No pareciera que la explosión en Tlahuelilpan le vaya a generar una crisis al gobierno de López Obrador. Sus altísimos niveles de aceptación no se han visto afectados, más bien como le hemos venido advirtiendo, se han incrementando.
Parece que la sociedad mexicana no quiere cuestionar a su Presidente. A diario se presentan observaciones y críticas en medios y redes las cuales sabe leer y atiende de buena y mala gana, a sabiendas de que su fuerza y peso están en el grueso de la población.
Quizá por ello se atreve a decir que aunque lo acusen de “mesiánico”, va a purificar a México. Una de las grandes virtudes del Presidente es que tiene, como pocos, el sentir, pensar y hasta entender lo que quiere la gente. Sabe qué decir para que lo escuchen y para que también confíen en él.
Todo esto podría ponerse en juego en la forma en que vaya abordando el doloroso tema de la explosión en Tlahuelilpan. Hay preguntas que no se han respondido y en el caso de que se hayan atendido, han dejado dudas.
Dos asuntos en particular no se ven suficientemente claros. El porqué se tardaron tanto en cerrar las válvulas de los ductos; fueron cerca de cuatro horas. Se argumenta, con cierta razón, que existe un protocolo para hacerlo; sin embargo, tardaron mucho tiempo en controlar la fuga. La cuestión está en que este tipo de situaciones ya se ha presentado y el tiempo que tardaron en cerrar las válvulas fue menor a las cuatro horas del viernes.
Es una incógnita lo que pasó. Si la información sobre la fuga de gasolina se conoció casi al mismo tiempo en que se presentó, pasaron muchas horas en las que no se tomaron medidas drásticas en todos los sentidos.
Fue la tardanza en cerrar las válvulas, pero también fue la actitud permisible por parte de las fuerzas de seguridad; en concreto de los soldados. Entendiendo que cada quien ve las cosas como quiere, o le conviene, llama la atención que algunas personas que participaron en la “ordeña” tenían la impresión de que “los soldados los dejaban pasar”.
La histórica preocupación que tenemos en relación a todo lo que sean situaciones límite con el Ejército ha repercutido desde hace tiempo en el Estado de derecho. Se ha hecho a un lado a las Fuerzas Armadas en asuntos que bien pueden ser de su competencia; a querer o no, tenemos entre nosotros, con cierta lógica, el fantasma de su participación en el 68.
López Obrador ha tenido un gran cuidado en su trato con las Fuerzas Armadas. Mucho de lo que dijo en la campaña lo llevó a enfrentamientos con los titulares de la Marina y la Defensa que bien se pudieron evitar. Todo lo que dijo ya lo ha colocado en la nave del olvido.
Lo que hoy queda claro y se confirma es que no quiere, por ningún motivo, poner a la Fuerzas Armadas en situaciones límite. Es muy probable que la “prudencia” del vienes en Tlahuelilpan tenga que ver con esto.
Suena rudo, pero lo cierto es que un grupo de ciudadanos se estaba robando gasolina; era un acto fuera de la ley. ¿Qué se debió hacer? Se debió evitar a toda costa lo que estaba pasando por dos razones: los riesgos y el peligro que se estaban corriendo eran evidentes; la manipulación de la gasolina lo es en sí.
Lo segundo tiene que ver con no permitir, con los instrumentos que tiene el Estado, diseñados ex profeso, la violación al Estado de derecho, se trate de quien se trate.
Existe una gran necesidad de creer en lo que está haciendo el nuevo régimen; han sido muchos años de desengaños, para decir lo menos.
Pero si algo no le conviene al Gobierno es una sociedad acrítica y condescendiente. Veremos cómo resuelve esta tragedia brutal, junto con otra instancia a la que le llega su primera prueba: la nueva Fiscalía.
RESQUICIOS.
Margarita Zavala también quiere su propio partido. ¿Qué tan diferente terminará siendo de la organización en la cual militó casi toda su vida? ¿Realmente representa una alternativa de pensamiento y gobierno a futuro; o será más de lo mismo, corregido y aumentado?
Este artículo fue publicado en La Razón el 22 de enero de 2019, agradecemos a Javier Solórzano su autorización para publicarlo en nuestra página.
