Llevamos años hablando de la corrupción de los políticos. De su falta de transparencia. De cómo una vez llegan al poder, muchos se olvidan de sus compromisos con los ciudadanos que les han elegido y parece que solo se dedican a trabajar para conservarlo. Y de cómo una vez que lo pierden, casi siempre salen más ricos de lo que llegaron o colocados a dedo en grandes empresas “casualmente” relacionadas con los puestos que ocuparon.
Pero hablamos muy poco de lo nuestro, de periodismo, de la esencia verdadera del oficio, de la necesidad de que esté al servicio del público, de lo importante que es la decencia en todo el proceso informativo.
Sí, ser un periodista decente se está convirtiendo en algo cada vez más complicado. “¡Cualquiera se mete hoy en un despacho para protestar por algo!”, me decía ayer mismo desconsolada una periodista de raza sobre la situación en su medio, uno de los grandes.
Las crisis que se acumulan sobre los modelos económicos que sostenían al periodismo están machacando la independencia de los profesionales y limitando al máximo su capacidad de rebeldía. Y al mismo tiempo, unos pocos, los más gritones, y en muchos casos los eternos beneficiados por los que ahora están perdiendo el poder (no hay más que repasar la nómina de las tertulias en televisiones públicas), se han embarcado en una caza de brujas contra lo nuevo intentando convertir lo anecdótico en categoría. Haciendo pasar por periodismo lo que es un mero espectáculo persiguiendo audiencias o una burda campaña de agitación en las redes.
http://www.eldiario.es/zonacritica/dificil-periodista-decente_6_403919618.html
