La realización de grandes eventos deportivos –i. e. Juegos Olímpicos, Copas del Mundo- se enfrenta cada vez más al enojo y la frustración de los ciudadanos de los países y ciudades sede, esto por la disrupción que provocan en el día a día de las actividades de la población. Por ejemplo, en el marco previo a la inauguración de los Juegos Olímpicos de París de 2024, los parisinos se mostraban enojados y molestos con obras de infraestructura sin terminar, renovaciones de las vías de comunicación -por ejemplo, carreteras- y el tráfico -suena como a la Ciudad de México ¿no? Una encuesta desarrollada a un mes de que se inauguraran mostró que sólo un tercio de los capitalinos franceses estaban entusiasmados con el evento. Los demás estaban a disgusto con el arribo de tanta gente, entre turistas, atletas, delegados y demás, en tanto otros optaron, cuando se podía, trabajar desde sus hogares por el tiempo que duró el evento para evitar los tumultos y los embotellamientos.
Tras la celebración de las justas olímpicas afloraron más polémicas como, por ejemplo, la prohibición de la jiyab o velo islámico. Asimismo, las personas sin hogar y los migrantes que residían en París e inmediaciones, en una suerte de operación Susanita –como cuando la creación de Quino sugería que en lugar de dar techo y abrigo a los pobres bastaría con esconderlos- fueron llevados a Estrasburgo y Orleans para que no “afearan” la ciudad. La contaminación del río Sena fue también muy controvertida -seguramente el lector recuerda la imagen de un atleta que compitió en las pruebas de natación ahí y salió muy descompuesto para vomitar, aparentemente porque ingirió agua sucia mientras nadaba.
¿Y qué decir de la Copa del Mundo de Brasil de 2014? La justa futbolera estuvo inmersa en diversos escándalos de corrupción, por ejemplo, el caso Odebrecht, los sobre costos en la edificación de estadios y obras de infraestructura y la indignación de la población ante la desatención de la problemática social. Bajo el lema Não vai ter Copa cientos de miles de brasileños salieron a las calles para protestar contra la corrupción, el uso de fondos públicos y el desplazamiento de familias de sus hogares para construir infraestructura mundialista -¿suena familiar?
Antaño, los grandes eventos deportivos se construían desde arriba y las inquietudes y necesidades de las sociedades simplemente eran reprimidas por las autoridades. Ahí están, como ejemplo, los Juegos Olímpicos de México de 1968, tras la masacre de Tlatelolco. La Copa del Mundo de 1986 que también estuvo plagada de corruptelas, buscaba mejorar la imagen internacional de un país endeudado, con crisis económica, en conflicto con Estados Unidos y también en momentos en que la devastación que el terremoto de 1985 provocó en la Ciudad de México y otros estados abonaban a la imagen de incompetencia de las autoridades.
Hoy los grandes eventos deportivos son impugnados con mayor facilidad, sin que ello quiera decir que quienes los organizan escuchen las críticas y modifiquen sus políticas. Sin embargo, la caída de altos jerarcas de la FIFA por sobornos, asignación de sedes sin transparencia y un largo etcétera, si llevaron a la cárcel a muchos de ellos y hasta al suicidio -de unos pocos, pero la acción misma revela que algo muy turbio estaba presente en sus gestiones. Las redes sociales hacen su parte para denunciar, desde el ciudadano reportero, deficiencias y abusos de las autoridades, aunque también, lamentablemente, se difunden toneladas de noticias falsas.
La Copa del Mundo 2026, la primera que se desarrollará en tres países simultáneamente plantea muchos desafíos de logística, cooperación, seguridad, infraestructura, y coordinación que no han sido del todo resueltos. Será además la justa deportiva más contaminante de la historia, dado que con muchas más selecciones nacionales participando habrá más hinchas, más delegados, más turistas y por las considerables distancias será necesario usar sobre todo transporte aéreo que es el más contaminante de los transportes. Las extensiones territoriales de los tres países son enormes: Canadá es el segundo país territorialmente hablando, más grande del mundo, con 10 millones de kilómetros cuadrados; EEUU es el cuarto más extenso del orbe y México, aunque menor comparativamente respecto a sus dos socios norteamericanos, tiene una topografía sumamente accidentada y falta de infraestructura terrestre para comunicar de mejor manera su territorio.

FOTO: ANDREA MURCIA /CUARTOSCURO.COM
Súmese a lo anterior que, precisamente por las extensiones y distancias geográficas, un viaje en avión de Vancouver a Toronto, por ejemplo, toma 4 horas y media, en promedio; de Vancouver a la Ciudad de México, 5 horas y media, y de México a Nueva York o Nueva Jersey, entre 4 horas y media y 5 horas y media. Pese a la existencia, desde 1994, de tratados comerciales entre los tres países, si bien la comunicación aérea sobre todo entre México y Canadá ha mejorado -antaño era imprescindible hacer escala en Estados Unidos para arribar al territorio canadiense- la realidad es que, a diferencia de Europa, no hay una red de trenes ni carreteras que conecte a los tres países, lo cual abona a huellas de carbono considerables de las tres naciones.
El momento político en que se desarrollará la Copa del Mundo, no es el mejor. El bullying de Donald Trump contra sus dos vecinos -y el resto del mundo- ha calado hondo en el ánimo de la Copa del Mundo, que, se supone, debería abonar a reducir las tensiones por lo menos a lo largo de cinco semanas, en las relaciones entre México, EEUU y Canadá. En lugar de ello, las amenazas trumpianas contra la soberanía de México y Canadá, sea por razones de narcotráfico, migración indocumentada, producción y tráfico de fentanilo, aranceles al comercio, cárteles de la droga, problemas fronterizos -por ejemplo, con México, respecto al Tratado de Aguas de 1944- y el agravio constante hacia Ottawa con la sugerencia de que se convierta en el estado 51 de la Unión Americana, explican las reservas de mexicanos y canadienses para concertar con EEUU.
Más allá de ello, y sin dejar de reconocer que los temas de infraestructura y seguridad que demandó la FIFA a los tres países han tenido distintos niveles de rezago en las tres naciones, México es posiblemente el que más tarde tomó conciencia de que sería anfitrión de algunos partidos de la Copa del Mundo. La remodelación del Estadio Azteca -hoy Estadio Banorte- no terminó siendo lo que se había prometido. El Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México sigue, al menos en parte, en obra negra. La gentrificación en las inmediaciones de las sedes mundialistas, por ejemplo, al sur de la Ciudad de México, es una triste realidad y tiene molestos a los habitantes de colonias que colindan con el Estadio Azteca -o Banorte.
La mala imagen internacional de México por la crisis de inseguridad que enfrenta ha pasado factura al país. La ajolotización de la Ciudad de México emprendida por la Jefa de Gobierno, ha dado lugar a más memes -algunos muy buenos e ingeniosos, hay que reconocerlo- que a la percepción de que se ha hecho lo suficiente para que todo salga bien. Como nota al margen, ojalá que lo que se ha invertido en la ajolotización se equiparara con los recursos para la conservación de la especie, la cual se encuentra amenazada de manera crítica.
Por otra parte, hay desafíos en materia de salud pública, nacionales e internacionales que arrojan dudas sobre la seguridad para locales y visitantes, incluyendo ciertamente, el tema del sarampión, de la tos ferina, del ébola y hasta del hanta virus. Alertas van y vienen de parte de países europeos y EEUU respecto a la inseguridad en México, pero también sobre las bebidas alcohólicas adulteradas. Un tema no menos importante es el incremento en los precios de los alimentos, bebidas y demás que ha rebasado los controles de las autoridades frente a hoteles y restauranteros voraces. Ello explicaría, entre otras razones, la cancelación de habitaciones en muchos hoteles de visitantes extranjeros -aunque el tema de la seguridad sigue siendo la principal consideración.
El descontento social, semejante al que se manifestó en Brasil en 2014 o en París en 2034, ha hecho mella y constantemente hay convocatorias para boicotear la Copa del Mundo, al menos en México, a la que se percibe como un distractor respecto a los graves problemas nacionales. No se puede descartar la motivación política de algunos de los quejosos, pero las razones para protestar existen.
Más triste es constatar que la política exterior mexicana no ha logrado remontar ni la mala imagen del país ni la ausencia del entonces presidente López Obrador como de la actual mandataria Claudia Sheinbaum de la escena internacional. Al no hacerse presentes en foros internacionales, no se les ve. De poco sirve que México tenga a la primera mujer en la historia del país, en la presidencia. Si no se le ve en el mundo, no existe. Los países compiten por la atención del mundo, para cerrar tratos, atraer inversiones, promover el turismo y las inversiones y gestionar agendas complejas. La ausencia o cancelaciones de visitas de jefes de Estado o gobierno a la justa mundialista, al menos en México -ya se verá cómo castiga el mundo a Trump en el vecino país del norte-, demeritan la contribución mexicana a la Copa del Mundo. Vaya: el desaire del presidente de Sudáfrica, Cyril Rapahosa a venir a México al partido inaugural entre las selecciones de los dos países se explica por sí mismo. Es como si en la Copa del Mundo de Sudáfrica de 2010 el entonces presidente de México, Felipe Calderón, no hubiera acudido. La mandataria mexicana Sheinbaum anunció que no iría a la inauguración por razones de austeridad gubernamental. Bueno, si la presidenta de México no va a estar, tiene sentido que tampoco esté el presidente de Sudáfrica ¿cierto? Pero ningún jefe de Estado o gobierno estará presente tampoco. Esto y más es el precio que se debe pagar por haber ignorado al mundo tantos años. Y la decisión de la mandataria sigue siendo ignorar al mundo, por lo que nadie la verá en el arranque de la tercera Copa del Mundo que se organiza en el país. Y eso es negativo para México.

