El rockstar es por definición narcisista. Es decir que si en teoría trabaja para los demás –se debe al público–, en realidad lo hace por y para sí mismo –el público es su público–, funciona con el regodeo como detonador, la autosatisfacción como acicate, el onanismo por pulsión. El rockstar sonríe con dientes perfectos. Pero esa sonrisa ha de ser de autocomplacencia, como evidencian la recurrente y sutil aspiración por las narinas, la mirada cada tanto torva, la sonrisita sobrada de quien se cachondea a sí mismo. El rockstar es siempre rockstar, performativo por definición, existente sólo en el escenario, (auto)(im)puesto en la palestra para ser adorado, entregado cada que se produce a la sobada de ego que le propina la masa.
La masa tampoco es inocente, como no lo son los individuos que la integran. Uno a uno van en pos de una experiencia que se pretende de comunión pero se revela de autogratificación, en que cada quien se figura que el rockstar se produce sólo para hacerle vivir una personalísima autoafirmación. ¿Viste cómo me miró? ¿Viste eso que hizo? ¡Lo hizo PARA MÍ!
El pacto funciona mientras el rockstar hace lo que se supone que tiene que hacer. Cuando falla –cuando se hace evidente que no es sino para sí mismo–, toda esa energía libidinal dirigida a su persona muta de erótica a tanática. Entonces la masa se vuelve turba, recurre a la negación del ídolo para autoafirmarse.

El arco dramático del rockstar y la turba puede ser fascinante cuando se trata de Elvis en Las Vegas o de Madonna después de Sex. Cuando lo protagonizan un funcionario público y un Poder de la Unión en el contexto de una emergencia nacional, preocupa al punto de la angustia.
Así con Hugo López-Gatell en el Senado.
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Quien lo denominó rockstar fue Quién. Pero no hizo sino nombrar lo evidente. Trabajando de carilindo, articulado, dizque dicharachero, y dotado no sólo de una misión sino de más reflectores que ninguna figura gubernamental salvo el presidente, el súper subsecretario se dio a la notoriedad pública rompiendo corazones. Verbigracia una cuenta en Instagram llamada lopez.gatell.fans que lo presenta vestido de Supermán, etiquetado con un emblema que parodia el de los alimentos chatarra con la leyenda “Exceso de sensualidad”, yuxtapuesto a un mensaje que lo exhorta a no dejar de sonreír porque “tu sonrisa puede cautivar y ayudar a personas que están atravesando alguna situación difícil”. Por desgracia no ha podido evitar que, aun con un subregistro que es materia de análisis estadísticos probos, México sea el cuarto país con más muertos por Covid-19 en el mundo en términos absolutos y el tercero entre los 14 más poblados si la cuenta se hace por millón de habitantes. Ni que el presidente de la República se pasee sin cubrebocas y afirme que la pandemia ha sido domada cuando a lo mejor que hemos llegado es a una elevada meseta.
Responsable de su manejo, López-Gatell no ha incrementado el número de pruebas, no ha hecho mandatorio el cubrebocas, no ha procurado la trazabilidad de contactos, no ha coordinado los esfuerzos de la federación con los estados, no ha exhortado a la población a acudir al hospital si presenta síntomas. Se entiende entonces que, al comparecer ante el Senado, sea objeto de reclamos. Lo que no es comprensible salvo en la lógica de la turba ante el rockstar en desgracia es que los senadores hayan ofrecido, más que argumentos sólidos, despliegues histéricos que pasaron por la exhibición de mantas de dudoso humor, la entrega teatral de un bastón “para su ceguera” y un meme en que un López-Gatell atemorizado pregunta si sigue ahí la ex figuranta de la tele devenida legisladora de oposición a raíz una serie de pactos oscuros y movimientos oportunistas.
Hay cuando menos 84 mil muertos. La economía está paralizada. La pandemia va para largo. Y lo mejor que se le ocurre al Ejecutivo es jugar al rockstar y al Legislativo erigirse en turba. Ruido y furia. Rocanrol para el apocalipsis.

