Las mañaneras: el triunfo del discurso mendaz y simplificatorio

Cuando leí el libro Homo videns de Giovanni Sartori, que trata sobre cómo la televisión ha invadido no solo nuestra intimidad y modificado muchos de nuestros comportamientos (pienso en el consumismo, por ejemplo), sino que al mismo tiempo denuncia –y quizá esto es lo más grave– que la tele “empobrece el aparato cognoscitivo del homo sapiens” (p.17). Según alegaba Sartori, esta aniquilación se debe a que, si los seres humanos hemos sido conformados como sujetos sociales mediante el lenguaje y, sobre todo, por la escritura, la televisión trastoca esta consecuencia de la evolución cultural, porque en ella predomina y el mensaje reducido a las imágenes; la tele nos convierte en un homo videns como resultado de la exposición continua a imágenes y con ello se va reduciendo la capacidad de abstracción. Sartori, según me parecía a mí, quizás tomaba como punto de partida una división de “facultades”: en la base las imágenes (representaciones puramente iconográficas), el entendimiento (la facultad de organizar la percepción sensible y hacer juicios) y la razón (que nos lleva a formular raciocinios y razonamientos). Si esos eran lo niveles que tenía en mente Sartori al hablar del homo sapiens (cuya involución sería el videns), me parecía exagerado afirmar que la televisión reduce nuestras capacidades o facultades a la de simples videntes televisivos.

Mi opinión se basaba en la suposición de que el ser humano, formado y maduro, siempre tiene intactas estas tres capacidades, sobre todo desde la juventud y en la edad adulta.

Además, por mis lecturas de Jean Piaget, habría yo de suponer que la mente humana se construye en un desarrollo cognitivo en cuatro etapas: sensoriomotora, preoperacional, de las operaciones concretas y de las operaciones formales. Respecto de la primera, creía Piaget que los niños que están en la primera etapa pueden reconocer objetos, gatear hacia ellos y manipularlos, pero que son incapaces de tener conceptos o ideas abstractas y de pensar sobre sus vivencias. Llegar a tener pensamientos abstractos es algo que se alcanzaría progresivamente en los siguientes estadios. Pero, bueno, si Piaget nos indicaba que así ocurría en la formación de la inteligencia, en consecuencia, yo no podía creer que la tele nos redujera al nivel de lo sensoriomotor, al nivel de las simples imágenes.

“…y en el mucho hablar no faltan sandeces” (Eclesiastés)

A la tele se le ha acusado de muchas cosas, y se le seguirá acusando, pero Sartori en su libro iría más allá a analizar cómo la televisión crea (o destruye) personalidades, particularmente en la política. No está de más recordar que en la campaña electoral de Enrique Peña Nieto hubo una maniobra bien orquestada para remarcarnos –a la menor provocación– que se trataba de un candidato fabricado e inflado por Televisa, la muy poderosa empresa televisiva mexicana. Parecían decirnos: Peña Nieto no trae nada, es solo imagen. De modo que tal interpretación caía perfectamente en la línea del Homo videns. La tele como la caja idiota, e idiotizante. El triunfo de la imagen era la derrota de la razón.

Mi opinión sobre el texto de Sartori fue cambiando a medida que fui accediendo a investigaciones sobre las ciencias cognitivas y a textos de divulgación científica como los de George Lakoff, “No pienses en un elefante”, escrito en 2004, donde denuncia los mecanismos psicológicos utilizados por el Partido Republicano en Estados Unidos (como se sabe, el elefante es el símbolo de ese partido). Lakoff, catedrático de Ciencia Cognitiva en Berkeley, iniciaba ese libro con la pregunta: ¿Por qué los ciudadanos norteamericanos votan masivamente al partido republicano incluso en circunstancias en las que objetivamente están votando contra sus propios intereses? Para dar respuesta, el neurolingüísta propone la hipótesis de que nuestro cerebro está constituido por una especie de marcos mentales, que son estructuras psicológicas inconscientes que hacen posible que pensemos y tomemos decisiones. De acuerdo con ello, las decisiones que tomamos –como a qué partido votar– no están determinadas por los datos impersonales de la realidad ni por el análisis de los datos personales de nuestros intereses, sino que son efecto de dichos marcos mentales. Joan García del Muro Solans, en el libro Good bye, verdad. Una aproximación a la posverdad (Editorial Milenio, 2019) se basa en esos estudios y concluye: “Las fake news –las “noticias falsas”– se extienden rápidamente por la red porque nos gustaría que fueran ciertas. Encajan con nuestros marcos mentales. […] Son estructuras mentales que determinan la manera en que ves al mundo. […] No vemos exactamente lo que está enfrente a nosotros, sino vemos lo que concuerda con nuestras estructuras mentales” (p. 175).

FOTO: GALO CAÑAS/CUARTOSCURO.COM

Además de las ciencias cognitivas, el otro fenómeno que me hizo darle la razón a Sartori es ese fenómeno que son los discursos que cada mañana se escuchan bajo modalidades combinadas de discurso político (porque opera como candidato eterno), diatriba (porque censura e injuria a alguien), sermón –casi– laico (porque se trata de reprensión insistente y larga), amonestación (para que sus subordinados entiendan la voz del Amo y se corrijan). La fuerza de ese fenómeno es para convencer a cualquiera que las facultades racionales y de juicio crítico se han ido de vacaciones, pues de otra forma no se explica que ese discurso “tenga público”.

Cómo operar con el reduccionismo, la superficialidad y la manipulación

Cada mañana, en vivo y en directo desde Palacio Nacional, el Presidente de la República dice que da un “informe”, aunque en realidad se trata de un discurso que conjuga datos parciales, deliberadamente sesgados y del todo incompletos, con momentos largos dedicados a denostar a todos aquellos que con su voz o su pluma hacen señalamientos críticos a las (malas) decisiones gubernamentales. No me voy a ocupar de los paleros (“ayudante, persona que ayuda a otra a hacer trampas”, Diccionario breve de mexicanismos) que, fingiendo ser periodistas, formulan preguntas ad hoc al mandatario para que se luzca. No. Me voy a ocupar del discurso como co-discurso, es decir, donde emisor y receptor están íntimamente unidos para que el discurso fluya y se mantenga con pasmosa continuidad. De modo que se trata de un discurso que tiene la anuencia de millones de mexicanos que lo siguen con devoción; quizá lo sigan no tanto en los detalles –una mañanera es lo más anticlimático que se pueda ver en la televisión–, sino por las frases que se profieren (y se repiten en las redes controladas) en favor de una causa confusa, nebulosa y vaga que es autollamada 4T (que no es partido, no tiene ideología, no tiene programa de acción real, y sus militantes efectivos son tan pocos que deben recurrir al sorteo o “tómbola” para llegar a conseguir candidatos a puestos de elección).

Como todo discurso en voz e imagen de un político, se trata de una narrativa que reparte la sociedad en dos polos: los que están conmigo y los que están en contra mía; buenos contra malos. Pero la 4T añade los suyos: corruptos vs “éticos”, los grupos apacibles, el pueblo bueno vs los gadallas aprovechados, el pueblo malo; fifís vs chairos; liberales vs neoliberales. La frase, “no somos iguales”, parece sintetizar el efecto de polarización que se busca con tales oposiciones. Para que este discurso tenga alguna eficacia –que la tiene para los fans de AMLO– ha de ser expuesta de manera simplificada, de modo simple para los simples. Aquí el enemigo son las palabras abstractas, no digamos los conceptos abstractos.

“La inteligencia sensorio motriz es inteligencia vívida, y de ningún modo reflexiva” (Piaget)

Es imposible tener ideas, mantener creencias o formular opiniones sin el proceso de abstracción; es decir, sin esa operación conceptual que nos lleva a seleccionar unas características y dejar de lado otras. Puede entenderse lo indispensable que es este proceso, remitiéndonos a lo que hacemos cuando realizamos un cálculo. (No se olvide que la palabra ‘cálculo’ procede del latín calculs, que significa piedra o guijarro.) Los antiguos solían echar en un recipiente una de esas piedras por cada oveja que salía del redil, y así cuando regresaban más tarde de la pastura, podrían comprobar si se había perdido alguna. De actividades como estas proceden en sus orígenes remotos las matemáticas. Porque cada piedrecilla es una abstracción que representa una unidad (de ovejas o de objetos cualesquiera). Eso será un valor numérico. Si recordamos nuestras clases de álgebra, los números se presentan bajo la forma de variables (x, y, z), y así se manejan cantidades cada vez más abstractas. Lo interesante es que procedimientos así son extremadamente útiles para realizar operaciones matemáticas y predecir hechos (como los hechos meteorológicos, o de tendencias de una pandemia).

Y ahí está un hándicap de AMLO y sus seguidores (sean o no funcionarios): la matemática. ¿Cuántas veces no hemos visto al presidente equivocarse en las más elementales operaciones aritméticas? Pero no es un mal únicamente individual. Los datos al respecto no pueden ser más desalentadores.

  • Menos de 1% de los estudiantes mexicanos de 15 años logran buenos resultados en ciencias, matemáticas o lectura, según lo dio a conocer el Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA).
  • De acuerdo con la prueba, el desempeño de México se encuentra por debajo del promedio de los países que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en ciencias (416 puntos), lectura (423 puntos) y matemáticas (408 puntos).
  • Los jóvenes mexicanos de 15 años tienen una diferencia de más de 70 puntos por debajo de los estudiantes en Portugal y España, y una diferencia entre 20 y 60 puntos por debajo de los estudiantes en Chile y Uruguay, aunque se sitúan por encima de los estudiantes Brasil, la República Dominicana y Perú.

Muchas explicaciones seguramente habrá entre los especialistas en educación, pero el hecho es que la matemática “no se le da” a una buena parte de la población mexicana. La matemática es abstracta, sin duda alguna.

De ahí que discurso gubernamental actual sea reduccionista, porque el presidente se siente incómodo no solo con abstracciones matemáticas sino con todo tipo de abstracciones. Tal es el caso de las Leyes y la Constitución. Como no las entiende, ni hace el intento por asimilar su contenido, le parece que las normas públicas son superfluas, son prescindibles. Esto también se extiende al caso de la ciencia y las artes. Se requieren conceptos finos –vale decir, abstractos– para acceder a una mínima comprensión de cuáles son los objetos con los cuales trabajan millones de mexicanos en esas áreas de la cultura: música, pintura, teatro, literatura, cine, escultura… Cierto es que la desaparición de los fideicomisos se hizo por razones de presupuesto, pero algo de incomprensión también abonó para que fueran extinguidos sin motivo. ¿Qué hay en el lugar de las abstracciones indispensables? Lo que hay son consignas, órdenes sin justificación. Porque mandar es diferente a hacer política.

Hacer política es negociar y para negociar se tiene que escuchar al otro, ceder, y defender un punto de vista mediante argumentos. Dar órdenes, incriminar, avasallar, amedrentar, no son formas de hacer política, sino una manera de imposición antidemocrática. Pero ¿a quién le importa? Una parte de la población critica, pero otra permanece apática y a veces su indiferencia esconde miedo o de plano complacencia.

Sin abstracciones para entender fenómenos sociales (señaladamente el movimiento feminista), lo que queda es controlar a su base social, mantener una lealtad –“ciega”, como dijo explícitamente AMLO– entre sus subordinados y tener bajo amenaza a los opositores. Mucha gente se pregunta a qué hora trabaja el presidente. Sí, se levanta a las cuatro de la mañana. Sí, tiene reuniones muy temprano. (¿Le dará tiempo para desayunar?) Sí, suelta su despliegue verbal incontenible. Sí, va de giras. O sea, tiene exposición pública, mediática, pero ¿acaso tiene el tiempo para leer algo de poesía, de literatura? ¿tendrá ánimo para dialogar? ¿O es este un verbo que erradicó de su diccionario? Se pregona eso del gobierno del pueblo (lo que eso quiera significar) y se arenga con los “logros sociales”.

“Nacos, pero sinceros”

¿A quién se dirigen los llamados “programas sociales”? De manera ingenua, uno podría suponer que son una medida para paliar la pobreza y las desigualdades económicas. Pero no; en los hechos se trata de continuar –como han hecho otros partidos antes– con programas clientelares, y con ello intentar garantizar el voto para Morena en las próximas elecciones. Este gobierno no tiene planteamientos programáticos ni reales para combatir la pobreza. Pero desde la tribuna que usa el presidente cada mañana, se habla y habla de corrupción como motor de las injusticias. El nombre mismo de una instancia “para devolverle al pueblo lo robado”, subraya ese discurso, aunque los datos no reflejen ni de cerca esa pretensión, la cual puede ser loable, pero al final termina en un engaño. Los seguidores lo creen –o dicen que lo creen– y solo aducen “falta de tiempo” para que el gobierno cumpla sus metas (¿?). Les parece que voluntad existe, pero “no lo dejan actuar”. ¿Quiénes? Los medios, ¡¡vaya manera de entender los procesos políticos!! Un esquema de telenovela chafa. El gobierno no tiene cifras –son abstracciones– de logros efectivos. Lo que presume son espejitos, baratijas, porque el gasto social tampoco ha llegado a consolidar ningún beneficio real.

FOTO: DANIEL AUGUSTO /CUARTOSCURO.COM

Por supuesto que existen granjas de bots web que se ocupan de dar resonancia a las breves frases que el presidente profiere como si fueran mantras, como “la culpa es de los del pasado”. Les hablan sencillo, con oraciones cortas, aunque eso sí, sin ninguna reflexión que les de sustento. Serment señalaba: “La simplicidad es el último recurso de los que no tienen imaginación”.

Un segmento de la sociedad que ríe viendo el programa de televisión “Nosotros los guapos”, donde los personajes hacen alarde de mediocridad, insolidaridad, mezquindad, doble moral, sin empleo ni expectativas, que actúan para ver como se chingan al prójimo, que conviven con la corrupción porque forma parte de su manera de ser, es un segmento de la sociedad que no va a pedir cuentas, ni exigir derechos, porque no se trata de ciudadanos sino de súbditos. AMLO los conoce bien, por eso los ha llamado “solovinos” y ha declarado que Morena se identifica con los nacos. El 7 de diciembre quedó muy claro, como expresó el presidente: tiene la razón el conservador que dijo que ‘la 4T es el poder de los nacos’, aunque sin la parte discriminatoria. A confesión de parte, relevo de prueba.

Bajo estas condiciones, y de acuerdo con los estudios de semiótica política y neurolingüística, Sartori tenía razón. El avance de políticas populistas está entrelazado con la ausencia de abstracción y razonamiento, tanto de parte de los actores políticos como de parte del público que fielmente se adhiere a un discurso que, por su sencillez, raya en la inocentada, en el sentido de acciones candorosas. Pues sí, definitivamente, Sartori tiene razón: estamos reducidos al Homo videns.

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