Miren bien a Pedro, sugiero. Ya lo vieron, es un hombre pulcro y rico, su dimensión exacta solamente la sabe su ego y el sastre que le confecciona la ropa junto al helicóptero en el que viaja asiduamente porque le gusta constatar cómo se mira la Ciudad de México sin él.
Nadie tiene la fórmula del éxito, ni siquiera este señor con cara y corte de cabello de niño que ronda los sesenta años. Podemos decir, eso sí, que su compromiso con los trabajadores ha sido tal que mientras él abulta sus bolsillos lucha por la dignidad de los trabajadores. No ha sido fácil, claro está, aunque Pedro es astuto: siempre ha estado con el ganador sea el PRI o se Morena, ha procurado sembrar y, como dice en su rancho, “si la vida te da limones haces whisky porque agua de limón es para jodidos”. “Y haces la barba también”, aconseja a sus mejores amigos, “para que los más poderosos te protegen o te la deban si te metes en algún apuro”. En todo caso, añade ya con unos tragos encima, si te crece la cola buscas amigos o compadres que la corten hasta hacerla un rabito, como el de la pobre rata que al planchar su cola se hizo uno parecido. Esas amistades son leales. Tanto que son capaces de defenderlo de lo que sea mientras dicen que no conocen a Corina Machado, por ejemplo. Por eso a Pedro le gusta decir que todos tienen cola pero que la suya es más chica que la de un dinosario del Mesozoico.
Ustedes ya notaron que cuando escribo que Pedro es un hombre pulcro me refiero a los trajes de más de 20 mil pesos hechos con telas provenientes de lejanas tierras y a su manicura de sus dedos regordetes. No me refiero a la claridad de sus pensamientos y, menos aún, a sus actos que lo develan como uno de esos pillos de la ley seca estadounidense de los años 20 aunque tenga las mejillas como las de Spanky, uno de los miembros de “La Pandilla”o “Los pequeños traviesos”, como también se conoció a la serie en la misma época.
Pedro es diputado. No tiene ni la menor idea de lo que eso significa pero eso es símbolo de poder y a él le basta. Sus negocios son otros. Por ejemplo, vende favores y los cobra tan bien que hasta Batman podría ser su amigo (me refiero, claro, a un remedo de Batman, a un encapotado que recibe órdenes de la más alta autoridad para que el legislador pase por el país como Pedro por su casa haciendo lo que le venga en gana incluso. Gracias a eso, aunque lo sorprendan con serpentinas, chifladores y gorritos, él es capaz de decir que el confeti que le sale de los calzones es una fantasía de los demás y sus amigos lo siguen sin pudor. “Si la vida te da limones, haces como que no”, comenta cuando mira la embestida de alguna vaquilla de su estancia de rodeo en el rancho.
“Qué Pedro”, es la pregunta. Quiero decir, qué cosas deben pasar en el país para que con él no opere la vieja máxima de “El que la hace la paga”. La complicidad. La que surge de “te doy, me das y estamos pagados”. Y así se la pasa el gordito bonachón, viendo cómo, el gobierno que lo protege, arremete contra sus críticos porque en este país no es delito la extorsión sino la crítica de la corrupción a las alianzas del poder con los grupos criminales.
Ahí está aquel hombre exitoso. Está sonriendo. Se burla de nosotros, se siente intocable y por eso sabe que si el dice que es de noche cuando es de día, al ser inquirida al respecto, la presidenta bien podría decir que ella no entra en polémicas. Que la derecha es quien busca que haya fracturas en el movimiento. Pero dejemos en paz a Pedro, el dice que ni un limoncito amargo se ha chupado a pesar de que existen decenas de fotos en las que, indudablemente, él mismo es un limón. Aunque esté agusanado por dentro.

