Y una vez más regresemos a cómo las redes sociales influyen socialmente. En este espacio se han comentado algunas de las implicaciones en la polarización mediante la confrontación, la desinformación y otras formas de participación digital. El problema, el error, sería pensar en absolutos. No se debe sostener la idea desde las consecuencias, no todas las interacciones parten de la idea de polarizar o con un inherente afán de confrontar, aunque es lo que termine sucediendo.
Y tampoco se puede considerar con una idea absoluta que uno u otro extremo de identificación o simpatía, sobre prácticamente cualquier tema, lo haga por intereses siniestros u ocultos.
La realidad es que, con más frecuencia de la que parece, la capacidad de iniciar activaciones digitales surge por narrativas que sustentan y refuerzan identidad, afinidad y pertenencia de grupos. La confrontación surge conforme se da la interacción y se suman posturas discordantes y la narrativa resulta antagonizada. Dicho sencillo, quienes lanzan una narrativa suman simpatizantes por identificación con sus similares, pero en algún punto esa esfera de interacción “chocará” con quienes no estén de acuerdo, e iniciara la confrontación.

En la entrega anterior se comentó acerca de cómo la repetición permite fijar ideas en el colectivo hasta convencerse que son verdad y aceptarlas como la realidad. Pero la repetición también tiene otros efectos sociales que ayudan a reforzar comportamientos asociados.
Una narrativa que versa sobre convocatorias positivas, afirmativas, es sumamente poderosa y efectiva. En México especialmente lo experimentamos a partir de la fetichización de los apellidos “López Obrador”, o solo cuatro letras, AMLO. Y todo lo que se le relacione con él.
A la mera presencia e imagen asociada a los apellidos se le atribuyeron características más allá de las que realmente le corresponden, pero sustentadas en una narrativa que apela en buena parte a los legítimos anhelos, exigencias, reclamos e inconformidades sociales, que se vienen acarreando en un sistema político en constante decadencia.
No se puede ignorar el efecto de la constante repetición durante 18 años, pero ha sido especialmente importante la dinámica de los años más recientes. El fetiche AMLO se construyó en una narrativa que mezcló ideas irreales como utopías supuestamente alcanzables, vestidas de ideologías políticas, propiedades míticas, e incluso elementos religiosos y de culto espiritual.
Su presencia en los medios digitales durante la reciente década fue la vía perfecta donde sin ningún filtro ni la mínima restricción, los mensajes de esa narrativa llegaron a una audiencia viva y necesitada de sustentos que satisficieran sus anhelos y reclamos.
La narrativa que se construyó en torno a un sujeto recurrió a apelar a un imaginario colectivo ofreciendo un escenario en el que todos estaban convocados a lograr un objetivo históricamente trascendente. Y parte de su audiencia se sigue sosteniendo en esa idea, aunque ahora se estrella con la realidad.
Es justamente esa disonancia, esa distancia que se abre entre lo que se ofreció en el fetiche AMLO, llevado a extremos cuasirreligiosos, contra sus carencias y limitaciones, lo que hace que especialmente las redes sociales sean un medio ideal para reforzar las ideas originales que convocaron a los grupos que siguen buscando y necesitando creer. Creerle.
Hoy se puede afirmar sin lugar a dudas que parte de quienes se integran en la narrativa lo hacen por intereses personales y complicidades. Pero no se puede subestimar el alcance y efecto que tiene recurrir a una dinámica de recordación en el colectivo acerca de cuáles fueron las causas originales por las que se generó la simpatía e identificación con el fetiche que decidieron seguir, en el que decidieron creer. Seguimos hablando de cómo la repetición insistente de una narrativa que ofrece como virtuoso creer en un solo hombre. Tanto, que esa narrativa logra respuestas condicionadas a los estímulos que se inducen en la conversación, pero que escapan a toda la razón.
Así, por citar ejemplos simples, la virtud “austeridad” asignada al fetiche, se defiende sin siquiera razonar al compararla con lo que la narrativa presenta como dispendios, lujos, o excesos. La virtud “honestidad” asignada al fetiche, se defiende sin cuestionar al aferrarse a creer que no es lo mismo “aportación” que “soborno”. O bien, no es casual que desde que inició su presencia relevante en la política con la jefatura de gobierno de la Ciudad de México y hasta la fecha, sea recurrente el uso de la palabra “esperanza”.
Cuando en la interacción surgen elementos que confrontan esa narrativa no hace falta nada más que apelar a los estímulos originales para desatar una férrea defensa, desde la convicción idealizada y la lealtad a los grupos resultantes.
Hoy ya no se trata de que la verdad y realidad concuerden. Hoy la interacción en el ecosistema digital se trata de lograr el refuerzo de la afinidad dentro de grupos ya de antemano convencidos de lo que eligieron creer. Y en el extremo opuesto se comete el grave error de entender un fenómeno tan extenso y complejo bajo el sesgo de la percepción del observador que no comparte esa misma afinidad. De ahí surge la confrontación incesante que sofoca cualquier intento de debate razonado.
Hagamos red, sigamos conectados.
