Voy a nombrar las cosas, los sonoros
altos que ven el festejar del viento,
los portales profundos, las mamparas
cerradas a la sombra y al silencio.
Como poeta pudo nombrar las cosas y se volvió él mismo poesía, forma perdurable de la Isla: Eliseo Diego.
Y nombrará las cosas tan despacio
que cuando pierda el paraíso de mi calle
y mis olvidos me la vuelvan sueño,
pueda llamarlas de pronto con el alba.
El dos de julio de 1920 nació Eliseo Diego en la calle Concordia de La Habana. Pero su infancia transcurrió en una casa ubicada en Arroyo Naranjo, en las afueras de la capital. Una casa diferente, con muros parecidos a una fortaleza, con muchos árboles alrededor. Fue un niño solitario. Tal vez entonces comenzó a creer que se debe sobrevivir de alguna forma a la fragilidad de los recuerdos. Tal vez pensaba que debía hacer algo para ser recordado de alguna manera.
«No podría decirles nunca: esto fue un sueño, y esto fue mi vida. Pero en un principio no fue así. En un principio la mesa estuvo realmente puesta y mi padre cruzó las manos sobre el mantel realmente y el agua santificó mi garganta».
Eliseo Diego fue un niño de voraz imaginación. Hizo sus primeros estudios en Arroyo Naranjo y luego continuó la enseñanza primaria en El Vedado habanero. De esa etapa, hay recuerdos contradictorios. Le impresionaban mucho las historias del demonio.
Al salir del colegio de La Salle, continuó en el de La Luz y más tarde al Instituto de La Habana. De allí a la Universidad. Tuvo un récord de resistencia a la carrera de derecho. Estudió por quince años y no consiguió graduarse, en una época donde quienes podían, estudiaban derecho o medicina.
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