“La verdad no está destinada a permanecer oculta. No está destinada a ser suprimida. No está destinada a ser ignorada. No está destinada a ser disfrazada. No está destinada a ser manipulada. No está destinada a ser falsificada. De lo contrario, el mal prevalecerá”.
Esta cita corresponde a parte del discurso de Martin Baron, director del Washington Post, en la ceremonia de inauguración de los premios Gabo, de la FNPI. Y resume a la perfección el por qué aún se levantan banderas para alertar de los costos que tendría la muerte de los medios tradicionales de prestigio. Y el fin del periodismo que admiramos.
Pero la realidad es bastante menos poética. La reciente elección en E.U. será el hito que marcará el fin de la influencia de los medios tal como los conocemos. Será la fecha que sellará un antes y un después de la real conexión que tenemos con la audiencia y de lo que suponíamos ésta nos demandaba. No sólo porque perdió la candidata a quién los medios apoyaron casi sin excepciones y porque ganó el hombre contra quien dispararon sin tregua, sino porque los valores que ha defendido el periodismo, y que son parte de su ADN, dejaron de ser relevantes para parte importante de la audiencia. La verdad, la objetividad, el equilibrio informativo, la responsabilidad y las fuentes no son objetos de adoración para el consumidor promedio.
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