Hace seis años, a propósito de que estábamos fascinados con la re-revisión de la Historia de México con motivo del Bicentenario, un gran amigo me soltó su conclusión: los héroes nacionales lo son no porque hayan tenido un comportamiento inequívoco y ejemplar siempre, sino porque en un momento de sus vidas, en un instante, tomaron una decisión heroica.
Me pareció brillante. Porque si queremos encontrar defectos y abusos en las biografías de nuestros hombres de bronce, nos vamos a topar con muchísimos y muy graves, no pocos francamente inaceptables bajo la mirada del siglo XX.
Hace un mes murió Fidel Castro.
“Fidel, Fidel, ¿qué tiene Fidel?”, canta uno de los sones cubanos más sabrosos.
No sé si es esa envidiable locura idealista que le hizo jugarse la vida con un puñado de amigos y pelear en abrumadora desigualdad de circunstancias. No sé si es la épica crónica de cómo ganó la guerra en contra de todo pronóstico, las anécdotas de cómo echó mano del ingenio en los momentos más aciagos. No sé si es la vida en la sierra, la gorra tan singular, la barba rebelde, la sonrisa fotogénica, el puro, la mirada al horizonte, el discurso lleno de pensamientos, filosofías, anhelos fácilmente adoptables.
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