Etcétera

Aversión de Peña Nieto al cambio

Aire. A un mes de los comicios, el gobierno parece volver a ponerse en circulación, pero sigue sin ofrecer respuestas al plan para relanzarse y a los movimientos para concluir el mandato. La parsimonia de decisiones y el aplazamiento de cambios en el gabinete dejan poco lugar a dudas sobre su lectura de las urnas: un refrendo a la política económica y reformas —como ha celebrado—, sólo necesitaría algunos ajustes para la renovación de 12 gubernaturas el próximo año y la sucesión presidencial en 2018.

Inmovilismo. Desde que Peña Nieto gobernaba Edomex es sabido que es contrario a responder con cambios en el gabinete ante crisis y de su preocupación por la permanencia de su círculo para la estabilidad del gobierno. La mayoría legislativa que le dejó la elección, junto con sus aliados en la Cámara, parece servirle para recobrar confianza en su visión de autoridad. Que es una de las causas por la cual la sociedad en la calle y en las redes percibe realidades muy distintas a las que vive la administración. Convendría no olvidar que el respaldo a su gobierno es inferior al que tuvo en 2012 y que enfrentará un escenario político diferente en la segunda mitad del mandato. Ya no cuenta con el pacto de gobernabilidad y, ahora, tiene una oposición fragmentada y beligerante, como adelanta el PAN en la negociación del presupuesto.

Parálisis. En el último año el gobierno extravió la iniciativa política y se veía paralizado frente a la crisis de inseguridad y derechos humanos, que emergiera con Tlatlaya y Ayotzinapa. Igualmente, por los escándalos de corrupción y tráfico de influencias de la familia presidencial y miembros del círculo cercano, que pusieron en duda la permanencia de puntales del gabinete como Luis Videgaray. Pero la decisión fue “no ceder aunque la plaza pública pida sangre”, como dijo Aurelio Nuño a El País, ante la demanda de cambios y en el rumbo de la administración. Aunque en el interior discutían la forma de reinventarse, salir del impasse y recuperar el liderazgo reformista, concluyeron que no había manera de cambiar de caballo a media carrera y optaron por confiar en que “las instituciones nos saquen de la crisis”, para lo cual contaron con una oposición que viajaba en el mismo barco de las reformas.

Oxígeno. Como los medicamentos de alivio rápido para el asma, las urnas fueron un bálsamo para un gobierno congestionado e inactivo. Le devolvieron la palanca de dirección para sacar adelante el paquete económico y reconfirmaron su posición de “no sustituir las reformas por actos teatrales de gran impacto”. Ya no tendrían que hacer actos histriónicos o de salvación como el de Mancera en el DF con la renuncia del gabinete. Seguro vendrán ajustes al gobierno, aunque las reformas aún están en el aire y la operación política para implementarlas luce tan defectuosa como antes e insiste en mensajes mediáticos para la galería. Por ejemplo, la innovación para romper inercias en el Presupuesto Base Cero se proyecta más como imagen para envolver el recorte del gasto público que la ofrecida reinvención gubernamental ante la caída del ingreso petrolero; como una estrategia política para contener exigencias de gobernadores, especialmente los que tienen elecciones, que una reingeniería para la eficiencia de los programas públicos.

Pero la fuerza de los votos en el Congreso no es suficiente, se necesitan consensos con los empresarios para las reformas y el presupuesto. Pero prueba de que el gobierno cree tener “gasolina” para 2018 es, por ejemplo, no llegar a acuerdos con empresarios para reactivar la economía tras el bache de la Reforma Fiscal. O para controlar al magisterio y superar los obstáculos a la Reforma Educativa. Con ellos, como la canción, todo sigue igual…


Este artículo fue publicado en Excélsior el 05 de Julio de 2015, agradecemos a José Buendía Hegewisch su autorización para publicarlo en nuestra página

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