El expresidente López Obrador reapareció con un mensaje breve: un libro titulado Grandeza, dedicado a reivindicar a los pueblos originarios y a la civilización negada, como diría Guillermo Bonfil Batalla. Con tono jubilado, aseguró que ahora hace “teoría” y que su sucesora es una mujer excepcional que continúa la transformación. Incluso adelantó que habrá una segunda obra, Gloria.
Pero más allá de la retórica cultural, lo que llama la atención es lo que no ocurre: no habrá gira nacional de presentación. El argumento oficial es que no quiere hacerle sombra a la presidenta Claudia Sheinbaum. Sin embargo, la ausencia parece hablar de otra cosa: de un país que arrastra heridas abiertas por la inseguridad, las marchas reprimidas, los periodistas acosados y las voces críticas descalificadas desde el poder.
El rancho La Chingada se ha convertido en refugio y metáfora. El líder que se decía cercano al pueblo ahora se encierra en su nicho, evitando el contacto directo. ¿Es prudencia o es miedo? ¿Es respeto o cálculo?
La 4T, que nació con la fuerza de la plaza pública, enfrenta hoy el riesgo de un vacío: sin voz fuerte, sin narrativa clara, sin presencia que convoque. El silencio del expresidente no sólo protege a su sucesora; también desnuda la fragilidad de un proyecto que se construyó con discursos de confrontación y control, y que ahora teme al rechazo ciudadano.
Los antecedentes pesan: un sexenio marcado por decisiones unilaterales, por el desprecio a contrapesos institucionales y por la polarización como método de gobierno. En ese contexto, el silencio no es neutral: es la confesión de que la plaza ya no es segura, de que la narrativa oficial ya no convence, y de que la “transformación” se repliega en libros y videos mientras se ausenta de las calles.
La pregunta queda abierta: ¿puede sostenerse un proyecto que se proclamó popular, pero que hoy se esconde del pueblo?


