La semana que recién concluyó ha sido una de las más azarosas en la historia reciente de México. El domingo 28 de agosto, la sociedad mexicana se conmocionó ante el deceso del cantautor Alberto Aguilera Valadez, mejor conocido como Juan Gabriel. La incredulidad siguió a los primeros despachos periodísticos sobre su deceso. ¿Cuántas veces no se ha dado a conocer la muerte de una celebridad y, a la postre, el (o la) susodicho (a) comparecen ante los medios para desmentirla? Y si no, pregúntenle a Marco Antonio Solís. Sólo que en esta oportunidad –tristemente- la terrible noticia se confirmó y, ni hablar, el divo de Juárez –o más bien, de Parácuaro- se nos adelantó en el camino. Pésima noticia para una sociedad agobiada por la delincuencia organizada, el aumento en el costo de vida, la corrupción y tantos temas que ya son parte de lo cotidiano.
Mientras tanto, la clase política –no todos sus integrantes, claro está- protagonizó diversos dislates y decisiones controvertidas. Previo a la muerte del llorado cantautor, se supo que la licitación para el nuevo edificio del Instituto Nacional Electoral (INE) la ganó el proyecto más costoso a cargo de Tadco Constructora, mismo que costará la friolera de 55 millones 434 mil pesos y eso solamente para la elaboración de planos, esquemas, aspectos técnicos, y análisis hidrográfico y topográfico de la obra. Claro que el titular del INE no tiene de qué preocuparse: dispone, adicionalmente, de más de mil millones de pesos para la construcción de la nueva sede. Y para curarse en salud, Lorenzo Córdova ha dicho que esta obra disminuirá los costos de la democracia. ¿Será? Mientras tanto, la ciudadanía podría corear al paso del faraón –perdón, del Consejero Presidente del INE- Córdova, una canción que puede retratar muy bien su sentir ante lo que se percibe como despilfarro: “No tengo dinero, ni nada que dar…”
También un par de días antes de la partida de Juan Gabriel, el Secretario de Desarrollo Social (SEDESOL) José Antonio Mead, propuso un nuevo criterio para medir la pobreza en el país. Según él, poseer una lavadora es un indicador de pobreza, porque tener dicho electrodoméstico significa acceder a servicios de agua, luz y crédito. O sea, si las personas tienen lavadora, ya no son pobres o son menos pobres. ¿Y lo contrario? ¿Qué pasa con quienes, por diversas razones no tenemos lavadora? ¿Eso las –nos- hace pobres? Yo no tengo lavadora, no porque no lave ropa, aclaro. Yo prefiero lavar diversas prendas a mano y otras se van a la lavandería donde me cobran por kilo. Pero dejemos eso de lado. Si la idea estriba en dotar de lavadoras a la población –como pasó primero con los iPads en apoyo a la educación de los niños y jóvenes; o con las televisiones ante el “apagón analógico”-, ¿no sería bueno asegurarse de que justamente servicios básicos o elementales como el agua y la electricidad estén disponibles para la población? Porque si van a empezar a repartir –no lo sé- o a vender a crédito lavadoras Mead en zonas marginadas donde no hay agua o electricidad sólo para fines estadísticos y para destacar los “logros” de la presente administración en la lucha contra la pobreza, creo que ya se perdió la brújula. Me explico.
El agua es un derecho humano. Dicho esto, México tiene serios problemas en lo que se refiere a la calidad de agua, situación que lleva a que la sociedad desembolse entre el 5 y el 10 por ciento de sus ingresos en la compra del vital líquido –y entre las personas de más bajos ingresos, el gasto llega a elevarse hasta el 20 por ciento. Es decir, la falta de calidad del agua lleva a comprar agua embotellada –México ocupa el primer lugar mundial por consumo de agua envasada-, lo que irónicamente, incide en la pobreza de las personas. Por lo tanto: ¿no sería más deseable mejorar la calidad del agua como medida de combate a la pobreza en vez de facilitar la adquisición de lavadoras Mead? En palabras de Juan Gabriel, la población podría responder a la propuesta de las lavadoras con la siguiente estrofa: “Ya se contaminó el agua, de las acequias y ríos, ya se secó un ojo de agua, ya cerraron el molino.”
En otro orden de ideas, el 31 de agosto ocurrió algo verdaderamente insólito, digno de un episodio de La dimensión desconocida: a invitación del gobierno mexicano, el candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, Donald Trump visitó México para entrevistarse, por espacio de una hora, con el Presidente Enrique Peña Nieto. Las autoridades nacionales insistieron en que no fue sólo a Trump a quien se invitó, sino también a la candidata demócrata a la presidencia del vecino país del norte, Hillary Clinton, pero que fue aquel quien respondió primero. Mmm… Si eso es cierto, no se podría explicar entonces el disgusto que a Hillary y al propio Presidente Obama causó este suceso del que, se dice, no fueron avisados. Pero más importante fue la reacción de la población mexicana, de figuras de todas las fuerzas políticas –incluyendo a miembros del partido del Presidente Peña Nieto- y de gran parte del gabinete. Se dijo que la genial idea fue obra del Secretario de Hacienda, Luis Virrey –perdón- Videgaray, aparentemente para “tender puentes” con Trump, en previsión de que pudiera llegar a la primera magistratura de Estados Unidos.

Como ya es conocido por todos, el costo político para el Presidente Peña Nieto ha sido altísimo, dilapidando su de por sí escaso capital político. Y es que lo hecho por el mandatario mexicano es como si yo invitara a mi casa y agasajara con manjares y trato de príncipe a un vecino que me trata con la punta del pie y me hace bullying todo el tiempo. Digo, es cierto que si Trump llegara a la presidencia de Estados Unidos, a México no le quedaría de otra que trabajar con él la relación bilateral. Pero lo contrario también es cierto para Trump. Si él se convirtiera en Presidente de Estados Unidos, tendría que trabajar con México y negociar muchas cosas. Por lo demás, existen estrategias y modos para acercarse desde México a ese patán, no sólo cuidando las formas, sino sobre todo el interés y la dignidad nacionales. En mi humilde opinión, por ejemplo, me habría encantado que al llegar Trump, lo hubieran recibido el Mariachi Ciudad Juárez y el Julión Álvarez con la rola: “A mí me gusta mucho estar en la frontera, porque la gente es más sencilla y más sincera, me gusta cómo se divierten y cómo llevan, la vida alegre, positiva y sin problemas.”
Y por si no fuera suficiente con lo reseñado, el 1 de septiembre entró en vigor otro aumento a la gasolina y también a las tarifas eléctricas. Sí, ya sé, gracias a los gasolinazos el gobierno federal dispone de ingresos importantísimos que le permiten compensar los que ha dejado recibir por la caída en los precios internacionales de los hidrocarburos. De hecho, el aumento en la recaudación tributaria es una buena noticia, pero… si los ingresos que recibe el Estado se van a destinar para construir costosas instalaciones para el INE, o para pagar la nómina de legisladores y políticos incompetentes –no todos lo son, claro, pero a muchos les queda bien este adjetivo-, o para entregar lavadoras Mead para maquillar las cifras sobre la pobreza, es más que entendible la molestia de la población.
Quisiera continuar este recuento sobre lo sucedido en la semana que recién terminó, incluyendo un análisis sobre la violencia de la delincuencia organizada en Veracruz, Tamaulipas, Sinaloa, Michoacán, etcétera, más una evaluación sobre la licitación para las pistas del aeropuerto que recién ganó una empresa del señor Carlos Slim. Pero, honestamente, me falta el ánimo. Prefiero resumir mi sentir con El México que se nos fue de Juan Gabriel. Porque con la partida del divo de Juárez, pienso que México murió un poquito.
Cómo ha cambiado mi pueblo,
mi pueblo ya no es el mismo
de aquel pueblo tan hermoso
al de hoy hay un abismo.
Ya no hay mujer con rebozos,
ya no hay hombres campesinos,
ya el cántaro no va al pozo,
lo rompió el industrialismo.
Ya se contaminó el agua
de las acequias y ríos,
ya se secó un ojo de agua,
ya cerraron el molino.
Ya la mujer no usa enaguas,
ni el hombre calzón de indio,
ya la mujer no usa el habla,
ni el hombre, su civismo.
II
Ya las casitas de adobe
están desapareciendo,
hoy las construyen de bloque,
feas las están haciendo,
la plata y el oro del pobre
caros se han ido poniendo,
ya no hay monedas de cobre,
de níquel hoy vienen siendo.
Ya no oigo tocar la banda
de los Suárez y sus hijos,
¡qué triste se ve la plaza
los sábados y los domingos!,
ya hay otras clases de bandas,
ya no hay quiosco ni estanquillo.
Ya la gente del campo se ha ido
a emprender una nueva aventura
a los campos de Estados Unidos,
con tristeza y, quizás amargura,
de saber que en su pueblo han perdido
el ingenio, el molino y cordura.
Pocos vuelven de allá, y yo he venido,
y lo encuentro cambiado y no hay duda
de que ya no es aquel pueblo chiquito
que inspiraba añoranza y ternura;
ya no es aquel pueblo bonito,
el comercio le trajo basura.
III
Aquel tiempo se hablaba de rancho,
de la milpa y la tabla de arroz,
de la música, el baile y el canto,
del padre, de la madre y de Dios,
de la siembra y cosecha del campo,
de la casa, el lugar y el amor.
Ahora hablan de que hay terrorismo,
del peso y su devaluación,
ahora hablan con tal pesimismo,
de que ahí viene otra revolución,
ahora en vez de mirarse ellos mismos,
ahora miran la televisión
