El mayor problema del pensamiento único de la 4T es su hipocresía: el error puede disculparse, pero el doble discurso —contestatario y majadero en la oposición, pero intolerante y llorón en el gobierno— es un inaceptable insulto a la inteligencia de los mexicanos. ¿Por qué López Obrador y su Smithers del Sistema Público de Radiodifusión quieren un padrón de opositores de Twitter y Facebook? ¿Qué les dolió tanto? Va una historia en viñetas.
Primer acto. El (nada) talentoso señor Gatell
En su afán de aparentar una eficacia de la que carece este gobierno, la 4T montó un show a cargo del subsecretario de Salud, que se dedica a narrar un cuento distinto cada rueda de prensa, aun si se contradice de un día para otro. En su nostalgia, López Obrador instaló su Teatro Fantástico con Cachirulo propio: Hugo López-Gatell.
Con tonito condescendiente, el señor Gatell «explica» a los medios lo bien que el gobierno federal enfrenta el problema del coronavirus. Como merolico que vende menjurjes, asume que su audiencia está integrada por idiotas, al grado de que, durante tres meses, se dedicó a bloquear y desacreditar las acciones que Jalisco emprendió en esta materia, para el pasado martes salir con que los buenos resultados de ese Estado son causados por las acciones federales. El senador Clemente Castañeda le puso una paliza al subsecretario mitómano, en un hilo que recomiendo leer, donde puntualmente señala fechas, declaraciones y contradicciones del funcionario lopista.
En redes, si bien Gatell es popular, tiene severas críticas por su tendencia a decir verdades a medias y mentiras completas. Si a eso se agrega que la muerte de infectados por Covid19 es algo que cada día se acerca a más gente, el resultado es una intolerancia mayor de los internautas a las pamplinas del Súper Subsecretario 86.
Segundo acto. No llores por mí, Esperancita
En una de esas estrategias que revelan la nula percepción de la realidad de los habitantes de Palacio Nacional, alguien tuvo la ocurrencia de sacar del dugout a la pareja del presidente y usarla como apoyo comunicacional de la 4T.
Su regreso a las redes sociales, en específico a Twitter, fue un error mayúsculo: a pesar de la adoración de los cuatreros al peronismo, doña Betty no es Evita y Andrés Manuel sólo se parece a Juan Domingo en los aspectos negativos. Enviar a la esposa como embajadora mediática de la presidencia (o vocera no oficial de Palacio) fue un desatino por varias razones: 1) en Twitter no la quieren; 2) suele plantear cosas con poco sentido (como el «échenle ganas con la vacuna» para la ONU); y, lo más importante, 3) el problema de la 4T no se resuelve con más voces, sino con mejores emisarios. Los trolls, haters, opositores y críticos se dieron un festín con las puntadas de la cuenta de la compañera Beatriz. ¿Se les pasó la mano? Quizá. Pero el error fue del gobierno federal: si el personaje no es carismático, no suele hacer aportaciones brillantes y atacarlo genera rentabilidad política, ¿quién fue el tonto que decidió exponerlo a las hordas de Twitter?
Y ahí es donde se calentó el presidente. Hay que reconocer que Andrés Manuel tiene la piel delgada, pero intenta ocultar su molestia ante la crítica. El asunto cambia cuando atacan a su esposa… porque es cuando el Stalin tropical sale a la luz.
Tercer acto. Al Gulag con estos conservadores neoliberales
López Obrador puede tolerar —poco— que lo critiquen, pero, si señalan a la familia, sale su personalidad de can tabasqueño rabioso: no hizo una pataleta —mayor a las que ya hecho—, pero sí sacó el poder represor del Estado contra los que han abollado el discurso único con el que pretende enajenar al público mexicano. Y para ello, Jenaro Villamil se aventó una explicación absurda y falaz de los dineros que supuestamente obtienen las redes sociales por permitir bots.
Leo García, notable columnista de etcétera, ha explicado en Twitter que el modelo de negocio no va por donde dicen López y su subordinado. A Jack Dorsey no le facturan por admitir bots, ni trolls —de hecho, Twitter ha mostrado una tendencia a favorecer a las cuentas de izquierda y a una aplicación abusiva e incorrecta de sus reglas, contra los tuiteros opositores o de derecha—, por lo que la exigencia del gobierno federal de que las redes «transparenten sus ingresos» puede calificarse en cuatro palabras: es una reverenda estupidez.
Pero el presidente se enojó y quiere desquitarse, quizá su principal error radica en creer que Facebook o Twitter no ventilarán las granjas que el gobierno tiene (hola, Jesús Ramírez Cuevas), ni que se expondrá claramente que, en el juego de los bots, trolls y sockpuppets, ambos bandos tienen su colección de alimañas. No puede esperarse que López entienda esto, porque, como muchas otras personas, usa de forma inadecuada el término bot. Él sólo concibe que los conservadores lo atacan con cuentas falsas (lo que sea que eso signifique para él) y quiere contrarrestar ese efecto, exponiéndolos. Para plantearlo en los términos evangélicos que tanto le gustan, el presidente quiere exhibir la paja en el ojo ajeno, cuando carga una viga IPS en el propio.
Y la obra se llamó: el pensamiento único es sueño
Aunque no es de Calderón de la Barca —mucho menos de Calderón Hinojosa—, esta obra habla de la esperanza inútil de un gobierno que pretende imponer el pensamiento único, ese que Chomsky y Ramonet¹ definen como la ideología «que siempre tiene razón y ante la que todo argumento —con mayor motivo si es de orden social o humanitario— tiene que inclinarse». Lo paradójico del asunto es que este concepto lo visualizaron desde la izquierda, como «la traducción a términos ideológicos de pretensión universal de los intereses de un conjunto de fuerzas económicas» capitalistas… y este gobierno, supuestamente progresista, pretende imponer su concepción totalitaria y falaz de las cosas.
La versión cuatrera del pensamiento único es el inverso de la capitalista, pero manteniendo lo peor de su opuesto: lo político prima sobre lo económico; el Estado intervencionista funciona mejor que el mercado; abajo la competencia y la competitividad, porque son clasistas y favorecen a los privilegiados; producción nacional ineficiente sobre el libre intercambio, porque la primera es patriota y (supuestamente) favorece a los pobres; saberes ancestrales contra la ciencia neoliberal (WTM); selección de perfiles con 90% honestidad y 10% capacidad; moneda fuerte sólo cuando la casualidad la permita; expoliación de recursos ajenos (reservas del banco central, fondos de retiro y omnitributación); confrontación de clases, en el que todo éxito es producto del privilegio ilegítimo y por ende, «por el bien de todos, primero los pobres»; sobrerregulación para evitar el privilegio de los «no pobres» (clases medias y altas); la estatización; la anti-liberalización; cada vez más Estado; discurso doble, en teoría a favor del trabajo, pero en los hechos a favor de los empresarios amigos del presidente (caso Elektra); y estupidez tecnológica, incluso con indiferencia respecto al costo ecológico (uso de combustibles fósiles contra energías limpias, petroleocentrismo, etcétera).
Cuando alguien reclama alguno de estos puntos y demuestra que el gobierno miente, los troles en redes y los orcos del gobierno salen a atacar a los críticos: nadie debe contradecir la verdad oficial, si lo hace es golpista, conservador, neoliberal, fifí, whitexican, machuchón o el término idiota que en la semana haya impuesto el líder. El problema es que la falta de gobernanza de la 4T ya hizo crisis y los inconformes crecen cada día, ya no es tan sencillo acallar a los que disienten, ya no basta la violencia verbal, el acoso digital, la calumnia y las amenazas virtuales. Ahora hay que sacarlos de las redes, al menos esa es la solución que ideó el think tank lopista… misma que está tan mal planteada como el resto de sus acciones de gobierno: se quejan de las fake news, pero sus argumentos están llenos de inexactitudes, como las cifras equivocadas que presentó Jenaro Villamil para confrontar las remesas con las ganancias de Facebook: en la 4T, ni para refutar tienen el mínimo rigor informativo.

Su verdad única es sueño, porque ellos criaron al monstruo del que ahora se lamentan: durante tres sexenios alimentaron una sociedad insolente, irreverente, contestataria, irrespetuosa y majadera, pero ahora se lamentan de que la gente sea así y que no les admita su pensamiento único. No se puede, después de dieciochos años de odio y «al diablo con sus instituciones», salir con que ahora hay que respetar a la autoridad, actuar con unidad y creer ciegamente lo que dice el gobierno. Treinta millones votaron por López, pero hay cien millones de mexicanos que no lo hicieron, porque optaron por otros candidatos, no emitieron sufragio o no tienen derechos políticos plenos. Esto significa que, potencialmente, por cada lopista que quiere callar a un crítico, hay tres personas que pueden ponerle un alto.
En suma, frente a un seguidor de la 4T, con «encefalograma plano» —o de pensamiento unidimensional, como diría Marcuse²—, incapaz de oponerse a lo establecido o criticar lo que sucede, existe una multitud enfurecida porque la economía está postrada, porque el sistema de salud no sirve, porque la gente se muere… pero el gobierno quiere seguir cobrando impuestos, para gastarlos en estupideces. Aunque muchos todavía guardan silencio, la cantidad de impugnadores aumenta cotidianamente… y no hay Ministerio de Censura que pueda silenciar a todos… por más que el vocero unidimensional señale cifras falsas de Facebook, fantasee con adversarios inventados y haga de los bots el Emmanuel Goldstein del caudillo tropical.
Para cerrar con una referencia del Antiguo Testamento, de esas que no le gustan a López porque lo suyo es el evangelismo, hay que recordar que el poderosísimo faraón fue humillado por unas plagas imprevistas, para gloria de Yahvé. El Reich moreno de treinta años, que pronosticaron los Noroñas y Gibranes, quizá no dure tres, por la soberbia del líder, que quiere callar a Moisés y Aarón: el que tenga ojos, que lea y entienda…
1 Chomsky, Noam y Ramonet, Ignacio. Cómo nos venden la moto. Información, poder y concentración de medios. 1995.
2 Marcuse, Herbert. El hombre unidimensional. Ensayo sobre la ideología de la sociedad industrial avanzada. Planeta-DeAgostini, S. A., Barcelona, 1993: «(…) el modelo de pensamiento y conducta unidimensional en el que ideas, aspiraciones y objetivos, que trascienden por su contenido el universo establecido del discurso y la acción, son rechazados o reducidos a los términos de este universo».

