Ni en Los Pinos ni en Insurgentes Norte ignoran el tremendo desprestigio social que lastra al gobierno y a su partido. La corrupción los marca de cabo a rabo. Pero con igual concienciasaben que el 2018 aún está lejos de perderse.
El PRI de Peña Nieto mantendrá plazas, presupuestos y operación haiga sido como haiga sido. Si las cuestionadas “victorias” no dan para armar fiesta, alcanzarán para mezclar a Venezuela con Morena.
Si los partido-parásitos le aportaron 3.9 por ciento de sus votos en el Estado de México (justo lo necesario), pues vengan y gocen de ello los mercenarios con membrete y registro.
Si Ricardo Anaya, el dirigente opositor más elocuente pero menos efectivo para derrotarlos, quiere vender como suya la aplanadora de Miguel Ángel Yunes en Veracruz, o si la muy priista familia Echevarría de Nayarit conservó el bastión, o si la estulticia del Instituto Electoral de Coahuila enmienda y el de Querétaro grita que ganó, entonces, desde el oficialismo en pleno, fuerte y con todo, para que Anaya se imponga y se ponga.
Si Andrés Manuel López Obrador se empecina en su papel de “nadie me merece” y continúa dinamitando puentes para que a nadie le convenga someterse, lisa y llanamente, a su superioridad moral, entonces el gran AMLO irá solo, con sus millones de seguidores, pero igual con sus detractores.
La guerra desinformativa que tiene al de Macuspana en la diana no cesará y algo ha de restarle. Si el protagonismo en Morena no se vuelve coral, entonces su masa crítica quizá no pase del tercio, y justo ahí, el PRI vive, pelea y sueña.