En México sí hubo quien pudiera equipararse con Sarah Bernhardt, la célebre actriz de cine y teatro francés, venerada por el mundo intelectual entre quienes estuvieron Sigmund Freud y Víctor Hugo. Ella fue Virginia Fábregas, según la crítica especializada, tan altiva y elegante como aquella. Las dos expusieron con maestría la hipocresía de la alta sociedad y se abrieron paso como empresarias.
Virginia Fábregas es el germen de las divas que brotaron en el teatro y luego en el cine (en el primer caso María Conesa y, en el segundo, Andrea Palma). Sus impresos fotográficos captan la robusta imagen de las diosas griegas y romanas o su cara arrogante, el alma arrebatada por el cianotipo como entonces se decía, izando el lauro del teatro culto. Pero no es estampa de erotismo como más tarde serían las actrices del teatro frívolo en las tarjetas postales; el perfil de Juno o Friné no tienen qué ver con ella.
Si Juno es la diosa del matrimonio, el nombre de Virginia Fábregas está en el primer registro de divorcio de México. Si Friné es la hetaira de las buenas acciones sociales, la mujer de Yautepec, Morelos, es actriz de las funciones de beneficencia y la mujer que rechazó ser joya codiciada de los hombres del poder. Muestra de su valentía es su resistencia a las críticas de la prensa que insistió en la contrario porque no aceptó que una farandulera pudiera discurrir en el medio sin tener las bombachas ligeras y la mano estirada.
Remarco: Fábregas desacraliza la opinión de que solamente la galería popular nutre la cultura y de que el teatro serio se aleja de las masas. Como la docente normalista que también fue, la actriz fue didáctica para airear convencionalismos (“Doña diabla”), desafíar los cánones de la moral (“La dama de las Camelias”) y encarar atavismos (“Divorciémonos”). Al caracterizar a Hamlet, por ejemplo, suscitó gran revuelo. No tuvo el mismo éxito en el cine (lo cual probó que una y otra palestra eran distintas). “La fruta amarga” (1930) y “La sangre manda” (1934) son prescindibles a diferencia de su tercera y última película, el músical “La casa de la zorra” (1945) sobre una mujer que regentea una casa de juegos.
La primera experiencia que Virginia Fábregas tuvo como actriz fue en el coliseo “Aurora” de su padre, en Morelos, aunque con un ritmo vertiginoso despuntó en las teatros del Distrito Federal sin abandonar sus estudios como maestra en la Escuela Normal y sin interrumpir su filantropía. Con la ventaja de una familia acaudalada pero sobre todo por su talento, la actriz debutó profesionalmente a finales del siglo y casi enseguida compró un teatro, en el terreno que antes había alojado al teatro Renacimiento, al que asistió el presidente Porfirio Díaz con motivo de su inauguración.
Nadie como Virginia y la formidable María Guerrero para interpretar a Margarita Gautier y sus embrollos con la alta sociedad para mostrar que la vida disipada no está exenta del amor y la crueldad no impide el arrepentimiento que se amortiza con la vida (Fedora). De esto hace 100 años, cuando además de lo antedicho denunciar el clasismo, así sea con una dosis de cursilería (“La mujer X”), era tan heterodoxo que suscitó recias críticas a la actriz tanto como su maternidad fuera del matrimonio o su alegato para divorciarse del actor y director Pancho Cardona, quien rechazaba que fuera empresaria y tratara con hombres pues era celoso aunque él sí se permitía sus francachelas porque, además, era alcohólico. Su triunfo en el litigio abrió la pauta a los derechos de las mujeres.
Virginia Fábregas es una institución del teatro mexicano e hispanoamericano, dejó huella en Estados Unidos, España y Francia. Sus actuaciones en “La dama de las Camelias” y “Quo Vadis?” la hicieron acreedora del Premio de las Palmas Académicas otorgado por el gobierno francés. Su influencia en todos los géneros de la actuación teatral persiste hasta nuestros días.
José López Portillo y Rojas le dedicó este poema:
En medio del triunfo inmenso
que te cerca sin cesar,
no vayas a desdeñar
este granito de incienso
que quemo al pie de tu altar.
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Nació en Yautepec, Morelos, el 19 de septiembre de 1871; falleció en la ciudad de México el 17 de noviembre de 1970. Sus restos reposan en la Rotonda de las Personas Ilustres, en la Ciudad de México.

