Vino caro, vino malo

México no es un país que cuente con una cultura sobre el vino y ello en parte se explica por los datos de la encuesta nacional de ingreso y gasto en los hogares (ENIGH) del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). En ella se encontró que en 2024 la población mexicana gastó 101 mil millones de pesos en bebidas gaseosas. Para ponerlo en perspectiva, el gasto en agua embotellada fue equivalente a 25 mil millones de pesos, en tanto la cerveza se ubicó en la tercera posición con 20 mil millones. En promedio cada mexicano bebe 166 litros de gaseosas al año. En contraste, el consumo de vino per cápita en el país es de apenas, 1. 5 litros. Se estima que en el país se beben 208 millones de botellas al año de las que sólo el 40 por ciento son producidas nacionalmente y no alcanzan a satisfacer la demanda interna, por lo que el resto son de importación. 17 estados de la República Mexicana producen vino de manera industrial y hay unas 9 430 hectáreas plantadas, si bien, a diferencia del tequila y el mezcal, el vino mexicano no cuenta con una indicación geográfica que lo proteja en términos de origen y calidad, no obstante que numerosas etiquetas y bodegas nacionales cuentan con diversos reconocimientos en el mundo. De hecho, México tiene a la vinícola más antigua de América, Casa Madero, fundada en 1587.

Desde la óptica de la Organización Mundial de la Salud (OMS) los impuestos al alcohol, al tabaco y a las gaseosas tienen un efecto positivo poque encarecen dichos productos, desalientan su consumo y generan recursos para que el sector salud pueda financiar tratamientos para las enfermedades asociadas con la ingesta de dichas bebidas. La OMS ha desarrollado la propuesta “3 hacia el 35” que se propone elevar el precio del alcohol, los productos de tabaco y las gaseosas en un 50 por ciento hacia 2035.

El tema de los impuestos a los productos referidos es asumido por los gobiernos como necesario, pero es inevitable que enfrenten la oposición de los lobistas de las corporaciones que los producen.

En el caso de las bebidas alcohólicas un gran desafío es la falsificación. En la medida en que el precio de una botella de vino o de destilados se encarece, numerosos consumidores optan por adquirir el producto en el mercado negro, hecho que en sí mismo constituye un riesgo para la salud. Esto no sólo ocurre en México sino en todo el mundo, si bien a nivel nacional el problema se ha exacerbado en los pasados 15 años.

El alcohol ilícito representa una proporción considerable del alcohol total, particularmente en países de ingresos bajos y medios, según un informe de la Alianza Internacional para el Consumo Responsable de Alcohol (IARD), organismo sin fines de lucro que, por cierto, es financiado por la industria de bebidas alcohólicas. La OMS, por su parte, en otro informe, este de 2014, ya advertía sobre los peligros de la ingesta de bebidas espirituosas elaboradas con etanol. Al respecto, señalaba que la calidad de las bebidas alcohólicas puede afectar la salud y la mortalidad, por ejemplo, cuando las bebidas alcohólicas caseras o producidas ilegalmente están contaminadas con metanol u otras sustancias muy tóxicas, como desinfectantes. Otros ingredientes de las bebidas alcohólicas, especialmente en las producidas de forma informal o ilegal, se han analizado como posibles causas de problemas de salud. En la película de Paul Thomas Anderson de 2012 titulada “The Master” con las actuaciones magistrales de Philip Seymour Hoffman y Joaquin Phoenix éste último encarna a Freddie, personaje sin rumbo que elabora una bebida alcohólica, la moonshine que contiene mezclas de sustancias tóxicas, incluyendo hasta raticida, por la que su benefactor, Lancaster Dodd (Hoffman) desarrolla una adicción. No todas las moonshine tienen esos contenidos, pero entidades sanitarias han encontrado que cuando se le elabora de manera artesanal en condiciones de escasa higiene, se corre el riesgo de que el producto se contamine con diversas sustancias nocivas para las personas.

Más allá de la moonshine, México lidera el consumo de alcohol ilícito o adulterado en América Latina con cifras que oscilan entre el 36 y el 43 por ciento respecto al alcohol que circula en el territorio nacional, de manera que 4 de cada 10 botellas de vino y/o destilados que se venden en el país son falsas. Esto es más común en los destilados porque debido a su graduación alcohólica, tienen una carga tributaria mayor. Los impuestos al vino varían considerablemente de país a país, siendo resultado de aspectos culturales, educativos, de salud, de la necesidad de incrementar los ingresos tributarios y su clasificación como un bien suntuario -no de primera necesidad-, y otras consideraciones. En México, una botella de vino de 200 pesos recauda más de 80 pesos tan sólo en impuestos. Como se explicaba, la graduación alcohólica es clave: los vinos que tienen hasta 14 grados de volumen de alcohol pagan un impuesto especial sobre productos y servicios (IEPS) equivalente al 26. 5 por ciento. Las bebidas de graduación superior –i. e. tequila, mezcal, whisky, vodka, ron- pueden llegar a pagar un impuesto del 53 por ciento. A esta carga tributaria hay que sumar el 16 por ciento del impuesto al valor agregado (IVA).

Lo anterior lleva a que la producción nacional de vino sea sumamente costosa y que se encuentre en desventaja frente al vino procedente del exterior, donde hay una parte sustantiva de países con los que el país mantiene tratados de libre comercio y por lo tanto, reduce o elimina los aranceles a los productos que adquiere.

Las bebidas adulteradas y el alcohol que ingresa al país por canales no tradicionales van en aumento. Se estima que en 2023 se vendieron 21. 8 millones de caja de vino de manera informal que representó 55 mil 689 millones de pesos, lo que derivó en una pérdida fiscal de 19 mil 544 millones. Las importaciones paralelas de alcohol que se realizan fuera de los canales autorizados, entre 2015 y 2023 crecieron en un 892. 6 por ciento. En este sentido, el alcohol adulterado no sólo es malo para la salud sino también para las finanzas nacionales.

¿Cómo resolver entonces la disyuntiva entre apoyar la salud de la población, añadir recursos al precario sistema de salud con que cuenta el país, y prevenir el consumo de alcohol y otros productos que impactan negativamente en la salud? La industria vitivinícola insiste en que el consumo moderado de alcohol no es nocivo para la salud: al contrario y se exaltan las virtudes del vino tinto en complicidades entre médicos y empresas. Del lado de la OMS se insiste en que por poco alcohol que se consuma, por ser una sustancia psicoactiva, tiene consecuencias negativas para la salud humana. Los gobiernos, cada vez más necesitados de ingresos para financiar diversas iniciativas de interés para las sociedades año con año elevan los impuestos a diversos productos, entre ellos el alcohol y ello tiene consecuencias para los productores quienes normalmente trasladan los costos crecientes a los consumidores, dado que tampoco tienen tanto margen para absorberlos. Y entonces el vino mexicano se torna poco competitivo. Romper este círculo vicioso no parece sencillo si bien el daño para el viticultor justificaría un golpe de timón en el tratamiento fiscal que reciben los vinos mexicanos para estimular al sector, combatir el contrabando.y las bebidas adulteradas, reducir los riesgos a la salud y mejorar la competitividad del vino mexicano.

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