La petición de la CNTE es una: que les descongelen las cuentas. Y a cambio de eso, lo que sea, dicen
Desconfían los unos de los otros, se miran con recelo y se acusan de haber traicionado la causa. Entrar a una de sus reuniones es atestiguar que la deslealtad y la fractura son los denominadores comunes entre las distintas facciones que componen la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación.
La CNTE está dividida, carcomiéndose después del golpe que les arrebató su principal fuente financiera y de control político que era el Instituto Estatal de Educación Pública de Oaxaca (IEEPO).
Los distintos grupos que la conforman —y que responden sobre todo a las distintas regiones geográficas de Oaxaca— se denuncian entre sí por haber cooperado con el gobierno federal, soltado información para que recuperara sorpresivamente la rectoría del IEEPO.
Rubén Núñez, el dirigente más famoso de la Sección 22 de la CNTE, está siendo vapuleado. En esas reuniones internas, según me revelan quienes han tenido acceso, le atribuyen una mala conducción del movimiento, lo responsabilizan de haber llevado las cosas con el gobierno hasta el punto en que los dejaron desarmados política y financieramente.
Por eso la tibia respuesta de la CNTE ante lo que ha sido sin duda el golpe más duro en su historia: no ha habido manifestaciones multitudinarias, bloqueos desquiciantes ni el intento por recuperar las instalaciones del IEEPO. Ha pasado más de una semana y la CNTE luce en la lona escuchando el conteo del réferi, a medio noquear, sin poderse levantar y ponerse en guardia.
