Un rasgo hegemónico de la idiosincrasia mexicana es la reverencia a lo extranjero, igual en el uso del idioma que en las referencias intelectuales, culturales y estéticas, o en la fiabilidad informativa. Sobre esto último, incluso a veces los medios de nuestro país mencionan notas de medios internacionales para revestir de confiabilidad lo que estos medios por sí mismos no han podido lograr, de ahí que la muletilla se conozca: Si el diario X (podemos escribir aquí The Washington Post, The Guardian o el medio que ustedes digan) dice Y (el tema que sea) entonces es cierto porque lo dice X, (no importa que por ejemplo el rotativo inglés se hubiera equivocado rotundamente, en fechas recientes, al presentar una entrevista con la hija de un narcotraficante que resultó ser una impostora, ni interesa que el periódico no hubiera ofrecido explicaciones a los lectores).
Y es cierto porque lo dice X es una fórmula con la que se pretende alentar a la creencia de los consumidores de medios –la creencia, señalo– dado que en estos casos la solidez de la información es aspecto secundario; el recurso es habitual en la propaganda oficial y también en la propaganda opositora. Cuántas veces hemos visto en revistas como Times que ha sido nombrado como el personaje o el mandatario del año alguno de los presidentes del país que luego observan caer estrepitosamente su reputación, tanto como el desastre que provocaron en la economía (aunque luego se lo achaquen a un legendario error de diciembre o pongan el pretexto que sea).
Parece un comportamiento cíclico. Lo mismo sucede cuando The New York Times o The Guardian retoman, porque casi siempre retoman, algún tema de los medios mexicanos para bombardear al gobierno. No sé qué opinen quienes de plano descartan que el ingeniero Slim influye en el diario donde tiene fuertes inversiones, pero eso ahora para mí es lo de menos –porque desde luego que lo hace, y es entendible–: subrayo que un editorial del periódico estadounidense expresó su respaldo a Carmen Aristegui y a Sergio Aguayo en relación con las demandas que pesan sobre ellos. En pleno uso de su libertad de opinión, los editores del diario no han abordado el tema de los periodistas agredidos e incluso muertos en todo el país ni han puntualizado en la situación que viven muchos de ellos en estados como Chihuahua, Veracruz o Guerrero. No. Sólo mencionaron a esos dos periodistas, pero además incurren en un falso señalamiento: al aludir a la Casa Blanca afirman que “el medio de comunicación que los empleaba, MVS, que depende fuertemente de publicidad gubernamental, se rehusó a publicar la historia”. No es así, como puede verificarse gracias a los soportes digitales de YouTube o al contrato entre la empresa y la periodista que se firmó luego de que detonara ese tema. Junto con ese falso señalamiento los editores de The New York Times tratan el tema de las demandas y su soporte normativo y legal como si tuvieran relación con las facultades y atribuciones del Presidente de México y no es así: 1) La Suprema Corte de Justicia fue la que levantó los montos monetarios de las demandas por difamación y 2) Es el Congreso el que tiene las facultades para modificar las leyes relacionadas con la difamación y aunque lo dice el periódico enseguida enfatiza en que el Ejecutivo es el responsable de ello.
Estoy seguro de que el proceso de ciudadanización en México poco a poco exigirá calidad en la información y que la propaganda oficialista o antioficialista será tomada como cuentas de vidrio que nos presentan como si fuera información valiosa, porque proviene del extranjero, ¿o no?
