Styron y depresión siglo XXI

En 1985, en París, el novelista William Styron recibió el Premio Mundial Cino del Duca, reconocimiento literario, pero también de valor económico por sus hoy más de 300,000 euros, equivalentes a alrededor de seis millones y medio de pesos mexicanos. Styron fue un hombre exitoso en múltiples sentidos. Hay quienes se pasan la vida queriendo figurar, llegar a encontrarse y ser escuchados por vistosos personajes. Es célebre la cena que tuvieron, en agosto de 1995, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Styron —en la casa de éste en la isla Martha’s Vineyard— con los Clinton como invitados principales, cuando Bill era presidente de Estados Unidos. Styron tenía pocas puertas cerradas. Cuando el novelista murió, Fuentes escribió que una y otra vez “salió de una oscura caverna lleno de luz, a escribir sobre su experiencia, dar conferencias y alertar a la opinión pública sobre la realidad de los afectados por la depresión mental”. El escrito de Styron (1925-2006, Estados Unidos) al que Fuentes hacía referencia era el libro autobiográfico Esa visible oscuridad. Memoria de la locura (1990). Son páginas que parcialmente iluminan la oscuridad.

El libro fue inicialmente una conferencia dictada en mayo de 1989 en la Universidad Johns Hopkins —célebre por su especialización en medicina—, después se convirtió en ensayo publicado en diciembre del mismo año en la revista Vanity Fair y, más extenso, apareció como libro al año siguiente. En un giro que marca a su propio escrito, Styron reprochó al psiquiatra Adolf Meyer de aquella universidad haber denominado —décadas antes y en inglés— al padecimiento como “depresión”, desplazando el término melancolía que el novelista encontraba menos inapto para abordar la dimensión del padecimiento, pero expresando que no encontraba palabra exacta para nombrarlo. No obstante, el novelista, con sus aptitudes descriptivas, por supuesto que ofrece un retrato inicial del padecimiento. Leer Esa visible oscuridad permite conocer el aletargamiento y cansancio de un depresivo porque la capacidad para dormir se ve devastadoramente trastornada, que “los alimentos como todo lo demás en el ámbito de la sensación, estaban para mí enteramente desprovistos de sabor” o incluso un dato que puede atemorizar a cualquiera que ha pasado su vida sin vínculo alguno con esta clase de experiencias, pues Styron informa que “contaba sesenta años cuando la enfermedad me atacó por primera vez” (uso la traducción de Salustiano Masó). Así, aunque Styron aclaró que “hay que tener siempre presente cuán idiosincrásicos pueden ser los rostros de la depresión” en cada persona, no titubeó en escribir: “no se dude jamás que la depresión en su forma extrema es locura”.

Prozac significó un cambio en el uso de antidepresivos.

El padecimiento es simultáneamente escurridizo y se ha consolidado como problema actual y de probable ampliación social en el futuro cercano y lejano. Cuando Prozac era una novedad, recuerdo, se publicó un libro con el mismo nombre y había conversación alrededor de las virtudes enunciadas de la sustancia que lo constituía. No se trataba del relato autobiográfico Nación Prozac (1994) sino de un libro de divulgación del que quizá apareció un fragmento en algún suplemento cultural de la Ciudad de México. Prozac era el nombre comercial de un medicamento con varias propiedades, pero conocido principalmente como antidepresivo. Tres décadas después, hoy circula como genérico. Se decía —según mi memoria— que, a diferencia de pócimas semejantes previas, no tenía efectos secundarios o estos eran desdeñables. Supongo que eso incluía el no ser adictivo. En aquel momento tuve una conversación al respecto con el poeta Hugo Gola. Él veía favorablemente el surgimiento y consumo de Prozac como remedio para mucha gente, creo que tanto por los efectos que se informaban —ser eficaz— y porque él veía con buenos ojos el consumo de drogas, probablemente en relación con el uso de anfetaminas del poeta Juan L. Ortiz, figura crucial para él y varios otros escritores que fueron cercanos a Ortiz, como Juan José Saer. El intercambio se prolongó de tales maneras que Hugo terminó preguntándome si me oponía incluso al consumo de alcohol y café, a lo que respondí afirmativamente. A su vez, en Esa visible oscuridad, Styron se refiere a que “llevaba abusando [del alcohol] cuarenta años [y que e]l alcohol era un socio eminente, inestimable, de mi intelecto, además de ser un amigo cuyos solícitos auxilios buscaba yo a diario”. Ante Hugo, mi argumento era que experimentar la vida requería del constante esfuerzo de una conciencia sin alteración. Ahora quizá tendría que agregar que hablaba —y hablo ahora también— desde un grado excepcional de lo que hoy llamarían “resiliencia”, por no decir entereza. Sorprendido ante mis posiciones y palabras, Hugo me dijo: “¡Sos un puritano!”. Quizá tenía razón, lo que no invalidaba —ni invalida— mi posición, particularmente en un entorno en que se ha multiplicado extremamente el consumo de fármacos psiquiátricos —como dirían los clásicos— cual si fueran caramelos.

Aquí y allá en su relato, Styron esbozó qué sintió él al tener ese grave episodio depresivo alrededor de su premio y que terminó, por su deseo, en hospitalización. Quizá hoy los comisarios de la pseudolectura sugerirían que acercarse a Esa visible oscuridad tendría que conllevar empatía y debería encontrar en sus páginas una puerta al mundo de los depresivos (si lo mereciera como “hombre blanco y privilegiado”); pero esto sería magnificar un relato en que, por ejemplo, no está presente algún quiebre mental que incida en la corrección estructural o gramatical. Styron deja saber al lector que la depresión es un “desorden psíquico” que parece eludir a la persona misma que lo vive y le resulta “misteriosamente penoso y esquivo”, al grado de “bordear lo indescriptible”. Quizá por eso no acometió la tarea como descripción sistemática que permitiera asomarse —particularmente a quienes somos ajenos al padecimiento— a qué significa la depresión para quien la sufre (menos aún se asoma a los alrededores: cómo incide en personas cercanas a los depresivos). En uno de sus pincelazos anotó que “sentía el horror, como una niebla compacta y venenosa, irrumpir sobre mi mente, obligándome a meterme en la cama”.

Así un elemento central de Esa visible oscuridad es la dificultad o imposibilidad de describir la depresión. Hacia el final del libro, Styron escribió: “Para la mayoría de los que lo han experimentado, el horror de la depresión es tan abrumador que excede con mucho toda posibilidad de expresión; de ahí la frustrada sensación de insuficiencia que suele hallarse en la obra de los artistas, aun de los más grandes”. Es situación que apunta a uno de los tormentos de los depresivos, pues, Styron —al lado de la insistencia en el carácter “indescriptible” de la depresión— también reconoce que quienes la padecen han sido incapaces de transmitir a su gente amada y sus médicos “las auténticas dimensiones de su tormento” para así “atraerse una comprensión que generalmente no ha existido”. En esta contradicción reside un dolor añadido: esta enfermedad, que requiere comprensión, conlleva intrínsecamente la imposibilidad de su comprensión. El novelista aseguró que “la tortura de la depresión grave es totalmente inimaginable para quienes no la hayan sufrido”, pero una de las posibles lecturas del texto de Styron es la de generar la intuición de que, quizá, la tarea de describir la depresión pueda provenir de personas cercanas, quienes estén realmente compenetradas con los depresivos y que cuenten con facultades de expresión que, por fin, vuelvan posible asomarse a esos interiores, en colaboración.

Esa visible oscuridad es el libro en que Styron habló sobre su depresión.

Pasados muchos años de mi conversación con Hugo Gola y de la publicación del libro de Styron, veo con asombro en nuestros días la ligereza con que jóvenes amigos —veinteañeros y treintañeros— consideran indispensable para su subsistencia el consumo frecuente no de uno sino de múltiples medicamentos para el cerebro. Me extraña la facilidad con que se acepta la cadena completa que da por hecho que prácticamente cualquier persona tendría padecimientos que ameritarían tratamiento psiquiátrico, que esto exigiría la atención mediante distintos tipos de “terapias” —aunque flagrantemente los perfiles profesionales y personales de la mayoría de los “terapeutas” sean más que cuestionables— y, sobre todo, que esta cadena llevaría a la inevitabilidad de la medicación, con todas sus consecuencias. A mi vez, la ligereza de mis apreciaciones se escuda en la repetida observación de los estragos que estas sustancias tienen en los individuos, en mi caso mis personas más amadas. Estas drogas no sólo inciden en el estado de ánimo, sino en lo primigenio que nos define: el hambre o la inapetencia, la alteración de patrones de sueño, la tergiversación del deseo sexual. Styron describe la mirada de la actriz Jean Seberg diciendo que “tenía el mirar inexpresivo y vacuo de quien se trata con calmantes (o está drogado, o ambas cosas) casi hasta el límite de la catalepsia”. Así, en no raras ocasiones se altera la personalidad al grado de ameritar preguntarse si la persona continúa siendo ella misma.

Hay males mentales, terapias necesarias, terapeutas loables, recetas ineludibles y benéficas, así como problemas presentes y futuros con millones de discapacitados por la depresión; pero al lado están innumerables casos de quienes —de buenas a primeras— mandan a cualquiera tras cualquier conversación a terapia, so pena de persistir en monstruosidad; a pesar de que quienes así se conducen suelen ser testimonios vivientes de la inutilidad de la terapia, pues su interacción no muestra siquiera elemental templanza. Styron lo vio de esta manera: “nunca cuestionaría yo la virtual eficacia de la psicoterapia en las manifestaciones iniciales de las formas más benignas de la enfermedad —o posiblemente incluso en las secuelas de un ataque serio—, su utilidad en la fase avanzada en que yo me encontraba tiene que ser prácticamente nula”. Se trata de una peligrosísima cultura de la salud mental en que convive el amplio espectro que va desde problemas reales que tienen cierto alivio —o solución— con medicamentos, hasta la más enredada charlatanería en que personajes perniciosos se desdoblan en supuestas fuentes de remedio a padecimientos que lo mismo pueden ser tangibles que imaginarios, pues son parte de discursos de bienestar fantasiosamente opuestos a una inexistente cárcel de racionalidad moderna que nunca fue efectiva para el común de la gente.

Si bien Styron estaba consciente de que “la depresión posee el hábito del retorno”, le importó mucho declarar que “la inmensa mayoría de las personas que pasan por depresiones, aun las más graves, sobreviven a ellas, y viven después al menos tan felizmente como las no afectadas por este mal”. Esto abre un margen de esperanza para las distintas facetas de la vida de una persona y quienes la acompañan, particularmente en contraste con un dato que el autor aportó: “en su manifestación clínica más grave [la depresión] empuja al suicidio a un veinte por ciento de sus víctimas”. Styron, quien detalló sus impulsos suicidas en este libro —y habló del suicidio en el resto de su literatura—, vivió hasta los 81 años y murió de neumonía. Aquí hay otro asomo de esperanza. Entre los flancos que Esa visible oscuridad ilumina se encuentra también la cuestión del amor propio. Anotó Styron que “de las muchas manifestaciones temibles de la enfermedad, tanto físicas como psicológicas, el sentimiento de odio de sí mismo —o, para decirlo de forma menos categórica, la ausencia total de autoestima— es uno de los síntomas más universalmente experimentados, y yo había venido padeciendo cada vez más una sensación general de inanidad a medida que el mal progresaba”. Eso sentía el novelista premiado y aunque apeló al carácter indescriptible de la depresión, no mostró duda alguna en comprender el posible suicidio de una persona “no porque fuera un cobarde, ni por ninguna suerte de debilidad moral, sino porque sufría una depresión tan abrumadora que le fue imposible seguir soportando un día más aquel tormento”. Los depresivos pueden reivindicar la terrible paradoja de que la prolongación de su sufrimiento es la certeza de la deseable continuidad de la vida.

Styron, García Márquez y Fuentes con los Clinton.

Hace tantas décadas como Prozac, el filósofo Luc Ferry habló sobre cómo el problema ambiental propiciaba respuestas racionales de solución o atenuación del daño a la naturaleza, pero también reacciones extremistas que él llamó “ecología profunda”, una ideología y un movimiento con diversas caras, desde el activismo hasta el oportunismo transformado en partidos políticos. Hizo notar que los planteamientos del ambientalismo profundo —como determinar qué es una necesidad, que no lo es y a partir de ello establecer límites a la producción y el consumo, en la práctica se convertirían en racionamientos; además de que estarían basados en criterios probablemente arbitrarios, pero que para convencer y lograr su realización se arrogarían el ser definitivos para la salvación del planeta y la humanidad. El ambientalismo profundo en el poder burocrático conllevaría una deriva totalitaria, el control del conjunto de la existencia de los ciudadanos justificado en una buena causa; nada extraño, considerando que sus agentes eran, en los noventa, los huérfanos del socialismo. No es el único caso de palabras buenas para prácticas dañinas.

Con la tendencia “woke” como marco, encuentro un riesgo semejante: la cultura de la salud mental amenaza la independencia de lo más íntimo de la vida de los individuos. Es inevitable el cliché: como el soma de Un mundo feliz (1932) —advertencia respecto a ciertas formas de convivencia y del abuso de tecnologías— ahora gana terreno el consumo de sustancias que alejan a los individuos de sí mismos al alterar su mente o —por qué no decirlo— al distanciarlos de su alma, de lo más real que somos. Styron explica que cierto medicamento —recetado por “un médico descuidado”— podría haber sido “un factor contributivo más a la calamidad que se me vino encima. Ciertamente debería servir de aviso para otros”. El novelista también se preocupaba por “el daño que una forma tan negligente de prescribir sedantes potencialmente peligrosos como estos puede estar haciendo en pacientes por doquier”. Estos hechos encarnan un proceso generalizado de aceptación del aturdimiento, que difícilmente puede conducir a puerto seguro. Styron, por su parte, concluyó Esa visible oscuridad en nota de buen ánimo: “todo el que ha recobrado la salud ha recobrado casi siempre el don de la serenidad y la alegría, y esto quizá sea reparación suficiente por haber soportado la desesperación más allá de la desesperación”. Sin embargo, el oscuro visible enfrentado por Styron y tantos más —tergiversado ahora por la cultura de la salud mental— se expande, con o sin fundamento, en detrimento de lo que podemos ser.

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