría gestionar de mejor manera sus intereses en el mundo dado que cuenta con suficiente bagaje para ser una potencia cultural por derecho propio.
e) La relación con EEUU, tan importante como lo es, debe ser replanteada en términos de la importancia que guarda México para la propia prosperidad y seguridad de la Unión Americana. Más que negociar los diversos temas de la agenda bilateral sobre la base de ceder todo el tiempo a las exigencias del vecino país del norte, se debe anteponer la diplomacia, promoviendo relaciones respetuosas y en las que México deje en claro que problemas como la pobreza, el auge de la delincuencia organizada y la migración, entre otros, suponen una corresponsabilidad en su atención, por parte de EEUU, porque este no podrá ser un país seguro si México no lo es.
f) Hay un buen número de vínculos con naciones del mundo calificados por México como relaciones “estratégicas” cuyo potencial aun está por desarrollarse. La continuidad y el seguimiento de esas relaciones “estratégicas” con socios como los países latinoamericanos, la Unión Europea, Japón, la República Popular China, etcétera, es fundamental, no sólo por razones de credibilidad, sino porque ante la política exterior tan compleja que desarrolla Estados Unidos en el mundo, no es mala idea acercarse a naciones con regímenes menos viscerales capaces de coadyuvar a la gobernanza global en estos tiempos de crisis.
En suma, México requiere una política exterior global que trascienda de las palabras a los hechos, que mire a todas las regiones y su potencial, que establezca alianzas con like-minded countries con quienes puede desarrollar agendas de nicho en infinidad de temas de interés nacional. México tiene fortalezas ineludibles en este tenor: posee un servicio exterior de carrera debidamente calificado, el cual debe ser encabezado por personas que no “vengan a aprender” sino que conozcan los recursos humanos y materiales de que se dispone para frenar esa caída libre y revertir esa imagen internacional tan lamentable de que goza el país en la actualidad.
Por supuesto, el trabajo empieza en casa y el reordenamiento interno del país es la única forma de garantizar una política exterior exitosa.

1 María Cristina Rosas (10 de enero de 2018), “México: ¿en el umbral de la irrelevancia?”, en etcétera, disponible en https://etcetera-noticias.com/opinion/mexico-en-el-umbral-de-la-irrelevancia/

