
Mateo y yo estamos por entrar al Auditorio Nacional de CDMX, la ventisca en la noche avisa de la lluvia y el intenso frío que sobrevendrá la mañana siguiente, pero lo que a nosotros nos importa son los minutos siguientes cuando miraremos al Sol y, con algo de suerte, también cantaremos con él.
Los asientos son cómodos y la vista al horizonte lo suficientemente cerca como para que la cabeza enorme del señor que Mateo tiene enfrente no le impida distinguir el escenario. Mi hijo de 12 años aprendió unas cuatro o cinco canciones en la serie donde renació el astro y se llamó Diego Boneta; lo hizo con la misma naturalidad y alegría con la que tararea piezas de los Stones o los Beatles: creyendo que está descubriendo al mundo y, de algún modo, lo está describiendo: como escribiera Milan Kundera, comprender al otro significa también comprender su edad.
Cerca de las nueve de la noche las luces por fin se desvanecen casi con la misma sincronía con la que se escuchan suspiros y palabras de aliento que la fiesta está por comenzar. El sonido tiene la potencia de la juventud y en el centro un hombre con la potencia de un sol cerca del ocaso; guardadas las proporciones, claro, asemeja a Elvis Presley en sus últimas presentaciones en las Vegas: el rostro adusto e hinchado, y sus gesticulaciones llenas de tic como si fuera uno de esos robots que están teniendo algunos cortos circuitos. A muchos de los presentes como a mí, pero sobre todo a las mujeres pasadas en años también, eso no importa, en cambio aclaran la garganta y nuestras sonrisas de arrugas se funden con la primera canción frente al desconcierto de los más jóvenes, al que asocio con el mordisco a un helado de chocolate que de pronto sabe como a yogur, no es que esté malo, sólo que no esperaban que esa cosa bofa envuelta en un traje negro y con desplantes de torero fuera Luis Miguel.
Miro de reojo a Mateo hasta que se encuentran nuestras miradas, su sonrisa forzada es similar a la que hace cuando la abuela lo come a besos y sus aplausos lentos como si estuviera haciendo un conjuro que le demuestre que esto es nada más una mala broma y que pronto comenzará el concierto al que vino. El caso es que, de pronto, regresando a Kundera, Mateo estaba entendiendo que comprender al otro implica también comprender su edad.
Al otro lado de mí hay una señora que en sus tiempos de primavera seguramente fue muy guapa. Aún lo es en el otoño y así lo dibuja el cabello lacio y los hombros altivos, además de la cadera ya entrada en carnes, pero atractiva al sacudirlas entre los pantalones de mezclilla ajustados y los primeros boleros del artista.
Yo canto. También bailo, el ridículo sólo se lo permiten los viejos empezando por el astro de la noche que hace los labios como pato y los ojos como apunto de embestir además de la pelvis que, como Elvis, va de arriba abajo para delicia de la señora entrada en carnes y centenas de mujeres de la segunda y tercera edad que gritan casi con igual paroxismo a cuando de jóvenes se lanzaron por la montaña rusa.
Mateo atiende tanto al público como el turista que anda por el museo, le sorprende las pasiones de los otros tanto como a mí me sorprende su entusiasmo por Juanpa Zurita quien, como él me dijo, es un actor en la serie que lo hizo venir esta noche a defraudarse. Yo lo abrazo, pero luego vuelvo a cantar, ese es un decir, y luego a bailar, ese también es un decir, mientras observo a la mujer del otoño envejecido.
Los músicos son extraordinarios, el solo de jazz, lo mejor de la música y las extravagancias de Luis Miguel para mostrar que aún tiene un chorro de voz, lo mejor de la noche. No importa que pretendan jazzear con la voz algunas canciones de las que a nosotros escapa la letra y nos hace desentonar tanto como Gerardo Noroña en un encuentro académico. Una gran voz, no cabe duda, aunque que su dueño no ha tenido el temple para aceptar el paso del tiempo. Esperen un momento por favor, en estos momentos se está fundiendo el auditorio y cantamos sobre una señora altanera, preciosa y orgullosa que no concierto el amor; los jóvenes también, y aplaudimos. Luego los viejos nos quedamos solos con una llamarada en nuestras vidas hasta “No discutamos”, de Juan Gabriel que hizo tan famosa a Lucha Villa.
“Como cuando te aprendes las canciones de la serie y vienes a cantar”, balbucea Mateo y justo en ese instante la cara se le ilumina porque entra Isabel como yo te quiero quiéreme Isabel, pero dura poco más que un estornudo para darle paso a “Decídete” y otras más que cantamos los jóvenes y otros como si lo fuéramos (no importa que a los cincuenta y tantos el asunto ya no es de decidirse, sino de poder). Es el paroxismo.
Nos quedamos solos,
Te bese en la cara…
Bailo a ritmo de booggie, sospecho que para pena de Mateo, mientras él canta con la gallardía de Plácido Domingo. El Sol ahora en el ocaso se siente hermoso. Más aún cuando nuestro abrazo da cuenta de que los papeles multicolores y las pelotas que inundan el escenario son el aviso de que el Sol está por ocultarse, no sin antes regalar una flor, muchas flores, a las asistentes en primera fila, como hacía Elvis con las toallas sudadas para entregar a las mujeres animadas aún por el ardor a pesar de los cincuenta o sesenta años.
Lo demás se nos fue en regatear al taxi el precio para el regreso donde cantamos a Diego Boneta mientras comimos galletas y leche fría.

