Una reforma sin pedagogía

¿La verdad es algo que alguien tiene y da a quien vive en la mentira o, en cambio, algo que eventualmente descubrimos juntos? Si es lo primero, la actual reforma educativa va en el camino correcto. Pero si es lo segundo, está equivocada. En un nivel básico de enseñanza el maestro proporciona las habilidades elementales que permitirán al niño adquirir nuevos conocimientos. Se celebra allí un intercambio vertical: el docente revela al pequeño los secretos que necesita para leer, escribir, sumar, restar, dividir, etcétera. Alguien imaginaría que el maestro sabe y el niño aprende y nada más. Pero los buenos maestros también aprenden de los niños. No importa que sean niños pequeños: los buenos maestros también obtienen revelaciones de ellos. Los secretos que el docente descubre al pequeño constituyen secretos técnicos. Incluso en los niveles más elementales las verdades que el maestro posee y comparte con los niños no representan fines en sí mismos: constituyen medios para alcanzar otros fines, secretos técnicos. Los otros fines son los que descubrimos juntos, si es que los descubrimos. Quien diga que los conoce sustituye al otro, lo niega como ser humano. Y ningún maestro que merezca ser tenido como maestro niega la humanidad de la persona que educa. Al contrario: alienta su florecimiento.


Descubrir la verdad juntos no integra un arte reservado a los salones de clase en los que no se ignora que nacimos para ser libres. Constituye un arte que debería practicarse también en el ágora pública, en las discusiones ciudadanas, en las políticas de gobierno. Esa es la democracia: la constitución de la ciudad a través de una indagación común que jamás podemos dar por concluida. Nada más ajeno al espíritu democrático que la arrogancia tecnocrática de quienes imaginan que gobernar significa imponer nociones estrechas a cualquier precio.


Requerimos volver al principio: los maestros deben hacer la reforma educativa, no el gobierno. Al gobierno concierne crear las condiciones que permitan a los maestros integrar y hacer realidad esa reforma. La cosa es simple: no se trata de reformar a los maestros, sino que los maestros se reformen a sí mismos. Y aquí reformar deviene sinónimo de mejorar. La mejoría no se puede imponer, sino tan sólo propiciar. Aunque sea ley, la actual reforma educativa está muerta. Y no la mató la CNTE. Se mató a sí misma desde su surgimiento porque se instituyó en función de criterios burocráticos, no pedagógicos. Fue una reforma educativa sin pedagogía. Un oxímoron infértil, que nació difunto.


Se impone que procedamos a hablar en serio de una nueva reforma educativa. Una reforma que incorpore a los maestros de cabo a rabo. Que los entienda como sujetos del cambio, no como sus objetos, es decir, que los maestros la integren y apliquen, no los secretarios de educación pública. Una reforma que desde la forma en que se conciba sea pedagogía que explora, no un sofisma tecnoburocrático vendido como la herramienta mágica que al fin sacará al país de la postración y la miseria. 

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