Una feminista que no se planteó ser feminista

Decir “Lilia Prado” no sólo convoca a un ser hermoso y evoca el tiempo en que brilló. Hay decenas de féminas con el mismo efecto de asombro y añoranza. Pero Leticia Lilia Amezcua Prado, su nombre completo, es algo más que pasatiempo de anticuarios, pañuelo de nostálgicos –es parte del Cine de Oro- e imagen sicalíptica porque debe advertirse que poseyó los peldaños y las bases de más plugo si descartamos a María Victoria, Evangelina Elizondo, Rosita Quintana y Ninón Sevilla. 

Lilia Prado fue la impronta rebelde sin aspavientos y la libertad sin teorías ni catecismos. Alguien sin proclamas ni poses que, al respetar su esencia, dio algo más que su versatilidad en el teatro, cine y televisión y en su aventura como vedette al finalizar los años 50, primero en Estados Unidos y luego en México, hasta que dejó de ser rentable. Ahí quedó su registro, sin embargo: fue una vestal bailarina que, con el gesto duro y sus labios entreabiertos, rindió a las voluntades más estoicas.

Lilia nació en Sahuayo, Michoacán, el 30 de marzo de 1928. Desde niña quiso bailar y trabajar en un circo pero murió su prima con quien se habría fugado de casa para alcanzar la meta. Eso le permitió el reposo para definir su apelativo y comenzar a merodear los estudios de cine desde los 12 años hasta ser extra en 1940. Quiso llamarse Sonia pero al final ese nombre se lo puso a su perra. Estudió actuación en el INBA pero no concluyó porque su talento innato le abrió paso en “Tarzán y las sirenas” (1948) con Johnny Weissmuller hasta “Tres veces mojado” (1989), el último filme en el que participó, a la edad de 61 años.

El cinéfilo o el nostálgico avezado ya notó que falta mencionar tres vetas clave en la carrera de Lilia Prado: una es su participación en tres laureadas cintas dirigidas por Luis Buñuel, otra el malogrado intento de sustituir a Blanca Estela Pavón como compañera de Pedro Infante debido al fallecimiento del actor y la tercera es que no brilló en el extranjero porque Lilia no quiso aprender a hablar inglés.

En efecto, junto a Silvia Pinal, Lilia Prado tiene el mérito de actuar en tres laureados filmes del director español: “Subida al cielo” (1952), “Abismos de pasión” y “La ilusión viaja en tranvía”, ambas de 1954. Incluso antes también fue dirigida por Joaquín Pardavé en “La barca de oro” (1947). Aunque fuera nada más por eso, Lilia ya tiene una butaca reservada entre lo mejor del séptimo arte, más aún cuando filmó con Pedro Infante “Las mujeres de mi general” (1950), “El gavilán pollero” (1951), “Los gavilanes” (1954) y “La vida no vale nada” (1954). Con ese palmarés, por cierto, en 1958 fue nombrada “Reina de los reporteros” del diario Cine Mundial.

Ah, la sahuayense, su apariencia hosca y sensual gracias a quién sabe cuántos entreverados misterios, su ser inmaculado y, simultáneamente, su postura de vampiresa. Lilia, la indescifrable. Es la maldad de quien desacata los designios del macho y humilla al Gavilán Pollero o la heroicidad de quien enfrenta al coleccionista de pieles y lo vence. Es la Adelita del general, leal hasta la muerte -literalmente- o la frívola rumbera que vanidosa y codiciosa, mira de reojo las ondulaciones milagrosas de su espalda baja y ve nada más para sí en lugar de ser la sombra de Adalberto Martínez “Resortes” en la película “Rumba caliente” (1952), con quien, por cierto, hizo su primer papel protagónico en “Confidencias de un ruletero” (1949).

Lilia Prado es la actriz dramática y de comedia que compartió créditos con Mario Moreno “Cantinflas”. La que no fue hecha para casarse, así como el ave no nació para la jaula (su único matrimonio lo consideró una pesadilla, fue con el torero Gabriel Piedra y duró dos meses). No obstante su intensidad y fiereza, esta mujer jamás se quejó por ser mercancía enmohecida ni buscó en la religión pañuelos para el remordimiento ni coartadas para prevaricar. Lilia Prado fue una feminista que jamás se planteó ser feminista. Un ser dual en ese sentido pero sobre todo un ser tan complejo como el ser humano que habitó la pantalla grande. Es la actriz que captó millones de miradas como símbolo sexual y murió sola, a los 79 años de edad, el 22 de mayo de 2006.

Dije al principio que Lilia Prado dio algo más que su versatilidad artística. Debo agregar que entregó su vida.

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