Un castigo inimaginable

Campbell sufre cáncer de garganta y de próstata, y neumonía aguda. Camina con andadera, lleva una bolsa de colostomía y necesita que se le suministre oxígeno para respirar. El gobernador del estado ha fijado una nueva fecha para la ejecución: el 5 de junio de 2019. Así que a Campbell le espera un año y medio más de una vida que no puede ser más que un suplicio.

Pero no es necesario estar en las condiciones de Campbell para que la pena de muerte sea un tormento atroz, el cual se debe a que el condenado sabe desde el instante de la condena que de la celda no hay más salida que la muerte programada para un día determinado. Uno de los más grandes dones que los mortales debemos a los dioses es el de no saber el momento en que vamos a morir. Esa ignorancia, no obstante la presciencia de nuestra mortalidad, nos permite disfrutar cada día como si fuéramos inmortales. Escribió el poeta mexicano Vicente Quirarte:

Yo mismo me sorprendo

al pronunciar “mañana” y “siempre”,

alegre por estar en un planeta

más eterno que duelos y quebrantos.

La muerte nos acompaña tan cercanamente como la sombra al cuerpo, pero —como advirtió Mariana Frenk en memorable aforismo— ningún reloj te dice tu hora, y eso nos permite disfrutar de nuestros días como si fueran inacabables. Porque pensamos que la muerte siempre llega después, no ahora, no hoy. Freud dictaminó que la muerte propia es inimaginable y la escuela sicoanalítica sostiene que en el fondo nadie cree en su propia muerte.

La ejecución de la pena capital va precedida por la espera del condenado, que la vivirá en el infierno, a que lleguen el día y la hora fijados. Lo acompañará incesantemente un pavor sobrehumano. Estará atrapado en un túnel que conduce hacia nunca, hacia nada. El miedo a la muerte surge de lo más profundo, oscuro y fieramente humano de nuestro ser. El condenado está solo ante el espectro inseparable. El espanto lo estará destruyendo minuto a minuto, carcomiendo su mente y su corazón.

Hay algo más terrible que la muerte: la muerte antecedida de un largo sobrecogimiento devastador. El mundo ha acabado para el condenado, pero su conciencia no ha muerto y se encarga de recordarle, sin pausa, lo que le espera. Lo que siente es la angustia del sepultado cuyo corazón aún late.

“Ya no es un hombre —advierte Albert Camus—, sino una cosa que espera ser manejada por los verdugos. Se le mantiene en la dependencia absoluta, la de la materia inerte, pero con una conciencia que es su principal enemigo… Frente a la muerte ineluctable, el hombre, cualesquiera sean sus convicciones, se destruye de arriba a abajo. El sentimiento de impotencia y de soledad del condenado atado, frente a la coalición pública que quiere su muerte, es ya de por sí un castigo inimaginable” (Reflexiones sobre la guillotina).

“Ahora estoy preso —dice el personaje de El último día de un condenado a muerte, de Víctor Hugo—: mi cuerpo está encadenado en un calabozo; mi mente, encarcelada en una idea, en una horrible idea, en una sangrienta e implacable idea. Sólo tengo un pensamiento, una convicción, una certidumbre: ¡estoy condenado a muerte!”.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 omitió toda referencia a la pena de muerte. El Pacto de Derechos Civiles y Políticos, en vigor desde 1976, ordenó que nadie podría ser privado arbitrariamente de la vida, pero no consideró a la pena de muerte como una privación arbitraria de la vida. En la Convención Americana sobre Derechos Humanos no se prohíbe la pena de muerte, aunque se le imponen ciertas restricciones. En cambio, todos esos documentos prohíben absolutamente la tortura.

La Corte Interamericana de Derechos Humanos —encargada de aplicar la citada Convención Americana— condenó al Estado de Trinidad y Tobago en dos casos que quiero destacar por su relevancia para el alegato que voy a exponer. Pero se terminó el espacio. Continuaré la próxima semana.


Este artículo fue publicado en El Excélsior el 4 de enero de 2018, agradecemos a Luis de la Barreda Solórzano su autorización para publicarlo en nuestra página.

Autor

Scroll al inicio