Compartir

Va casi medio siglo desde que se estrenó la película mexicana El castillo de la pureza que, como puede suponerse, es sórdida hasta decir basta. Inspirada en hechos reales, un padre obsesionado por la contaminación moral mantiene recluida a su familia. Como buen fanático permisivo sólo consigo mismo, él puede salir al mundo sucio, a vender y a comprar, y a visitar prostitutas, pero la familia no, porque ellos sí se corromperían. Cuando una de las hijas lee por casualidad un pedazo de periódico la esposa cómplice le dice: “A tu papá no le gusta que leas lo que él no te da”.

Los nombres de los tres hijos son propios de una paranoia esclavizante revestida de cruzada: Porvenir, Utopía y Voluntad deben aprender a vivir “como se debe vivir”, y cuando cometen una falta, que sólo el padre entiende, también los enclaustra en calabozos. Encierros dentro de encierros. Como buen tirano, el padre se ofende fácil, y cuando la esposa cómplice le reclama, taimada, que ella y sus hijos no hayan salido a la calle en muchos años, le respinga, sorprendido: “¿Te atreves a quejarte?”.

Fotograma “El Castillo de la Pureza” de Arturo Ripstein

El fanático en general busca auténticamente una pureza imposible y, al no alcanzarla, suele terminar como un hipócrita frustrado que se asume víctima. Este fanático en particular proyecta sus culpas en la familia, y cualquier traspiés de sus hijos resulta de una herencia maldita, no la suya, obviamente, sino de la madre. ¿La profesión de este enfermo? Vender raticidas, acabar con una plaga que le preocupa “porque ya no se mueren”. Se le ocurre entonces que, como supuestamente las ratas y los ratones se odian, sería ideal que se volvieran locos y se mataran entre sí.

Son automáticos los paralelismos con algunas denominaciones religiosas, comunidades endogámicas, grupos políticos extremistas. Para esos submundos mentales lo extranjero es el conocimiento, la cultura, la solidaridad. Darle a MORENA un país para gobernar no es muy distinto a dejar una escuela a merced del padre Maciel, o a la familia secuestrada por un pecaminoso vendedor de raticidas. Estos depredadores comparten la soberbia de castigar, abusar, destruir y engañar en nombre de la pureza.

La impunidad funciona mientras los cínicos y los engañados sostengan la farsa, unos por su poder individual, los otros por el poder de los números, y aquí es donde entra la estupidez, “el enemigo más peligroso para las buenas personas, incluso más peligroso que la maldad”, diría el filósofo Dietrich Bonhoeffer, desde un campo de concentración nazi. Cuando el sentido común ha sido desplazado por eslóganes, no hay argumentación posible, y advierte: “Contra la estupidez no tenemos defensa… El razonamiento no sirve de nada. Los hechos que contradicen los prejuicios personales pueden simplemente ser descreídos; de hecho, el estúpido puede contrarrestarlos criticando y, si son innegables, puede simplemente dejarlos de lado como excepciones triviales”.

Así como el abusador se proyecta en sus víctimas, quienes gravitan en su propia estupidez proyectan sus carencias en el líder; de ahí el impulso para defenderlo más allá de la razón. El desencanto puede llegar, desde luego, a partir de una serie de eventos traumáticos. Mientras tanto, la base fanática puede no alcanzar para ganar una elección, pero sí para amedrentar a una mayoría menos exaltada. Ratas y ratones, pureza y estupidez, binomios letales, lo mismo para una familia que para un país.

Autor

  • José Antonio Polo Oteyza

    Ha colaborado en el diseño y gestión de proyectos en los ámbitos de comunicación social, política exterior, seguridad. Actualmente es director de la organización social Causa en Común.

    View all posts