Qué significa decir “Es un honor estar con…”

Siempre me he preguntado lo que significa la frase “Es un honor…” en cualquier derivación; no sé, como cuando alguien ofrece una conferencia y comienza diciendo “es un honor haber sido invitado…” o cuando, en las redes sociales, algún usuario advierte o pide permiso para compartir algún texto y la respuesta que recibe es algo así como “claro, es un honor”, por no citar la ya célebre superioridad moral con la que las personas proclaman “Es un honor estar con Obrador”.

Se trata, desde luego, de una cualidad moral que siente u otorga la persona por lo que se da por sentado que es un mérito en la antigüedad clásica grecorromana, que en ese entonces trascendía a la familia y los descendientes. En el feudalismo era prenda de orgullo que tenía o que proveía el señor feudal al solicitar los favores de una doncella para hacerla parte de su herencia al resolver que ella se casara con su hijo, o con él mismo aunque ya fuera anciano. En la edad moderna el honor era lo que destacaba al noble igual que en las sociedades de la burguesía. Es decir, en este contexto, el honor es una distinción de clase, en las sociedades modernas se emplea para aludir a los derechos, en particular, los derechos individuales: el derecho al honor y la propia imagen. Como sea, el honor el la virtud moral que alguien siente al recibir los favores de otro o la virtud que se delega.

En una de sus múltiples derivaciones legales, éticas y morales, el honor se entiende como lo que alguien debe hacer. Por ejemplo, yo cumplo con mi deber y por eso tengo el honor que otros no, al estar con Obrador y desde luego, eso es discutible, pero no porque me parezca a mí que esas filias con cualquier líder político, cualquiera, repito, son cualquier cosa menos honorables sino porque definir una postura política no debiera implicar superioridad moral de nadie. No tiene más honor un priista que un panista o que alguien de Morena; no tiene más ni menos honor ninguno de ellos que alguien a quien no le interese la política.

La injuria es un delito porque atenta contra el honor, eso sí, y que bueno que la ley lo define en sus ámbitos civil y penal, aunque ello siempre suscite encendidos (e improductivos) debates sobre la libertad de expresión. Pero sin duda, dañar el honor de alguien es una falta igual que atentar contra sus derechos individuales y, entre éstos, su intimidad.

Decir es un honor ser invitado a dar una conferencia es parte de cierto protocolo, incluso así como milenario, pero bien visto no hay honor alguno ni en el conferencista ni en el lugar en el que él dicta su cátedra, y otra vez: no me refiero al ámbito subjetivo ni digo que jamás sería un honor para la UNAM, por ejemplo, recibir como conferencista a Gerardo Noroña, sólo digo que el conferencista no es moralmente mejor por estar en la Universidad ni ésta, la Universidad, es moralmente mejor ahora que llegó John Ackerman o Fabrizio Mejía. No es para mí un honor que ustedes compartan un texto mío, se los agradezco mucho pero no soy moralmente mejor ni dependo de ello, y al revés también: cuando comparto algún texto o pongo un muy humilde like no les estoy concediendo la medalla al mérito de la legión de honor de Facebook ni nada por el estilo.

Entonces, el honor de quienes se sienten moralmente superiores a los demás por estar con López Obrador, me lo paso por el arco del triunfo, y lo mismo pasa con quienes esperan que yo les confiera un honor o les agradezca que me lo otorguen (no, gracias). Nada de eso, hay quienes creen que es un honor bailar con Layda Sansores y yo entiendo su sana voluntad de creer que así están haciendo historia (por mí parte, me reservo el honor de reírme de eso).

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