Imposible no comentar y recomentar la fuga del Chapo. Solo fugándome a otro planeta o en definitiva a otro país. Pero yo no tengo modo de fugarme de aquí. Además aquí, en esta madriguera que me sirve de casa, oficina y bar, cuento con las condiciones necesarias para ser yo mismo, y dudo que pudiera gozar de esas condiciones en otro país, ya no digamos en otro planeta. De esta suerte, gracias a que no puedo huir a otro país ni a otro planeta, se me impone aclarar mi reacción emotiva ante La Gran Fuga. Reacción emotiva, digo, porque el evento, como la fe, el amor y el éxito sostenido de Laura en América, resiste cualquier explicación racional. En un primer momento, al despertar y enterarme apenas de la noticia, experimento un amasijo de emociones encontradas. Sufro calambres emotivos que oscilan, sin puntos intermedios, a desconsiderados saltos cuánticos que omiten el camino que separa un extremo del otro y me sitúan en forma instantánea ora en una punta del calambre, ora en su contraria, digo, sufro terribles vuelcos emocionales que van y vienen de la hilaridad a la indignación, de la frenética satisfacción ante el duro golpe asestado a un gobierno establecido en torno a inercias patrimonialistas, a la frenética insatisfacción de tener justamente ese gobierno; del coraje por la burla perpetrada por el Gran Narco, a las risillas irónicas y compensatorias alrededor de las condiciones gubernamentales que hicieron posible esa fuga; de un temeroso sentimiento de indefensión ante la hegemonía narca, a una carcajada maléfica y cínica que a todas luces no resuelve nada, pero me permite seguir viviendo en este país que llevó a Peña Nieto a Los Pinos para que atendiera de modo diferente a su antecesor los enormes problemas del narcotráfico y la inseguridad pública que seguimos padeciendo hoy día. Todo un remolino de emociones truculentas. Pero en esta época en la que uno puede chatear con un viejo amigo que se pasea por Tokio con la misma fluidez que con la nueva amiga de al lado, conviene ser flexible, adecuarse a las circunstancias rápida y eficazmente. Así yo, diez minutos antes del mediodía de este domingo 12 de julio, a unas cuantas horas de perpetrada la Gran Fuga, ya río, más allá de mis primeras reacciones encontradas, un chiste de Iván, uno de mis contactos del feis, en el que pide calma y anticipa que seguro el Chapo ha sido reclutado por el Piojo, dada su solvencia en finiquitar penales. Poco más abajo Jair Cortés, otro de mis contactos feisbukeros, modifica ligeramente el célebre arranque de Piedra de sol: de un chopo de agua a un Chapo de agua, y yo me regocijo por el tino de la metáfora. Tan escurridizo como el agua, Guzmán Lorea hace regresar de París al secretario de gobernación, no al presidente porque el jefe del Estado mexicano debe mantenerse por encima de las faenas y desafíos de los narcotraficantes, no importa que tan célebres y resbaladizos sean. Digo, ¿qué tal si se regresa y no lo agarran? ¿A la afrenta al Estado mexicano seguiría la derrota del Estado mexicano? La andanada de chistes y frases ingeniosas se prolonga durante todo el día, y yo escribo esta nota solo porque resulta imposible no comentar y recomentar la fuga del Chapo. Pero ya a las siete de la tarde mis emociones empiezan a reorientar sólidamente su rumbo hacia el México Guatemala, pues leo que todas las fuerzas armadas y policiales del país buscan por cielo, mar y tierra, en Interlomas, Guerrero, Michoacán y Atizapán de Zaragoza al dichoso narcotraficante.
