Shoah

Los judíos tienen un papel especial en la historia. No hacen falta profecías ni supersticiones, ni es cuestión de creerlo. Es improbable que la lista de figuras de trascendental influencia pueda ser más extensa. Algunos nombres bastan para asomarse a tal realidad: Jesús de Nazareth, Carlos Marx y Ludwig von Mises nacieron de familias judías. Se trata de un pueblo excepcional: no por años, no por décadas ni siglos, sino por milenios han sido exiliados, han sido forzados a migrar, una y otra vez, hasta cubrir el mundo. Las cosas podrían ser de otra forma —los judíos son ejemplo de que una cultura y una nación no dependen de un territorio— pero hoy no abundan sociedades que renieguen de lazos con cierta geografía, generalmente con fundamento en su pasado. Quienes suelen pronunciar la palabra “resistencia” difícilmente tienen mejor ilustración de su significado que el pueblo judío.

En cuanto a tener de nuevo una tierra, y otras circunstancias, los judíos han enfrentado la adversidad: el odio global —nutrido por mitologías también milenarias— o, por decir lo menos, animadversión histórica. El 7 de octubre de 2023 hubo un ataque contra ciudadanos y el estado mismo de Israel. El primer saldo fue de más de 1,400 asesinatos y el secuestro de al menos 200 personas —quienes hacían su vida normal— y, significativamente, el atentado representó una nueva transgresión de los límites de la atrocidad terrorista que amplía las posibilidades de barbarie en el mundo. Los secuestrados —de múltiples nacionalidades— son en este momento moneda de cambio del grupo que los mantiene cautivos. En tiempo ínfimo la condena a la agresión se ha diluido (de algunos gobiernos nunca la hubo). Por el contrario, la previsible y provocada respuesta militar convoca ánimos en su contra, a través de personas que al hacerlo suelen atribuirse inteligencia, criticidad, conocimiento, empatía y solidaridad. Se dice que no se condena a los judíos sino los excesos del ejército israelita —incluso al magnificar noticias falsas y tendenciosas, como el mismo New York Times reconoció— pero, fuera de críticas legítimas, hay demasiado de automatismo, de posicionamiento que no ha pasado por la reflexión, sino que ofrece respuestas en que el villano siempre es claro, aunque haya sido atacado. Se celebran marchas y manifestaciones en el mundo, se pasa por alto que la masa emociona, pero entre multitudes la lucidez no es abundante.

Lanzmann visitó los lugares del horror del exterminio de judíos. Cinefotografía de William Lubtchansky.

En 1985 el periodista y cineasta Claude Lanzmann (1925-2018, Francia) estrenó su documental Shoah, de 9 horas y 26 minutos de duración. Shoá es la palabra hebrea para holocausto, el exterminio sistemático de judíos por parte del régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial. En cierto sentido, Shoah es un prolongado conjunto de entrevistas —dividido en dos secciones— pues está hecha de testimonios de sobrevivientes, testigos y perpetradores, en que Lanzmann siempre interroga, en ocasiones con auxilio de intérpretes. Esto lo haría un documental muy tradicional, pero no es sólo eso. Hay que dilucidar si Shoah es fundamentalmente una obra verbal —los relatos de los involucrados también se han publicado como libro— es decir, si su importancia radica sólo en el valor testimonial o si es un documental significativo estéticamente.

Shoah no se sustenta sólo en la gravedad de su tema. Asimismo, a pesar de su imaginación audiovisual —que paradójicamente tiene mucho que ver con silencios— tampoco depende de triquiñuelas visuales. Filmada en múltiples países —como Alemania, Estados Unidos, Grecia, Israel, Polonia y Suiza— podría describir las imágenes de Shoah mencionando que guardan alguna vaga semejanza —para hacer referencia a un ejemplo conocido— con el deslavado colorido y los ambientes retratados por Tarkovski en sus polaroids. El documental fluye con la aparente lentitud con que cae la nieve: es una sensación, pero la trayectoria es ineludible y se cumple. Mediante el montaje, Lanzmann crea progresiones dramáticas, como al revelar los prejuicios de pueblerinos polacos contra los judíos. Un extremo de las limitaciones de la memoria es puesto en evidencia por Lanzmann: una polaca que asegura que judíos cautivos en una iglesia católica clamaban por Jesús, María y Dios. Sería un error buscar un estudio sistemático del holocausto en Shoah, no porque falte a la verdad, sino porque su carácter es el de una visión de los hechos: claro que hubo polacos que ayudaron a los judíos, polacos que también fueron víctimas… Pero a Lanzmann le interesó mostrar una de las facetas que hicieron factible la tragedia.

El campo de Auschwitz fue pieza clave del holocausto. Cinefotografía de William Lubtchansky.

Como consigna un entrevistado, parte del horror del holocausto residió en que el antisemitismo nazi no fue una innovación, sino la continuidad de una tradición secular a la que ese grupo gobernante añadió “la solución final”. Las comunicaciones burocráticas tuvieron la ambigüedad de dar pie al exterminio sin enunciarlo sino —como declara el mismo testimonio— planteando una “autorización para inventar”. Se trataba de una política pública para “comenzar algo que todavía no podía ser expresado con palabras”. Según varios entrevistados, los vagones de carga iban tan llenos de judíos que ni en invierno sentían frío. Invariablemente muchos morían en el traslado, los demás tenían que sentarse sobre los muertos. Al llegar a sus destinos se descubría que había innumerables fallecidos y afectados: gente que se suicidaba —incluyendo madres que cortaban las venas de sus hijas y luego las suyas— así como quienes morían aplastados, de hambre o sed y personas que perdían la razón. Los testimonios insisten en la sed y desnudez de los cautivos. El panorama era del hambre como marca de que aún se conservaba la vida.

Los interrogatorios y testimonios revelan que la Shoá fue también un aprendizaje: el de la industrialización de la muerte. Lanzmann abunda en detalles del proceso, como que los alemanes no actuaron solos: hubo carpinteros ucranianos que hicieron puertas para cámaras de gas en Auschwitz, guardias letones involucrados y ucranianos que conducían a los judíos a las cámaras de gas o los fusilaban. O que había trabajo forzado para empresas como Siemens. Los mismos judíos fueron obligados a erigir parte de la infraestructura para su exterminio, como los crematorios que se volvieron indispensables para lidiar con cientos de miles de cadáveres. Sus entrevistados también describieron a Lanzmann el funcionamiento de camiones en que se asfixiaba a los judíos con gases de su mismo escape. Varios testimonios coinciden en que a quienes estaban a punto de morir se les hacía creer que estarían por pasar a mejores condiciones, tras una desinfección. Esto ocurría no por humanidad, sino por razones de eficiencia para el asesinato metódico: el objetivo era evitar el pánico y resistencias que causaran interrupciones e hicieran perder tiempo. Se trataba de ultimar a miles de personas por día, exterminio industrial sin fin, por eso un alemán declara: “Auschwitz era una fábrica”.

Con ayuda de intérpretes el director mantuvo entrevistas en diversas lenguas. Cinefotografía de William Lubtchansky.

Uno de los principales informantes de Lanzmann recuerda la ocasión en que un camión de gas estaba lleno de gente que no había muerto: fueron arrojados a los hornos todavía con vida. Un judío checo, forzado a trabajar con los nazis, reflexiona sobre lo inútil que resultaba informar a la gente sobre lo que les esperaba. El relato de un alemán asegura que había judíos que preferían ser fusilados a ocuparse —entre excrementos y gusanos— de cadáveres que se deshacían en las manos. De las cámaras de gas había que recoger cuerpos rígidos, con oídos y narices sangrantes, manchados de excremento y vómito, y a veces, deformados hasta ser irreconocibles. El olor habría sido “infernal” y se percibiría a kilómetros. Un hombre vio ondular el suelo y, en retrospectiva, se lo explicó por los gases del cúmulo de cuerpos en descomposición al calor del sol bajo la tierra.

Una conversación con varias polacas habla de cuestiones fundamentales. Ellas recordaban —a través de una con la voz cantante— a las mujeres judías como bellísimas y a los polacos como enloquecidos por hacerles el amor. Respondiendo a Lanzmann dicen que eran hermosas porque mientras ellas debían trabajar, las judías se habrían dedicado sólo a embellecerse, por ser ricas. Es el ruedo de emociones, pasiones y prejuicios, que no definen poco. Asoma la distorsión de la percepción de los judíos. Esa misma mujer creía que Polonia estaba en manos de los judíos y se negó a contestar si los echaban de menos en el pueblo. Se escudó en su falta de escolaridad, describiéndose como complacida por su situación, sin importar si dependía del régimen socialista o de la ausencia de judíos.

Contra el prejuicio de desmedida riqueza económica de los judíos, los testimonios de los polacos escogidos por Lanzmann hablan de gente dedicada al pequeño comercio, de curtidores, carniceros y sastres. Sin embargo —aun teniendo a su lado a un sobreviviente— unos pueblerinos polacos afirman que las maletas de judíos en vía a su exterminio contenían ollas con fondos falsos y ropas en que escondían oro (otro campesino recordaba que los judíos eran gordos y que en los trenes había vagones con comedor). Inducido por una pregunta de Lanzmann —sobre por qué fue posible el holocausto— el mismo gentío asegura que los judíos eran los más ricos, otros justifican que también murieron polacos y sacerdotes católicos. Un espontáneo —que segundos después, con ánimos exaltados, sería apoyado por una mujer parlanchina— sale de la muchedumbre y responde que un rabino afirmó que se trataba de expiación por haber llevado a Jesús a la crucifixión: “Fue la voluntad de Dios”.

Los vestigios de los campos de concentración y exterminio. Cinefotografía de William Lubtchansky.

Alrededor del mundo la distorsión está viva, independientemente de escolaridad o posición socioeconómica. Jeremy Corbyn —antiguo líder del Partido Laborista de Gran Bretaña (2015-2020) y hoy parlamentario sin partido— fue suspendido en 2020 de la que fue su agrupación política por diversos señalamientos de antisemitismo. Estos incluían, como incidente menor, aquel en que Corbyn apoyó en redes sociales un mural que representaba a grotescos banqueros judíos, quienes jugaban Monopoly, tenían la espalda de hombres desnudos como mesa y detrás de ellos un Ojo de la providencia; símbolo con múltiples asociaciones, una de ellas los relatos de conspiraciones judeomasónicas. Tras intentar evadir el conflicto esgrimiendo la libertad de expresión, Corbyn pidió perdón: “Sinceramente me arrepiento de no haber visto con más cuidado la imagen que estaba comentando: su contenido es muy perturbador y es antisemita”. Pero la imagen no ocultaba su mensaje: tenía la inmediatez de la caricatura. A su vez, hace pocos días, desde su batiburrillo de pretendido aprecio de una pobreza hipotética y de desprecio de la riqueza, el actual presidente mexicano (2018-2024) —quien se declara amigo de Corbyn— se permitió una diatriba. El presidente descalificó al escritor mexicano de religión y origen judío Enrique Krauze y a su hijo, el periodista León Krauze. Los caracterizó según uno de los más burdos estereotipos que se endilgan a los judíos —como en el pueblo polaco de Shoah y el escándalo de Corbyn— el presidente dijo sobre los Krauze: “tienen una enfermedad que ojalá y se les quite con el tiempo; les gusta mucho, están enfermos, les fascina, los vuelve locos el dinero, ese es su Dios, el dinero”. El conjunto de la alocución presidencial ha sido deplorado, pero —hasta donde sé— este fragmento no ha sido condenado en su especificidad. Es contradictorio que en una izquierda en que predominan los malabares verbales de la corrección política no se reaccione ante un giro tan flagrante. ¿Cautela ante el crispado ambiente generado por el presidente o antisemitismo en parte de las izquierdas mexicanas?

Alrededor de este problema hay retóricas de autojustificación. En Shoah, un burócrata alemán de ferrocarriles —apostado en Cracovia— asegura que no sabía del exterminio. Incluso dice no recordar el nombre del campo: Auschwitz, que está a 70 kilómetros de Cracovia. Alude a quienes niegan que el holocausto haya ocurrido, agrega que él no sabe, pero al mismo tiempo se cuida afirmando que lo sucedido fue “indignante” y que cualquier persona decente condena el exterminio. Un polaco pueblerino afirma que los judíos “no eran bonitos” y que apestaban (a pregunta expresa responde que porque trabajaban con pieles). También asegura que eran deshonestos y que habrían explotado a los polacos y —nuevamente por pregunta de Lanzmann— su explicación se limita a afirmar que: “imponían los precios”. No obstante, el mismo polaco asegura que habría estado bien que los judíos se fueran voluntariamente a Israel y que fue desagradable que los asfixiaran con gas. Al lado de ellos también están quienes reconocen que veían lo que sucedía, pues seguían trabajando la tierra cercana a campos de concentración. Alguien revela que se acostumbraron, aunque para el momento del rodaje les parecía aberrante que así hubiera sido. Hay dilemas sobre cuáles son las acciones posibles ante el mal y el poder, también hay imposturas y deseos de desaparición de los judíos.

El documental de Lanzmann tiene dimensión estética sin embellecer su tema. Cinefotografía de William Lubtchansky.

Lanzmann rodó y editó Shoah durante más de 10 años, en un momento exacto: cuando los sobrevivientes y testigos eran todavía gente madura en pleno uso de sus facultades. Además de generar un registro de historia oral, Lanzmann supo crear una obra cinemática. Aun de perfil es posible notar que el director, con gestos y alguna empatía —pero también confrontación— buscaba propiciar narraciones. Algún recorrido con la cámara da una idea de la dimensión de las barracas. Las palabras no necesariamente están ligadas a las imágenes. La cámara camina con el director. En las entrevistas pueden oírse ruidos ambientales —como los vehículos que pasan— y los encuadres están habitados lo mismo por niños en chamarras rojas, vacas que cruzan sobre las vías, gente que sale de cuadro, algún niño que juega, algún otro en bicicleta, trenes o gente que pasan, gallinas y liebres; algunas de estas presencias acaso inducidas por el director. Los acercamientos a personajes propician intimidad —de manera un tanto convencional— pero también dan importancia al contexto, pues crean profundidad de múltiples planos en las imágenes. La filmación de un peluquero permite que el personaje habla desde sí y desde sus reflejos. También hay movimientos de cámara con algo de circularidad y alejamientos igualmente competentes. Todo contribuye. El testimonio final es de un hombre que caminó por el gueto de Varsovia buscando sobrevivientes sin encontrarlos, lo asaltó el temor de ser “el último judío”.

En Shoah el silencio está transfigurado, sea porque circundaba los campos de exterminio o porque indicaba que se había alcanzado el objetivo de poner fin a las víctimas: el silencio olía a muerte. Lanzmann sin estetizar —en el peor sentido— legó una ventana, documental y artística, a una de las mayores faltas que hemos cometido los humanos. ¿Con qué es legítimo comparar el holocausto que sumó millones de asesinatos? Decía que los judíos han tenido que dejar sus hogares a través de la historia; esto ocurre también en años recientes del siglo XXI —como quienes abandonan Francia por el terrorismo— porque, como demuestra el 7 de octubre, la barbarie continúa. Lanzmann documentó sucesos del siglo XX, no de lucha prehistórica por la sobrevivencia. Y a pesar de todo, los rezos en una sinagoga de Corfú recuerdan la impresión de naturalidad del canto para los humanos. Shoah es un documental acorde con la dimensión del crimen que retrata.

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