Por un(a) mañana mejor

Yo, que tanto objeto al Presidente de la República y su gobierno, que no voté por él y que me congratularía de ello si mi preocupación por el estado de nuestra democracia me dejara tiempo y energía para el regodeo, debo, sin embargo, agradecerle algo: de no ser por su política de comunicación, no tendría el baño para mí solito cada mañana.

Hubo un tiempo en que tuve una participación regular en un videoblog dedicado a hacer análisis de lo dicho –y escenificado– por el presidente en su conferencia de prensa cotidiana. En vistas a ello, me veía obligado a sintonizarla cada día mientras mi mujer y yo nos afanábamos en nuestras abluciones matinales. A las pocas semanas, mi compañera de vida –y hasta entonces de lavabo– me diría: “No puedo con eso: demasiado desdén por la ley, demasiado culto a la personalidad, demasiados paleros con preguntas prefabricadas, demasiada violencia gratuita. Entiendo que es tu chamba pero me amarga el día: me mudo al otro baño”. Y se fue, con todo y la crema de manos. (Al menos ya nadie me ganaría el turno en la ducha.)

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Durante meses seguí escuchando cada día en virtud de ese compromiso profesional. Después interrumpí el compromiso –un poco por razones de agenda; un poco por hastío de decir más o menos lo mismo en cada emisión– pero no la escucha: me parecía deber ciudadano atender todos los días la llamada Mañanera. A los pocos meses encontré una solución de compromiso para abandonarla: protegería mis nervios –súmense a los argumentos de mi cónyuge, que terminé por hacer míos, el efecto sobre mi estado emocional que produce el tono sarcástico del presidente, cansino en su reiteración de que esoyanopasa y nosomosiguales y en su postulación de las coordenadas ideológicas del siglo XIX como si fueran vigentes– pero seguiría sus dichos en los sitios noticiosos que frecuento. Así hago hasta la fecha. Y supongo que así seguiré haciendo.

Héctor Téllez // Milenio

Cabe, sin embargo, una regla autoimpuesta: así como aludo siempre al presidente por su investidura y no por el monónimo con que gusta ser nombrado, jamás abordo en participación pública alguna lo dicho en la Mañanera. Y es que lo que se anuncia ahí no son iniciativas de ley ni políticas públicas sino ajustes de cuentas partisanos, imposiciones de la voluntad política por sobre la legalidad, juicios sumarios a quien no se asuma partidario de su proyecto, intentonas de destrucción institucional, escenificaciones propagandísticas que buscan minar desde los lineamientos de la OMS hasta la Constitución.

Ya desde que era jefe de Gobierno del Distrito Federal, las conferencias de prensa matutinas son la herramienta que el hoy presidente se ha procurado para acaparar la agenda noticiosa nacional todos los días. Si lo logra, sin embargo, es porque los medios, las redes sociales, los actores políticos y muchos ciudadanos le siguen el juego, incluso desde la oposición. Verbigracia lo acontecido el pasado 20 de agosto en Twitter, donde un usuario identificado como @tumbaburross postuló el hashtag #TumbandoLaMañanera en un mensaje que rezaba, a la letra, “La Mañanera es un instrumento que sirve para dictar línea de lo que el Presidente quiere y no quiere que se hable en México”. Cierto. Lástima que no sirvió para restarle presencia en la discusión pública sino para desatar un aluvión de insultos cruzados que terminaron por contribuir al ambiente que justamente busca el gobierno para el florecimiento de su comunicación.

Tumbemos la Mañanera. Hablemos de las políticas y los programas instaurados por el gobierno y de los que cancela, de los funcionarios designados o removidos, de las denuncias presentadas y de los procesos judiciales en curso, de las iniciativas de Ley presentadas y de los decretos emitidos. Pero no de lo que dice el presidente todos los días desde su púlpito. Asumo aquí el compromiso de no volver a escribir la palabra Mañanera, ni a citar lo dicho en ella, antes el 1º de diciembre de 2024. Tómese como mi aportación a un(a) mañana mejor.

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