Hay coleccionistas de arte (apasionados, entendidos, con gusto y buen ojo) y gente con dinero que compra obras (bien para decorar sus mansiones o como pura inversión especulativa, y se deja llevar por las modas). Son dos cosas muy distintas. En la primera categoría se halla el protagonista de esta historia: el empresario Félix Fernández-Valdés (Bilbao, 1895-1976), cuya colección es una de las más relevantes del siglo XX en España. La nómina de artistas y obras maestras que hay en ella, del siglo XIV al XX, es apabullante: El Greco, Zurbarán, Ribera, Murillo, Van Dyck, Fortuny, Sorolla, Zuloaga, Solana, Pedro de Mena, Benlliure… Sentía predilección por la pintura española del Siglo de Oro, pero también por la medieval y renacentista, así como por las escuelas flamenca y holandesa.
Cuando falleció en 1976, las obras se dispersaron. Algunas quedaron en manos de sus herederos, pero otras pasaron a colecciones privadas con pedigrí (Abelló, Arango, Botí) o a museos como el Prado, el MNAC y los de Bellas Artes de Asturias, Valencia y Bilbao. Con este último, Valdés mantuvo una estrecha relación. Participó en la custodia de sus fondos durante la Guerra Civil. Fue miembro de su Junta entre 1937 y 1967 y promovió la Asociación de Amigos del Museo. Hoy atesora obras importantes de las Colección Valdés, como el «Retrato de Mariana de Austria», de Carreño de Miranda; la «Lamentación sobre Cristo muerto», de Van Dyck y «Mujer desnuda leyendo», de Robert Delaunay. Su director, Miguel Zugaza, agradece a la familia Fernández-Valdés que haya permitido «estudiar por primera vez con criterio científico la maravillosa colección del patriarca y recuperar, a través de la selección que compone esta exposición, su valor e identidad».
Ahora, el museo bilbaíno le rinde homenaje con una exposición que reúne, hasta el 1 de febrero de 2021, 79 obras maestras. Pero además se ha realizado una exhaustiva investigación sobre la colección, que han llevado a cabo Pilar Silva, que fue jefe de Conservación de Pintura Flamenca del Prado, y Javier Novo, coordinador de Conservación e Investigación del Museo de Bellas Artes de Bilbao. Solo se conocía parcialmente. No resultó fácil localizar las obras: algunas son inéditas o poca conocidas. Es el caso de lienzos de Eduardo Rosales y una vista de París firmada por Robert Delaunay. Se tiene constancia de ellas por el inventario post mortem, que está en manos de la familia y se ha consultado para la exposición, o por fotografías. De hecho, no se sabe cuántas conformaron la colección. «Después del baño», de Sorolla, se exhibe por vez primera.
Gracias a la investigación se ha descubierto el origen de muchas de las obras de su colección. Algunas procedían de conventos e iglesias. Es el caso de «Ecce Homo» y la «Dolorosa», dos esculturas de Pedro de Mena que compró en 1939 a las mercedarias de Ruiz de Alarcón de Madrid para ayudar a restaurar el convento. Otras, en cambio, provenían de prestigiosas colecciones que se dispersaban. Explica Pilar Silva que Valdés adquirió obras de pintura antigua de la colección de Aureliano de Beruete a través de su nuera Isabel Regoyos. Pero también hizo importantes adquisiciones fuera de España, como «San Antonio Abad», uno de sus pintores favoritos. Una obra maestra que el mariscal Soult se llevó del Alcázar de Sevilla. Otros de los zurbaranes de su colección pertenecieron a miembros de la aristocracia, como la marquesa de Villafuerte. Pero hay casos de los que no se sabe cómo ni dónde adquirió las obras.
La capilla y el dormitorio de su residencia en la Gran Vía de Bilbao acogían algunas de sus obras preferidas. Así, cuenta Pilar Silva que en su dormitorio colgaban seis obras religiosas de Valdés Leal, Zurbarán, Ribera y Morales. En el salón principal, cuatro Grecos, obras de Zurbarán, Valdés Leal, Murillo… La joya de la colección («La marquesa de Santa Cruz», de Goya) se hallaba en una sala, dedicada al XIX, donde también colgaba «La condesa de Santovenia», de Rosales.
El excepcional retrato de Goya siempre ha estado rodeado de misterio. Un misterio sobre el que se arroja nueva luz con esta exhaustiva investigación de la Colección Valdés. Explica Pilar Silva que la familia Valdés atesora una carta del subdirector de la sucursal del Banco de Vizcaya en Madrid, fechada el 19 de febrero de 1947, en la que da cuenta de las gestiones efectuadas para el pago, mediante un cheque nominativo de un millón y medio de pesetas, por este cuadro, poniendo fin con ello a muchas especulaciones. En su texto del catálogo relata minuciosamente por qué manos pasó este Goya, conocido por muchos como «Euterpe». En 1936 el lienzo pertenece en propiedad indivisa a los herederos del conde Pie de Concha, hijo de los marqueses de Santa Cruz. Al estallar la Guerra Civil, lo depositan en el Banco de España. El cuadro formó parte del patrimonio español que salió de España, rumbo a Ginebra, huyendo de las bombas. Allí apareció inventariado como Colección Silva. A su regreso a España en 1939 se depositó en el Prado.
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