Legiones de imbéciles han replicado la imagen de la autopsia de un supuesto ser extraterrestre cuando el propio autor del video aceptó desde 1995 que este era un fraude. Legiones de imbéciles, en abril de 2013, replicaron en Twitter la falsa información, propalada por hackers, de que la Casa Blanca había sido bombardeada. En 2011 miles de imbéciles retuitearon la versión de que una nube en forma de pene se habia posado justo encima de la catedral de San Pedro, en el Vaticano, como un signo de condena a la jerarquía religiosa. Los hoaxs, es decir bulos virtuales, se difunden en las redes sistemáticamente: Legiones de imbéciles han matado en varias ocasiones a Fidel Castro; centenas de imbéciles en México dieron por cierto el supuesto alcoholismo del expresidente Felipe Calderon, difunden la propaganda del narcotráfico además de falsas imágenes de supuestos atentados del Ejercito. El fenómeno es mundial, en febrero de 2012, usuarios de todo el mundo, en particular los españoles, destacaron por difundir las imágenes de un Mamut que habría cruzado un río en Siberia o las del monstruo del Lago Ness además del clásico abominable hombre de las nieves. Ese es el hecho, millones de imbéciles tienen el derecho a expresarse en las redes y nadie dice que eso no sea así. De lo que se trata no es de coartar, para nada, la libertad de expresión, que incluye a los idiotas. De lo que se trata es de que los ciudadanos se esfuercen en dilucidar las farsas de la verosimilitud junto con los medios de comunicación, que tenemos sin duda la responsabilidad de verificar la información y no hacer de la conjetura expuesta ante el público, una virtud periodística.
