Un mensaje que aún saben leer los viejos partidos es la derrota en las urnas. Conservan el instinto de sobrevivencia cuando se desvinculan de la sociedad. Ante los malos resultados el PRD, el PAN y el PRI responden con cambios de dirigencias, en busca de salvadores para las elecciones que ya se vienen en casi la mitad de los estados entre 2016 y 2017, y la Presidencial al año siguiente.
La reacción demuestra que el voto funciona como castigo a malos gobiernos, aunque el soplamocos de las urnas no implique mejorar la rendición de cuentas. La otra cara de la sanción es el ascenso de nuevos competidores, como independientes, y el resurgimiento de AMLO en las encuestas, como el eterno aspirante a Los Pinos en los últimos diez años.
La necesidad de cambio recorre los grandes partidos de la alternancia y del modelo de “poder compartido”, parafraseando un ensayo de Alonso Lujambiosobre la democratización. Pero la competitividad que alcanzaron en la brega electoral ha cedido al cansancio de las rutinas de la mera conquista de espacios de poder, el descrédito de sus acciones y la corrupción. Instalados en el statu quo y lejanos de la ciudadanía, los iguala saber que necesitan cambiar, pero no saben cómo hacerlo. Se impone la inercia como recurrir a fórmulas manidas, como regresar a la “sana cercanía” del PRI con el gobierno o el mea culpa, apuestas generacionales, discursos del cambio y simulaciones en la renovación de las dirigencias del PAN y del PRD.
Por más que Peña Nieto venda el mensaje de triunfo, sabe que los tres partidos pierden peso en las preferencias de casi 20 puntos de la votación sumada desde la primera intermedia de la alternancia. El PRI vio esfumarse 8% de su votación de los últimos 12 años y acusa la derrota de los jóvenes que le devolvieron Los Pinos en 2012. La merma en las urnas reavivó el viejo conflicto entre tecnócratas incapaces de impulsar el crecimiento, como Luis Videgaray, y viejos políticos que, como Beltrones, sí ganan elecciones. La nueva cercanía con el Presidente es un desagravio de la política que los llevó a perder con la tecnocracia de Zedillo en 1997. No hay nuevos esquemas, sino pragmatismo y “amarres perros” a su interior -para citar el libro de Castañeda- en pos de la unidad y expertis electoral para los próximos comicios en un clima social crispado y baja actividad económica.
El PRD sabe que está en su ultimísima oportunidad de transformarse o extinguirse, mientras sus tribus se enfilan a la renovación de la dirigencia entre el ajuste de cuentas y el suicidio. A la derrota en las urnas ha respondido con autocrítica y la salida de la dirigencia, pero no se ve cómo abandonarán la zona de confort y el acomodo de la cúpula con el poder sin hacer del lance una simulación: ¿cambio generacional? ¿Ser oposición, pero sin caer en el viejo esquema contestatario o “antisistema” que ocupa Morena? ¿Dejar el partido detribus para ser de causas? ¿Ir a la sociedad, un “Podemos” mexicano? ¿Cuál es la agenda?
Las dudas sobre la capacidad de adaptación de los viejos partidos a las nuevas realidades también afectan al PAN. “Recuperar” los principios doctrinarios vs. “regenerar” al partido, ofrecen Javier Corral y Ricardo Anaya, ante los peores resultados del PAN en 25 años. ¿Cuál es la diferencia? Coinciden en el extravío de la oposición de derecha y reflejan la pérdida de identidad moral que distinguió esa oposición hasta que se mimetizaron con las prácticas clientelares del PRI y se desató la corrupción en su interior. Pese a la reivindicación de los principios éticos de sus “fundadores” nadie se responsabiliza de la derrota y apuestan a un cambio generacional, en medio de la descalificación de acusaciones de demagogia.
Los viejos partidos pierden peso aunque, como dice el poema, quizá ganen aire…
Este artículo fue publicado en Excélsior el 13 de Agosto de 2015, agradecemos a José Buendía Hegewisch su autorización para publicarlo en nuestra página
